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INTRODUCCIÓN
En esta compilación entra muy bien también hablar de este tema. Y es que atacando a la Inquisición, sus detractores atacan también a España, a la España Católica que nos gobernó a los iberoamericanos durante 300 años, y en el que historiadores hispanófobos creen ver
el periodo más oscuro y desastroso de nuestras Historias Nacionales.
En este artículo me referiré principalmente a México. A los españoles, pero con mayor resalte, a la Iglesia Católica, se les acusa de haber mantenido en la ignorancia intelectual y en la "superstición religiosa" a los indios, para aprovecharse de ellos, robarse todo lo que pudieran de los recursos de México, y explotar el trabajo de los indios. Tal es la leyenda negra que algunos nos quieren hacer tragar.
Antes bien, la realidad es que México como pueblo nunca disfrutó de tanta prosperidad cultural, económica y social como durante la Colonia, y que es ofender a la inteligencia tachar de retrógradas a las generaciones mexicanas de tres siglos.
La fuente en que me baso para esta parte es José Elguero, historiador autor del libro España en los destinos de México (3a. Edición, JUS, 1962), un libro excelente, donde con lenguaje simple y auxiliado por pruebas documentales, Elguero refuta cargos falsos hechos contra España, y prueba su decisivo papel en la construcción de lo que hoy es México. Salvo algunos exabruptos, el autor expone magistralmente la contribución de España y el legado que dejó a los mestizos, sus sucesores en el gobierno de México. Por ahí tacha de "supersticiosos y bárbaros" a los ritos aztecas, punto en el que con todo respeto disiento de él. Los aztecas tenían su propia cultura y modo de ver el mundo, y parte de dicha cultura sobrevive en nosotros. Indudablemente que para la mentalidad del siglo XXI, con el universal reconocimiento de los Derechos Humanos (en especial las garantías individuales), nos resultan "bárbaros y supersticiosos" los ritos aztecas. Sin embargo, en su religión, dichos ritos tenían un significado preciso, definido y -para sus propósitos-, lógico. Antes de juzgar, pues, un hecho histórico, es necesario entenderlo de acuerdo a su época.
Jesús Hernández (Septiembre 2007)
LA CULTURA INTELECTUAL
Los que piensan y dicen que España se apoderó del territorio conocido con el nombre de Anáhuac, para explotarlo únicamente, o se equivocan por ignorantes, o mienten con despreciable mala fe. España estableció el régimen colonial, pero formó una nación, la que hoy se llama México.
Efectivamente, conservó, protegió y civilizó, hasta donde sus fuerzas le alcanzaron, a los naturales del país; les dio sus industrias, artes y letras; les adoctrinó en la religión de Cristo para que abandonasen sus ritos supersticiosos y bárbaros; mandó a que gobernasen la Nueva España hombres escogidos que, en su mayoría, resultaron excelentes virreyes, al extremo de que, durante trescientos años, pudo conservar la paz en tan extenso territorio, realizando así una de las empresas más extraordinarias, por la paciencia, la energía y la habilidad que revela, de que hay memoria en los anales de los pueblos.
España nos suministró lo mejor que tenía, aun con detrimento de sus propias fuerzas, y si en justicia se le pueden hacer algunos cargos, éstos quedan compensados con los bienes inestimables que nos legó, larga y generosamente. La hidalguía tradicional de la nación española no sufrió menoscabo en América, y en la tierra conquistada se reprodujeron las virtudes del viejo solar ibérico, para que surgiesen veinte nacionalidades fundadas sobre sólidas bases de moralidad y cultura.
Desde los primeros tiempos de la dominación, los gobernantes y los misioneros se preocuparon por la enseñanza de los criollos, mestizos e indígenas. No es verdad que estos últimos estuviesen condenados a la ignorancia y menos aun los descendientes de los españoles, puros o mezclados, que en Nueva España disponían de magníficos elementos para educarse e instruirse.
La piedra angular de nuestra cultura fueron los misioneros del siglo XVI; de su impulso arranca el edificio que aún subsiste, a pesar de sus aparentes cuarteaduras; porque los frailes que envió España a México para difundir la civilización europea, no sólo eran santos, sino también, muchos de ellos, sabios ilustres.
"Hubo entre esos hombres -dice Pereyra- y entre los que fueron llegando después, muchos de mérito excepcional, que señalaron su acción como creadores, pero ninguno de ellos era vulgar, ignorante o remiso en el desempeño de su apostolado. No sólo eran hombres de primera fila en la religión, pues los había de cuna noble, y tanto que tres de ellos tenían sangre real. Habían dejado posiciones ventajosas: o bien las del siglo, o los honores de la fama universitaria, o el halago de los triunfos oratorios, para entregarse a las tareas humildísimas de una evangelización rudimentaria"
(PEREYRA, Carlos, La Obra de España en América, pág. 192)
De los primeros en llegar a México, en 1523, fue el lego franciscano Pedro de Gante, emparentado con Carlos V (y como él, nacido en Bélgica), que, por su nobleza de origen y sus grandes cualidades de inteligencia y carácter, tenía en España ocasión de figurar en sitio prominentísimo, y despreció honores, riquezas y comodidades para dar cima a una obra que todavía no hemos admirado bastante: "fue -dice Pereyra- el fundador de la pedagogía en el Nuevo Mundo".
A él se le debe la primera escuela europea establecida en el Continente Americano, que llegó a tener mil alumnos, indígenas en su mayoría, y muchos de éstos pertenecientes a la nobleza de los reyes y caciques sometidos por los conquistadores. "Había en esa escuela -dice el mismo historiador- pintores, escultores, talladores, canteros, carpinteros, jardineros, fundidores, bordadores, sastres, zapateros, etc., etc. Así fue como al día siguiente de fundada la ciudad de México (bajo términos europeos), había en ella una catequesis para niños y adultos, una escuela de primeras letras y de bellas artes para nobles aztecas y una escuela industrial para artesanos. Aún hizo más el P. Gante, pues tenía hospital para niñis, que debe considerarse no sólo como una fundación pía, sino como el primer centro destinado a la enseñanza médica".
(PEREYRA, Op. Cit., pág. 193-194)
Fray Juan de Zumárraga fundó después el colegio de Santiago Tlatelolco, para indios nobles, quienes, a su vez, enseñaban a los religiosos el idioma vernáculo, la historia del país, sus ritos y costumbres, recibiendo en cambio lecciones de latín, retórica, filosofía, música y medicina. "Del colegio de Tlatelolco salió el estado mayor indígena de la evangelización: los traductores, amanuenses, tipógrafos y lectores de los misioneros".
(PEREYRA, Op. Cit., pág. 194)
El Virrey Mendoza fundó el colegio de San Juan de Letrán; fray Alonso de la Vera Cruz, el de San Pedro y San Pablo, en 1575, con una biblioteca que él mismo trajo de España, como formó después las bibliotecas de Tiripetío y Tacámbaro, y los jesuitas, que habían llegado en 1572, muchas fundaciones del mismo género, e igual cosa hicieron otras órdenes religiosas.
En 1551 se fundó la Universidad de México, "dotada con los mismos privilegios que la de Salamanca y con buenas rentas. Se enseña medicina con bastante extensión para aquellos tiempos. Las ciencias naturales merecen gran interés. El Virrey y la Audiencia asistían como alumnos a la primera clase de cada curso para dignificar la enseñanza. Los oidores Rodríguez de Quesada y Santillán, fueron los primeros rectores y maestrescuelas. La cátedra de teología quedó a cargo del dominico fray Pedro de la Peña, y luego la desempeñó el maestro en artes de la Universidad de París, don Juan Negrete. Fray Alonso de la Vera Cruz, famoso erudito, tuvo a su cargo la clase de Sagrada Escritura y teología escolástica; el doctor Moreno, fiscal de la Academia, desempeñó la cátedra de cánones. El doctor Melgarejo, la de derecho. El doctor Frías de Albornoz, discípulo del célebre Covarrubias, tuvo a su cargo la de Instituta de Leyes. La de Artes y Filosofía se eomcendó al presbítero Juan García, y la de gramática al bachiller Blas de Bustamante. Luego se crearon las cátedras de idioma mexicano y otomí".
(BOSQUE, Carlos, Compendio de Historia Americana y Argentina, pág. 264 nota 559)
Mientras la Universidad de México -ésta y la de Lima, las primeras en América-, se establecía a mediados del Siglo XVI, el "Harvard College" se fundaba en las colonias inglesas hasta 1636, donde sólo se aprendía a leer, escribir y contar, y es preciso llegar al año de 1751 para que aparezca la Escuela de Filadelfia creada por Franklin, con su dotación de cursos científicos. Ya también en el siglo XVI y en el antiguo reino de Michoacán, uno de los hombres más grandes que de España vinieron a Mérica, el inmortal don Vasco de Quiroga, benefactor de los indios tarascos, había fundado el Seminario de San Nicolás Tolentino, que todavía existe, si bien con las características del ambiente actual. Guadalajara tuvo también su Universidad.
Escuelas de artes y oficios para constructores, pintores, músicos y artesanos; planteles de instrucción superior; cátedras de física y química para los mineros; enseñanza agrícola, cuanto en una sociedad civilizada pueda necesitarse para la educación de niños y jóvenes, existía en Nueva España, porque, como dije antes, la Colonia no era un esquilmo del Reino, sino que se trató de crear una nacionalidad como se formó efectivamente.
Las bibliotecas se multiplicaron en diferentes partes del país. Además de la que donó fray Alonso de la Vera Cruz al colegio de San Pedro y San Pablo (sesenta cajones de libros, que según cálculos de un autor debieron ser dos mil volúmenes, mientras la biblioteca de Harvard inició sólo con 300 en 1636), otras muchas se establecieron, como lo demuestran las que conocimos, pocos años hace todavía, en seminarios y edificios de gobierno, casi todas las de la época colonial y escasamente aumentadas después.
La difusión de la cultura europea en Nueva España tenía que dar los resultados que se buscaban. No se pretendía -he dicho e insisto en ello- explotar codiciosamente el territorio y utilizar a los naturales como bestias de tiro o de carga. España persiguió fines mucho más elevados y generosos: quiso constituir una nación en el viejo Anáhuac, y de ahí que nos transmitiese sus ciencias, artes, industrias, religión y costumbres. ¿No es esta la prueba más concluyente de mi afirmación? Porque si los conquistadores, colonizadores y gobernantes españoles hubiesen atendido sólo a su interés material, ¿para qué instruir a los indígenas, mezclarse con ellos por el vínculo del matrimonio y formar generaciones de criollos y mestizos ilustrados, que necesariamente habrían de aspirar a la emancipación política de la metrópoli, como sucedió en 1810 y se realizó en 1821? ¿No hubiera sido más propio y eficaz el sistema de los ingleses en sus colonias de Norteamérica, que llevaron a la práctica, fría y metódicamente, la teoría de que "el mejor indio es el indio muerto"?
La educación española en México -afirmaba yo antes- produjo los frutos que de ella se esperaban. Un viajero ilustre, sabio, imparcial, verídico, testigo de mayor excepción en lo que se refiere a cosas de Nueva España, cuyas opiniones son de peso casi decisivo -el barón de Humboldt- decía en su Ensayo Político, a fines del siglo XVIII: "Los progresos de la cultura intelectual son muy notables en México, en La Habana, en Lima, en Santa Fe, en Quito, en Popayán y en Caracas. El estudio de las matemáticas, de la química, la mineralogía y la botánica, está más generalizado en México, en Santa Fe y en Lima. En todas partes se observa un gran movimiento intelectual y aparece una juventud dotada de rara facilidad para comprender los principios científicos... los mexicanos y los bogotanos tienen la reputación de ser más perseverantes en los estudios a que se dedican.
Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de Estados Unidos, tiene establecimientos científicos tan grandes y sólidos como los de la ciudad de México. Me limito a mencionar la Escuela de Minas, dirigida por el sabio Elhuyar -y a la que me referiré cuando trate de la explotación minera-, el Jardín Botánico y la Academia de Pintura y Escultura, llamada de las Nobles Artes. Debe ésta su existencia al patriotismo de muchos particulares mexicanos y a la protección del ministro Galvez. El gobierno le ha destinado un espacioso edificio en el que hay una colección de modelos de yeso, más bella y completa que cualquiera de las de Alemania..." (Op. Cit., tomo II, págs. 422-424)
Esto opinaba acerca de los avances de la cultura en la Colonia uno de los hombres más ilustrados y juiciosos que han venido a América; hay, sin embargo, todavía, belitres de cerebro huero que nos hablan en tono doctoral de los trescientos años de ignorancia y la abyección en que España sepultó a los mexicanos.
LA CULTURA ARTÍSTICA
Las artes y las letras florecieron en Nueva España desde fines del siglo XVI y principios del XVII hasta los últimos días del régimen virreinal. También en estas disciplinas de la imaginación y del entendimiento humanos, la Madre Patria nos transmitió su cultura sin regateos ni limitaciones.
La Iglesia, como de costumbre, dirigía el movimiento artístico en la Colonia, y si se quiere medir su enorme esfuerzo, su pródiga fecundidad, su no igualada ni superada potencia creadora, cuéntense los templos edificados por religiosos, los obispos y los fieles, desde las Californias hasta Guatemala, muchísimos de ellos verdaderas joyas arquitectónicas, que hoy todavía constituyen y serán mientras se mantengan en pie, lo más valioso que tenemos en materia de arte.
Pero ¿de qué podemos vanagloriarnos los hijos de este país que no sea legado colonial? ¿Cuántas grandes ciudades hemos construido desde la Independencia hasta nuestros días? Torreón... alguna otra en el norte... y eso es todo. Las demás son ciudades españolas desde sus cimientos, o levantadas durante la Colonia sobre las ruinas de pueblos indígenas (México, Puebla, Veracruz, Guanajuato, Guadalajara, Morelia, Monterrey, Querétaro, San Luis Potosí, Mérida, Chihuahua, Zacatecas, etc.).
Cerca de cinco mil iglesias se construyeron en Nueva España, que no sólo fueron y son todavía testimonios vivos de la fe, sino también centros de población y focos de cultura. En torno del templo agrupábase el pueblo; la afluencia de los fieles atraía a los comerciantes, y a poco edificábase el villorrio, la villa y la ciudad. Cosa semejante sucedía en las minas,. y éstas y las iglesias poblaron el territorio de agrupaciones humanas que vivían bajo techos, progresaban materialmente y aveníanse, al fin, a las prácticas y usos de la civilización.
Resulta pues, inexplicable que ciertos hispanófobos, a pesar de sus pretensiones de artistas, censuren al gobierno colonial y a la Iglesia por haber construido millares de templos. En la magnífica obra editada por la Secretaría de Hacienda en 1925 por orden del Ing. D. Alberto J. Pani, bajo el título de Iglesias de México, el Dr. Atl escribió estas palabras, impropias de un hombre ilustrado:
«Los españoles dejaron en México iglesias, iglesias y más iglesias. No organizaron un solo puerto y los miserables caminos que construyeron a través de las regiones conquistadas, y que fueron solamente tres, están hoy totalmente destruídos, después de unos cuantos años de haber sido trazados. La exorbitante producción arquitectónica religiosa de los siglos XVII y XVIII es la acusación viviente del Gobierno Virreinal. Esa producción en la cual se sacrificaron innumerables vidas y en la que se inmolaron las actividades sociales, tiene mucho de faraónico. Delante de esos millares de iglesias que levantan sus campanarios y sus cúspides sobre las casas y las arboledas de las ciudades y de los pueblos de la República, la amarga frase dantesca adquiere una realidad terrible: non vi si pensa quanto sangue costa».
Permítaseme, como breve paréntesis, poner de manifiesto los muchos errores que en tan pocas líneas escribió don Gerardo Murillo (Dr. Atl), precisamente como texto de una obra en que el editor se propuso exhibir nuestra gran riqueza arquitectónica.
Culpa a los españoles porque "no organizaron un solo puerto" (como si los puertos se organizaran), y no recuerda que, durante nuestra vida independiente, sólo dos hemos construido (Puerto México y Salina Cruz), bajo el gobierno del Gral. Díaz y por el esfuerzo de un empresario extranjero; puertos que la incuria de gobiernos posteriores ha hecho inservibles para el comercio marítimo y que, prácticamente, están abandonados. Sobre los viejos caminos españoles (que no fueron tres, sino en número muchísimo mayor) se cimentan hoy las nuevas carreteras de asfalto, que en México se conocen hace muy poco tiempo y de las cuales sólo dos están terminadas (Nota del copista: Este dato se refiere a 1929, cuando lo escribe el autor). Pero sobre todo, ¿quería el doctor Atl que en los siglos XVII y XVIII la Nueva España contase con las vías de comunicación terrestre que hoy se emplean en los Estados Unidos, y en Europa para el tránsito de automóviles? ¿Cuántos caminos carreteros, mejores que los de la época colonial, existían en México en 1925?
"La exorbitante producción arquitectónica", a que se refiere el señor Murillo, es, si bien se mira, el mejor timbre de gloria del virreinato en materia de arte, y algo y aun mucho darían en los Estados Unidos, verbi gratia, por tener, no ya millares, sino centenares o decenas de monumentos tan pintorescos y artísticos como nuestras iglesias coloniales. La construcción de éstas, además, no sirvió para que se "sacrificasen" e "inmolasen" "innumerables vidas", sino al revés, para dar trabajo remunerador a miles y miles de obreros, que no eran esclavos y ganaban un jornal, como lo atestigua el barón de Humboldt. El Dr. Atl ignora o quiere ignorar estos hechos, que falsea probablemente para deslumbrar a los bobos con la pedantería del recuerdo faraónico -traído de los cabellos- y la inútil cita de Dante, que el gran florentino habría arrancado de labios tan propicios al error.
En ciertos individuos de la especie humana puede más la pasión demagógica que los encantos de la obra artística. Orfeo músico, domesticaba a las fieras; de nada le habrían servido, en cambio, las notas y arpegios de su pastoril zampoña si las hubiese ensayado para dulcificar la rabia de ciertos hispanófobos mexicanos...
Hay, sin embargo, hombres verdaderamente ilustres que no opinan como aquéllos:
"La arquitectura colonial de la Nueva España-dice Sylvester Baster-representa no sólo el primero sino el más importante desarrollo de las artes plásticas en el Nuevo Mundo bajo la influencia europea, hasta el momento en que el progreso de los EStados Unidos comenzó a dar los frutos que vemos actualmente. Junto con sus artes auxiliares, pintura y escultura decorativas, la arquitectura de México representa el movimiento estético más importante que se haya efectuado en el hemisferio occidental" (Spanish Architecture in Mexico, volumen I, Introducción).
Barroca en los siglos XVI y XVII, churrigueresca en el XVIII, riquísima por la ornamentación y los detalles, la arquitectura de la Colonia representa un esfuerzo de colosales proporciones, a la vez que la inspiración y la virtud artística de un pueblo que supo aclimatar admirablemente el arte español en el medio indígena.
Pero si la belleza nada vale en este mundo, si los sacrificios que el hombre se impone para producirla han de merecer el vituperio de los que tienen la fantasía seca y el cerebro vacío, derribemos nuestros templos desde la Baja California hasta Yucatán, y con sus piedras ilustres, impregnadas con el humo del incienso y santificadas con la piedad de muchas generaciones de creyentes, construyamos esos puertos y caminos que tanto echa de menos el dr. Atl cuando toma la pluma para escribir acerca de la arquitectura de la Colonia. ¡Magnífico, seductor programa para un demagógico de piqueta demoledora!
El pueblo mexicano ha demostrado poseer grandes disposiciones para la música y la pintura. Esta tuvo distinguidos representantes durante la época colonial, todos ellos discípulos de los grandes maestros españoles. Rodrigo de Cifuentes y Alonso Vázquez llegaron de la Península en el siglo XVI y pintaron algunos retratos de personajes de Nueva España, entre otros el de Hernán Cortés orando ante San Hipólito, del primero de los citados artistas. Les siguieron Simón Pereins, flamenco, Francisco Morales y Andrés de Concha; pero en los siglos XVII y XVIII fue cuando la pintura tuvo su auge y esplendor. "La prenda que generalmente caracteriza a toda esta escuela-dice Clavé en el Diálogo de D. Bernardo Couto- es la suavidad y la blandura, que parece inspirada por el dulce ambiente que se respira en el país".
Diríase que la frase anterior se escribió ante una de esas "Vírgenes" de Cabrera, en que la dulzura amorosa y el casto abandono de las imágenes armonizan admirablemente con el tono discreto y suave de los colores, tan propios de la vida mexicana, cuando la cultura, la distinción y el señorío atenúan la exhuberancia del medio físico y atemperan las exageraciones del carácter.
Baltasar de Echave "El Viejo", Luis y José Juárez, Juan Herrera, Sebastián de Arteaga, Villalpando, Rodríguez Juárez, Echave "El Joven", Juan Correa, Tinoco, el jesuita Manuel, en el siglo XVII; el insigne oaxaqueño Miguel Cabrera, que pintó tanto y tan bien, Antonio Vallejo, José de Páez, Rodríguez Alconedo, Fray Miguel de Herrera, Alcíbar, Gerónimo Zendejas y otros más, en el siglo XVIII, formaron verdadera escuela de pintura, que se interrumpió con la guerra de Independencia y después con los disturbios civiles, para reaparecer en nuestros días, ya variadas las formas, los estilos y las tendencias, con caracteres no bien definidos aún, pero que expresan evidentemente la virtud de nuestro pueblo en lo que se refiere al color y a la línea.
Los hechos que trato de fijar son éstos: en Nueva España hubo escuela de pintura y pintores bastante aceptables, algunos, como Cabrera, de mérito indiscutible. Esa corriente no derivaba del cauce indígena, sino que tenía sus fuentes para el gran arte pictórico español: le debimos, pues, a España, durante la Colonia, nuestra cultura artística en el género de que vengo hablando.
¿Y qué nación explotadora estimula las artes y forma artistas en la tierra conquistada, si de ese modo contribuye a crear la personalidad de un pueblo que mañana sentirá incontenibles deseos de ser libre?
Las bellas letras no podían quedarse rezagadas en un medio como el de la Colonia. Cierto que no igualamos, ni nos acercamos de lejos, al brillantísimo movimiento literario de España en los siglos XVI y XVII, y que, en cambio, copiamos los vicios del gongorismo primero y después la chabacanería gerundiana y a la prosaica manera de los neoclásicos afrancesados del siglo XVIII; pero, a pesar de esto, tuvimos muy buenos escritores y magníficos poetas, dos de ellos de primera magnitud en México y fuera de México: don Juan Ruiz de Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz.
Había pues, cultura intelectual; prueba inequívoca de que España no se propuso sojuzgarnos como a esclavos ni tratarnos como a inferiores. ¿Podrá decirse otro tanto del sistema colonial inglés y de sus posesiones en Norteamérica? ¿Cuántos pintores, escultores, músicos y poetas nacieron y se cultivaron en lo que hoy son Estados Unidos, durante la dominación británica? ¿Dónde están los monumentos arquitectónicos de las colonias inglesas en los siglos XVII y XVIII? ¿Dónde está uno siquiera?
La colonización aquí y allá fue diferente del todo. A México mandó España gente de guerra, pero también santos misioneros, magníficos virreyes y no pocos sabios y artistas; a sus establecimientos norteamericanos enviaron los ingleses hombres de predio, puritanos de fanática intolerancia y perros de presa para que devorasen a los naturales. Los reyes y la legislación españoles, los misioneros y muchos gobernantes entre los que debe figurar Hernán Cortés en primera línea, porque fue gran amigo de los indígenas, protegieron y defendieron a la raza conquistada, que todavía existe y que, como dije en otro capítulo, no disminuyó en número con la Conquista. Los indios que vivían en las tierras americanas dominadas por los ingleses, desaparecieron bajo el yugo y la espada del invasor; jamás pensó éste en civilizarlos, menos aún en asimilarlos tomando a sus mujeres en matrimonio; y los pocos que hoy quedan en las famosas reservaciones que el gobierno yanqui mantiene como tema de folklore -muy pobre por cierto- son ejemplares de parque zoológico, cada día más escasos y de los que en breve quedará tan solo el recuerdo.
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