Qué es lo que creemos sobre la Eucaristía
Por Mons. Tihamér Tóth



Introducción


Comparto aquí con los lectores parte de la apologética de Mons. Tihamér Tóth, quien nacido en 1889 y muerto en 1939, fue obispo de Veszprem, Hungría. Esto que presento es un extracto de su libro Eucaristía, publicado por Sociedad Educación Atenas.
Mons. Tóth hace poderosas reflexiones en torno a este misterio, y proporciona interesantes puntos de vista para reforzar y explicar la fe católica sobre la Eucaristía. Es para mí un honor darle voz en este pequeño sitio.

Jesús Hernández

-Aquí empieza el texto de Tihámer Toth-



«ESTO ES MI CUERPO», «ESTA ES MI SANGRE»


«Yo soy el pan de la vida.
Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron.
Este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»
Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»

(Jn 6,48-58)
Biblia de Jerusalén


Desde la Guerra Mundial la Humanidad va sosteniendo con desasosiego febricitante una lucha a vida o muerte; y en este ambiente sobremanera propicio nos preparamos nosotros para nuestra magna festividad que va a conmover al mundo entero, el XXXIV Congreso Eucarístico Internacional.
¡Ambiente muy propicio!
Porque cuando todo parece propicio, entonces suena la hora de Dios; y cuando todas las intentonas humanas se atascan en un callejón sin salida, entonces llega el momento de la oración más fervorosa y llena de entrega.

Y nunca podemos rezar con amor tan confiado ni tan profundo homenaje: allí donde -según nuestra fe inconmovible-, bajo las especies de pan y de vino, está presente en medio de nosotros el mismo Jesucristo.
No podemos tener ni asomo de duda respecto de la presencia del Salvador.
Ciertamente no comprendemos cómo es posible, mas ello no es motivo suficiente para dudar. ¿Acaso comprendemos cómo fue posible que Cristo, deteniéndose ante la tumba de Lázaro, que hacía cuatro dias que estaba sepultado, pronunciase unas breves palabras -«Lázaro, sal fuera» (Jn 11,43)- y el muerto resucitase? ¿Lo comprendes tú, caro lector? Pues fue el mismo Cristo quien dijo sobre el pan: «Este es mi cuerpo» y fue el mismo Cristo quien dijo a sus apóstoles: «Haced esto en memoria mía».

¿Que es cosa increíble el Sacramento del altar? Sí, lo es... ¡para el incrédulo! El que no cree en la divinidad de Cristo, naturalmente tampoco cree en la Eucaristía. Mas quien cree que Cristo es Dios, este tal -aunque no llegue a comprender el cómo- aceptará con fe humilde como verdad lo que Jesucristo prometió primero con palabras solemnes, y después, en el momento más trascendental de su vida, lo realizó.

Realmente, este dogma de fe es tan inaudito, rebasa tanto nuestra razón, que no podríamos creerlo por la palabra de nadie; no podemos aceptarlo, sino en un solo caso; es, a saber: si es el mismo Dios quien nos lo enseña.
Señor mío, si Tú lo dices, es verdad. Cómo puede serlo, no me es dado concebirlo con mi mezquina y débil razón humana, pero creo y confieso que es así, porque Tú lo has dicho.
Pero, ¿es cierto, completamente cierto y claro, que Jesucristo enseñó lo que nosotros creemos del Santísimo Sacramento? Esa es la gran cuestión, la cuestión decisiva a la cual contestaremos en el presente capítulo.

Si examinamos las palabras con las cuales
I. El Señor prometió y
II. instituyó la Santísima Eucaristía,
necesariamente sacaremos esta consecuencia: Realmente es así. Nuestro Señor Jesucristo hizo en verdad un sacrificio inconcebiblemente grande; se dió a sí mismo en el Sacramento del altar, para poder permanecer entre nosotros hasta la consumación de los siglos.
Aunque sean bien conocidos los dos pasajes del Evangelio pertinentes al caso, la historia de la promesa y la de la institución; no obstante creo que no estará de más remozar su recuerdo en este capítulo para que dé mayor profundidad y fuerza a nuestra fe.


Nuestro Señor Jesucristo promete la Santísima Eucaristía



A) Vayamos en espíritu a Cafarnaum, donde gran tropel de gente rodea al Señor.
a) Un día antes el Señor había obrado un milagro portentoso: sació con cinco panes y dos peces a cinco mil hombres. «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer.» (Mc 8,2). Y para que no muriesen de hambre les dió de comer por manera milagrosa.
¡Qué fina preparación psicológica fue este milagro para el discurso que al día siguiente iba a pronunciar Jesús!

Quiso comunicar a aquellas gentes cosas inauditas y que parecían increíbles a los hombres. «Me da compasión esta multitud de gentes» dirá otra vez; pero ya no les tendrá compasión por padecer hambre en el desierto, sino porque su alma va a perecer de hambre en el gran desierto de la vida si Él no da a esas mismas almas un manjar prodigioso, así como el día antes dió comida al cuerpo.

b) El Señor empieza su discurso con cierto aire de reproche, porque ve que el pueblo no se acerca ya a Él con una intención completamente pura: espera de Él una nueva multiplicación de panes, el milagro del día anterior.
«En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado.» (Jn 6,26)

Pero de este pensamiento pasa inmediatamente a preparar el anuncio de la gran nueva: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (Jn 6,27)
La gente se siente intrigada; ¿qué clase de manjar nos dará si no es pan? Y Jesús ya les dice sin ambages: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» (Jn 6,51)

«¡Para la vida del mundo!» Es decir, bajo la especie de pan os daré aquel cuerpo que padecerá en el árbol de la cruz por la Redención del mundo.
En estas palabras pensaría seguramente San Agustín al escribir con concisión clásica: «Los hombres quieren lograr con comida y bebida no tener hambre ni sed. Sin embargo, esto no lo otorga más que esta comida y esta bebida. Quien las toma se vuelve inmortal e incorruptible y se ve introducido en la comunión de los santos. Allí habrá paz y unidad completa y perfecta».

B) ¿Es así realmente como hemos de interpretar estas palabras? ¿Al pie de la letra? ¿No en sentido traslaticio? ¿No hemos de entenderlas por la enseñanza, por la doctrina de Cristo? ¿Pensaba el Señor: Yo os doy mi doctrina, quien la sigue consigue la vida eterna?
a) Cuán lejos estuvo de Él este pensamiento, se echa de ver fácilmente por lo que sigue.
Los oyentes interpretaron sus palabras al pie de la letra -así como las interpreta aun hoy día la Iglesia-, y de ahí se originó una gran discusión: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6,52)
Parécenos oír a los incrédulos modernos: ¿Cómo os imagináis semejante cosa? ¿Que la pequeña hostia, inmóvil, sea el Cristo viviente?
El Señor observa la conmoción, oye la discusión..., ¿y qué hace? Si hubiese querido que sus palabras no se tomaran en sentido literal, necesariamente habría tenido que corregirlas: No discutáis, no es esto lo que he querido expresar.
Pero no hizo corrección alguna. Al contrario, repitió con más fibra lo que había dicho: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». (Jn 6,53). Y como remate, para que no quede ni asomo de duda, añade: « Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.» (Jn 6,55).

b) «...si no coméis la carne del Hijo del hombre...» ¿Qué dice aquí el Señor? ¿Ha leído acaso a Homero? ¿O a Tolstoi? Porque precisamente contesta a sus cuestiones atormentadoras. Y las resuelve.
Homero dijo que el hombre abre su alma para recibir a Dios, como abren sus picos los polluelos hambrientos al ver acercarse su madre.
Tolstoi dijo que el alma clama por Dios como pía el polluelo caído del nido.

Y Cristo lo corrobora, Cristo dice: Es así. Aún más. No solamente habéis de anhelar uniros con Dios, sino que habéis de comerle. Yo he asumido carne mortal precisamente para poder serviros de manjar.
Desde que el hombre existe siente la quemazón de este deseo: unirse con Dios...; pues bien, ahora se cumple el afán consumidor de largas generaciones. «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.» (Jn 6,51). Ah, sí; es un pan bueno, es un pan sabroso, porque «tiene él todas las delicias». Reúne de un modo prodigioso todos los sabores, conforme a la necesidad de cada cual. Quien está henchida de orgullo encuentra en él la humildad. Quien se ve atormentado por la sensualidad halla en él la más íntima alegría. Quien está ya para desalentarse en la lucha cobra fuerzas contra la tentación. ¡Oh, Cristo, Tú eres el pan vivo!


C) La impresión producida por las palabras de Cristo no es para descrita. No era ya tan sólo el pueblo quien discutía, sino que hasta vacilaron muchos de los discípulos. «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» (Jn 6,60). Esto dijeron, y empezaron a abandonarle.
a) ¡Y, sin embargo, no era dura la doctrina! ¡Cuán fácilmente habrían podido entenderla! Les habría bastado analizar la naturaleza y las leyes del amor.
He ahí la ley básica del amor: estar juntos, ser unos, vivir el uno por el otro.
Estar juntos. ¡Qué cosa más triste para quienes se aman de veras... despedirse...separarse! Cualquier cosa estarían dispuestos a hacer con tal de no tenerse que separar. El hombre no puede lograr lo que tanto anhela. Pero lo pudo Cristo. He ahí que yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos (Mt 28,20)

Mas el amor no se contenta con la mera presencia. Quiere más: la unión. Él en mí y yo en Él. Tampoco puede lograrlo el hombre. Pero lo puede Cristo. Por esto desaparece la materia del pan en la Santísima Eucaristía y ocupa su puesto el Cristo glorificado, para poder así realizar nuestros ensueños más secretos: yo en Él,Él en mí:
¿Qué hace, pues el que comulga? ¿Entra en relación tan cálida con Cristo como el amigo con el amigo? No; su relación es más profunda. ¿Como el esposo con la esposa? No; su relación es más profunda todavía. ¿Como la madre con su hijo? No; más profundamente aun.
Una vez lograda esta unión, sigue el tercer grado, el más dichoso: vivir el uno por medio del otro. «Yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí». Es decir, Cristo será el motor, el principio, el estilo de mi vida. «El que me coma vivirá por mí». (Jn 6,57) dice el Señor.

b) Es lo que pregonaba Nuestro Señor Jesucristo en su discurso de Cafarnaum. Y es lo que sus oyentes no quisieron admitir, prefiriendo abandonarle.
¡Cuánto le dolería al Señor! ¡Con qué tristeza los miraría alejarse!
¡Aquél que bajó a la tierra para salvar a todos! ¿No habría sido obvio y necesario gritar a los que se alejaban: Volved; no es éste el sentir de mis palabras?
No puede admitirse que en una cuestión tan importante y fundamental Cristo haya dejado en error a sus apóstoles y por medio de ellos a millones y millones de fieles hasta la consumación de los siglos. Cristo no nos engañó nunca: y, ¿lo habría hecho precisamente en este dogma, el más importante? Si Cristo no está realmente presente en la Santísima Eucaristía, lo que nosotros hacemos en la santa misa, en la comunión, es idolatría, idolatría la más espantosa. Y Cristo lo sabía..., ¿habría consentido este error nuestro sin proferir una sola palabra?

No corrige nada. No rectifica nada. Sino que se vuelve a sus más íntimos amigos, a los Doce, con estas palabras: «Y vosotros, ¿queréis también retiraros?» (Jn 6,68)


Como si dijera: Sabéis cuánto os quiero; mas si vosotros tampoco creéis lo que digo, prefiero que os retiréis también vosotros; no rectifico en nada mis palabras.
Dime, caro lector, ¿podía anunciarse el Santísimo Sacramento de un modo más decisivo y claro? ¿Era posible preparar de un modo más eficaz a los apóstoles para que cuando llegase el momento de la institución ya no se sorprendieran, ya no fuesen incomprensivos e incrédulos?


Nuestro Señor Jesucristo instituye la Santísima Eucaristía



En la Última Cena llegó el momento de la institución.
Lo que el Señor había prometido en su discurso de Cafarnaum lo concedió después, cuando, en el momento conmovedor de la despedida, transformó el pan y el vino en cuerpo suyo y sangre suya para poderse quedar con nosotros bajo estas especies hasta la consumación de los siglos (Mt 26,17-29; Mc 11,12-25; Lc 22,7,23; 1Cor 11,23-25).

A) Toda la doctrina católica referente a la Eucaristía se funda en tres breves frases del Señor. Estas son: «Este es mi cuerpo», «ésta es mi sangre» y «haced esto en memoria mía». Estas tres frases forman una unidad y son el fundamento en que se apoya toda la doctrina de la Iglesia católica tocante a la Santísima Eucaristía.

¿Cuál es esta doctrina?

a) Es algo incomparable, inconcebible, conmovedoramente sublime.
«Este es mi cuerpo», «ésta es mi sangre» La forma exterior, el sabor, el olor, el peso del pan y del vino siguen iguales; en una palabra, permanecen sus especies, mas no permanece la substancia: se han cambiado en cuerpo y sangre de Jesucristo. Mas como quiera que Cristo ya vive ahora glorificado en el cielo y en el Cristo de la gloria no se pueden separar el cuerpo y la sangre -ello supondría la muerte-, bajo las especies de pan y vino está presente el mismo Cristo viviente con su cuerpo, con su alma, con su divinidad y humanidad; está presente verdadera, real y substancialmente.

Y para que ello no ocurra una sola vez, el Señor da su mandato en la Última Cena: «Haced esto en memoria mía».
El mundo no había oído aun palabras de una importancia tan decisiva.

También fueron incomparablemente sublimes las palabras que brotaron de los labios del Hacedor al crear el mundo: «¡Sea hecha la luz! Y la luz quedó hecha» (Génesis 1,3); mas estas palabras sólo trajeron la luz al mundo, mientras que aquellas otras nos traen al mismo Creador de la luz.

También fueron magníficas las palabras que la Virgen María dijo al ángel: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38); magníficas porque trajeron a Cristo a la tierra; pero le trajeron una sola vez. En cambio, desde que fueron pronunciadas estas otras palabras: «Haced esto en memoria mía», podemos llamarle en cualquier momento y tenerle en medio de nosotros; en cierta manera podemos tener constantemente a Cristo cautivo en la tierra.

b) Me preguntas: ¿No se maravillaron los apóstoles al oír estas palabras que suenan a increíbles?
Seguramente... se maravillarían, y ni siquiera las habrían creído de no haber visto ya antes muchas otras cosas prodigiosas. «Esto es mi cuerpo», «ésta es mi sangre». De no estar bien preparados, estas frases les habrían parecido increíbles.

Mas en la multiplicación milagrosa de los panes ya pudieron ver con qué docilidad obedece la materia a Jesucristo.
Y también cuando el Señor mandó al mar alborotado, vieron que la virtud de sus palabras no está sujeta a las leyes del mundo material.
Y cuando en el monte Tabor se transfiguró ante sus ojos, comprendieron ya que podía sustraerse a las leyes terrenas.
Así se comprende que inclinaran la cabeza con la humildad del alma creyente al oír estas palabras: «Esto es mi cuerpo», «ésta es mi sangre». Hasta podía parecerles natural que aquel Cristo que principió la serie de sus milagros en las bodas de Caná, transformando el agua en vino, cerrara su carrera mortal cambiando el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre.

B) Pero, ¿Es cierta esta doctrina del cristianismo?

a) Completamente cierta. Si me es lícito expresarme así, es la que ofrece más garantías de verdad. No es un solo autor inspirado quien la refiere, sino cinco. San Juan describe la escena de la promesa; San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Pablo consignan la de la institución. Y si Cristo, el Hijo de Dios, dice sobre alguna cosa: «esto es mi cuerpo» y «ésta es mi sangre», entonces aquello se transforma realmente en cuerpo y sangre de Cristo.

Con una sola salvedad: a no ser que Cristo quiera que sus palabras sean interpretadas simbólicamente y no al pie de la letra. Sí; pero en tal caso tendría que escoger otras expresiones, otras palabras. O escogiendo las que escogió, tendría que explicarlas. Si no quería que se entendiera literalmente lo que dijo, habría tenido que añadir a manera de explicación: Pero cuidado, entendedme bien. Yo sólo quiero decir que éste será el «memorial», el «símbolo» de mi cuerpo, que «tras este pan está mi cuerpo», que «recibir este pan» será como «recibir mi cuerpo».

Sí, tenía que decirlo, en caso de hablar simbólicamente. En otras ocasiones, al hablar con parábolas realmente explicó lo que significaban sus expresiones simbólicas. Pero ahora no insinúa ni con una sola palabra que lo dicho haya de entenderse de otra manera.

Las últimas palabras que en la despedida dirigió Cristo a sus apóstoles fueron éstas: «Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos». Esta promesa alentadora y reconfortadora de Cristo, ¿dónde se cumple tanto como en la Santísima Eucaristía? En ella Jesús está realmente con nosotros, mora en medio de nosotros, nosotros vivimos con Él, acudimos a Él buscando reposo, nos despertamos con Él, vamos a visitarle, podemos apoyar nuestra frente cargada de pesares sobre su corazón, que palpita de amor... y -lo que es más- podemos recibirle y unirnos con Él.
Quizá alguna siga objetando aun con zozobra: «Pero... ¡Es tan increíble! ¡Tan inaudito! ¡Cristo realmente presente en el Santísimo Sacramento!»... A quien todavía tiene tales escrúpulos, yo le pregunto:

-Dime, hermano, ¿crees tú que Cristo existe?

-Claro que sí.

-¿Y crees que es Dios?

-Por supuesto.

-¿Y que nos ama?

-¡Y tanto!

-¿Y crees que con su poder divino puede hacer cuanto quiere?

-Lo creo.

-¿Y que dijo «Esto es mi Cuerpo, ésta es mi sangre»

-Sí, lo dijo.

-¿Entonces...? Entonces, ¿qué más quieres? ¿No crees en su palabra? ¿La palara del Hijo de Dios? No quieres repetir con San Juan: «Nosotros, asimismo, hemos conocido y creído al amor»? (1Jn 4,16)



¡Quiero, Señor, quiero repetirlo! ¡Creo, Señor! Me postro ante Ti, Señor. Y con el corazón agradecido, rebosante de júbilo, te adoro, Señor, te adoro a Ti, Salvador bendito, que vives en medio de nosotros en la Santísima Eucaristía.



Adórote, mi Dios, devotamente
oculto en ese cándido accidente:
A Ti mi corazón está rendido,
y contemplando en Ti, desfallecido,
el oído al asenso fiel provoca.
Creo firme y constante cuanto dijo
la verdad infalible de Dios Hijo,
en la cruz la Deidad estaba oculta,
aquí aun la Humanidad, amor sepulta.
Uno y otro creyendo y confesando
pido lo que el ladrón pidió penando.
Como Tomás, las llagas no percibo;
mas por Dios te confieso eterno y vivo.
Haz que a Ti crea siempre más constante,
en Ti espere y te sea fino amante.
¡Oh, excelso memorial de tu tormento,
Pan vivo que a los hombres da alimento!
Concédeme que mi alma de Ti viva,
y tu dulce sabor siempre perciba.
Con tu sangre, pelícano sagrado,
lávame de las manchas del pecado;
pues una sola gota es suficiente
para salvar al mundo delincuente.
Oh, Jesús, que con velo ahora te miro;
hágase lo que tanto yo suspiro.
Para que sea yo, al verte claramente,
en la gloria dichoso eternamente.



-Aquí termina el texto de Tihámer Toth-






"SEA PARA GLORIA DE DIOS"

Jesús Hernández
:::Septiembre 2007:::