La Demagogia

Por Luis Pazos






¿Cuándo se hace demagogia?
¿Quiénes son demagogos?


La demagogia, nos dice el diccionario, es la política que halaga las pasiones de la plebe. Demagogo es “el que aparenta sostener los intereses del pueblo para conquistar su favor”. Aunque no podemos presumir que la demagogia sea un fenómeno exclusivo de los países iberoamericanos, sí debemos decir que su uso se ha generalizado en nuestros pueblos. El político, el escritor, el líder obrero y empresarial hacen demagogia, si en lugar de buscar el mejoramiento efectivo del sector de la sociedad en que se desenvuelven o dirigen, buscan agradar a las mayorías con la finalidad de conservar su posición y poder.
La demagogia es tan antigua como la Cultura Griega. Cuando los gobernantes griegos se dedicaron a hacer promesas y buscar su popularidad entre las mayorías sobrevino la caída de la civilización griega, dicen los historiadores: “después de Pericles cayó Atenas en la demagogia”.
Es demagogo todo aquel que promete llevar a cabo planes y proyectos que no puede realizar, o cuya elaboración va a traer consecuencias negativas, pero que le sirve para acrecentar su poder. Los demagogos aprovechan la ignorancia de las mayorías sobre los fenómenos económicos y políticos, para presentar programas que dicen buscar el progreso y prometerles un mejor nivel de vida; pero que en la realidad lo único que consiguen es aumentar la pobreza.
El tiempo es el mayor enemigo de los demagogos, pues tarde o temprano la historia hace caer de sus pedestales a los falsos paladines de las masas y les da su justo valor de demagogos.

Las armas de la demagogia

La principal arma de los demagogos son la pobreza y la injusticia. Desde los tiempos de Atenas y Roma, el demagogos utiliza los barrios pobres como ejemplo de “injusticia social” y se autonombra defensor de las clases humildes y menesterosas. Esta arma, junto con la infusión de un complejo de culpabilidad en los que honradamente y con esfuerzo e inteligencia triunfan y progresan en el aspecto económico, son las herramientas que maneja todo buen demagogo, y que le permiten conquistar el poder y una popularidad de suyo fugaz y efímera, pero que los serviles que le rodean se encargan de mantener viva.
Una de las armas que luchan contra la demagogia es el valor civil, entendido éste como la disposición de una persona a cuestionar y no aceptar situaciones que considera demagógicas y falsas. La otra arma es educar al pueblo sobre problemas económicos y políticos, y su primera lección es tener en cuenta que tanto al líder, como al empresario y al gobernante, no se les debe juzgar por lo que prometen en el campo de las palabras, sino por lo que hacen en el terreno de los hechos. Los grandes demagogos, desde tiempos inmemoriales, prometen, como si fueran magos, abundancia y riqueza para todos.
La riqueza y la abundancia no las crean los gobernantes, sino los pueblos. El deber del gobernante es crear las condiciones para que el pueblo produzca riqueza y haya abundancia.
Cuando un pueblo deja de creer en sus gobernantes, no puede esperarse ningún progreso en esa nación, pues los factores fundamentales para el progreso de un país son la ayuda, el entendimiento, la mutua confianza y la complementación entre pueblo y gobierno: en otras palabras, la integración de gobernantes y gobernados. Mientras haya demagogia y falsedad de una o de ambas partes, no puede haber progreso real en una nación o conjunto de naciones.

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