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Conversión por Convicción
La paganización de la sociedad moderna La paganización de la sociedad moderna se pone de manifiesto en el culto a los ídolos, y en el olvido de lo trascendental. Los antiguos ídolos han sido sustituidos por la ambición, el confort, el dinero, la búsqueda incesante de posesión de bienes materiales o de placeres inmediatos. A estos ídolos son los que adora el hombre moderno, a los que rinde culto, a los que ofrece sacrificios, incluso sacrificios humanos. Del corazón del hombre ha sido expulsado Dios. Una expulsión total o parcial, con muchos y muy diversos grados de parcialidad, pero todos ellos nefastos pues no se puede compartir a Dios con ninguna otra forma de adoración. Muchos hombres permanecen indiferentes a Cristo y a la Iglesia. Les parece ver en la religión una puerilidad, una supervivencia del primitivismo. La Iglesia es para ellos una organización parasitaria que explota la ingenuidad de los simples. Para ellos, la religión es una evasión de cobardía de quien no quiere enfrentarse a la vida real, de quien no confía en sus propios medios. La autosuficiencia moderna impulsa el ideal de la salvación del hombre por el hombre. La progresiva secularización de la sociedad es en gran parte consecuencia de la evolución del hombre. Los avances científicos y tecnológicos han dejado paso a la admiración de las obras de Dios para centrarse en la admiración por las obras de los hombres. Las ideas marxistas y racionalistas han hecho el resto, de forma que las normas básicas de la convivencia que antes emanaban de los mandamientos de Dios, ahora han sido sustituidas por constituciones y regulaciones políticas que pretenden adjudicarse la libertad de decidir por sí mismas qué es el bien y qué es el mal. Y es que el hombre parece haberse dado cuenta que el devenir de la historia acontece sin que, aparentemente, Dios diga o haga nada. Todo parece indicar que fue el hombre quien creó a Dios a su imagen y semejanza. Era pues necesario desprenderse de Dios, pues entorpecía la evolución del hombre y le impedía comportarse como un adulto. Yo no estoy en contra del progreso. Soy, cómo no, partidario de la investigación científica y de los adelantos tecnológicos; pero siempre que todo esto redunde en beneficio de los hombres. Y lamentablemente, no siempre ha sucedido así. La forma de progresar que ha tenido el hombre muchas veces ha deshumanizado, cuando no esclavizado a muchos millones de personas. Por eso la cuestión no es abolir el progreso, sino encauzarlo. Pienso que hay que invertir en el desarrollo integral de las personas frente a tendencias a convertirlas en instrumentos de trabajo en favor de unos pocos. Las manipulaciones
a las que están sometidas las personas de la actualidad las esclavizan
y las alienan, les niegan la posibilidad de desarrollarse y crecer interiormente.
La cultura de hoy ahoga las alternativas y hace que muchas personas
que viven hacinadas en las grandes ciudades, y paradójicamente en soledad, busquen la plenitud que les falta en las drogas, el alcohol o el sexo, convirtiéndose en desechos humanos. Y todo ello en aras de un pretendido progreso y en favor del desarrollo del hombre.
El sentido de la vida
El progreso pues, no ha conseguido que el hombre se desarrolle como persona, sino que le ha atrapado en una red que le deshumaniza y le ciega, impidiéndole ver a Dios. El hombre antiguo tenía fines, pero carecía de medios. El hombre actual tiene medios abundantísimos, pero carece de metas. Y es que todos los hombres llevan en su interior la sed de Dios; esa inquietud por lo trascendente, que por mucho que los poderes fácticos quieran negar y borrar, permanece siempre en el alma de los hombres. Algunos tratan de saciar esa inquietud entregándose a los horóscopos, a la parapsicología o a variantes más o menos tácitas del ocultismo. Otros buscan su absoluto en la fama, el poder o el dinero. Otros finalmente, se involucran en causas humanitarias, sustituyendo la creencia por la ética, por el compromiso en favor del otro. Sin embargo, esta actitud de entrega puede volverse estéril si carece de un substrato en que apoyarse. Pues al igual que la fe sin obras es una fe muerta, las obras sin fe y sin amor en nada aprovechan. Tras presenciar el fracaso de las instituciones, de las grandes ideologías y el desenmascaramiento de las utopías, el hombre actual se siente desvalido. El individuo está deshumanizado. Esto es palpable por ejemplo en la competencia que se establece entre las personas, donde no avanzar significa retroceder. El individuo va montado en un tren vertiginoso al que se van añadiendo vagones; todo su afán consiste en llenarlo de mercancías, sin preocuparse de si ese es su tren, ni hacia donde va. El hombre necesita algo que oriente su vida y sostenga su mundo de valores. La nada carece de consistencia y no puede erigirse en sostenedora del ser y de la vida. Y la nada son muchos de los objetivos en los que el hombre actual fija sus metas. El interés principal del hombre no es encontrar el placer o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida. Por esta razón la persona está dispuesta incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido. Como decía Nietzse, «quien tiene un "porqué" para vivir, puede soportar cualquier "cómo"». ¿No será tal vez, la incapacidad de encontrar metas que merezcan la pena, el mal de nuestra civilización? ¿No será esta quizá la causa de las depresiones que afectan a tanta gente, dentro de la sociedad moderna? En efecto, sin encontrar sentido a la vida, ésta no tiene salida. El verdadero sentido de la vida se encuentra en la religión. En el amor a Dios a través del amor al prójimo y al necesitado. Saliendo de sí es como la persona permanece más profundamente en sí. Dando es como recibe y posee su ser. La persona
sólo encuentra sentido a su existir si se concibe como apertura para
con el otro y para con Dios. Su existencialismo se ha de basar en la
intercomunión fraterna y espiritual con el creador a través de lo creado,
para de esta manera conseguir la felicidad, anhelo de todos los hombres. Recordemos como colofón las palabras de San Agustín: «Nos hiciste Señor para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti».
Tipos de creencias
Las encuestas que de vez en cuando se hacen, demuestran paradójicamente que una gran mayoría de la gente es religiosa, y en los países católicos, un gran porcentaje de sus individuos se consideran como tales. Lamentablemente esto no suele corresponderse con la práctica, y en la mayoría de los casos todo se queda en una mera declaración de intenciones más o menos disimulada, y casi siempre contrapuesta con los hechos. Desde el punto de vista religioso, según mi criterio, existen en nuestra sociedad los siguientes tipos de individuos: a) Ateos. b) Indiferentes. c) Cristianos «de supermercado». d) Cristianos «de verdad». e) Otras creencias.
Trato ahora de desarrollar un poco más los anteriores conceptos. a) Ateo
es aquél que está convencido que no hay Dios.
Difiere del indiferente en que defiende su postura e incluso trata de
difundirla, teniendo una actitud combativa hacia todo lo religioso. Hoy
en día apenas existen ateos teóricos, por la sencilla razón de que Dios
ya no interesa, y por tanto no suscita posiciones encontradas. Simplemente
no se habla de ello, y aquello de lo que no se habla, no existe. b) El indiferente
o agnóstico es aquél que ha adoptado una posición cómoda
en la que no niega nada ni acepta nada. Vive al margen de toda
religión, y no tiene especial interés en defender la creencia o la increencia.
Se diferencia del ateo principalmente, en que no adopta una posición
hostil o enfrentada. En las encuestas que antes mencionaba,
muchas personas afirman creer en Dios. Como dije, una visión superficial
de esta afirmación, identificaría a estos «creyentes» como católicos,
o como fieles de la Iglesia. Sin embargo, cuando se afirma creer
en Dios, muchas personas quieren decir simplemente que «opinan», «piensan»,
«sospechan» que existe «algo» o «alguien» de origen sobrenatural que
es el fundamento último y que permite que el mundo funcione ordenadamente.
Esto es lo que quieren decir cuando dicen que creen, pero no practican.
Estas son personas que tienen unos
valores éticos bastante estables, aunque siempre relativos. Aceptan
serena y resignadamente que la muerte es el final de todo, y tratan
por tanto de vivir la vida a tope a pesar de sus limitaciones, dando
prioridad a los sentidos. c) El cristiano
«de supermercado» es aquél que básicamente cree
en Dios y en Jesucristo aunque no acepta muchas de las normas
impuestas por los mandamientos o por la Iglesia. Se suele
expresar gráficamente con el término «cristianismo de supermercado»,
porque al igual que en un supermercado, donde están expuestos todos
los productos, el comprador escoge sólo aquellos que más le interesan. Así, en el tema que nos ocupa, este
individuo, acepta todo lo relativo a Dios como protector y Padre de
los hombres, todo lo referente al amor al prójimo, incluso suele ser
devoto «a su manera» de la Virgen y los Santos. Llevan sus medallas
como si fueran amuletos, y muchas veces les invocan como si tuvieran
un poder «mágico». Sin
embargo, no dudan por ejemplo en mentir cuando les conviene o en guardar
rencor por tiempo indefinido. Mantienen una moral totalmente
al margen de la religión, y suelen tener una posición encontrada
hacia todo lo que representa a la Iglesia y las normas que la rigen.
Rehuyen de los sacramentos, y prescinden de todo lo referente a la confesión,
a la misa dominical, etc, etc. Consideran
que la religión es algo accesorio y algo que se hace en la intimidad.
Muchos de ellos se avergüenzan de confesar la fe públicamente, y cuando
lo manifiestan, forzados por una situación, lo hacen de forma soslayada.
Parece que no recuerdan (o no conocen) las palabras de Jesús en el Evangelio
de San Lucas donde dice, «Quien se avergüence
de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando
venga en su gloria» (Lc 9, 26).
No son conscientes de que precisamente nuestra oferta más grande
y original es proclamar el Dios del Evangelio y que el cristianismo
encierra una sabiduría que el mundo necesita más que nunca. Resumiendo, aunque hay diversos grados
y muchas actitudes, por lo general su comportamiento no difiere mucho
de aquel del indiferente, pues su creer es algo que no compromete a
la persona ni tiene consecuencias importantes para su vida. No quieren sujetarse a normas en
pos de una pretendida libertad. d) El cristiano
de verdad es un mito. Hasta los más grandes
santos han tenido flaquezas, dudas y debilidades propias del indiferente.
Y es que estamos muy contaminados
con la visión no evangélica de la vida, que propugna y alienta la sociedad
de hoy. Es muy difícil para el cristiano
comprometido (a veces imposible), el mantenerse al margen del consumismo
o de las corrientes de pensamiento antievangélicas del llamado «mundo
civilizado». Muchos de nosotros tenemos, lo queramos
o no, nuestra visión particular sobre la distribución de los bienes,
la justicia social, el sentido del trabajo o nuestro compromiso con
la pobreza. Sin embargo, Dios siempre está abierto
al perdón y a la reconciliación, pues sabe que somos débiles y nuestra
debilidad se manifiesta en nuestros actos, dudas y omisiones. No existen católicos de verdad; ni
siquiera el Papa es perfecto. Pero Dios se conforma con que lo intentemos. Dios
no nos exige una perfección absoluta que sólo puede tener Él.
Basta en la mayoría de los casos con mantener el dial de la voluntad
fijado en la frecuencia correcta. e) Otras
creencias. Aquí se engloban los individuos religiosos
no católicos. Los protestantes y sus diversas sectas, como
los Evangélicos, Testigos de Jehová, etc. Ignoro cuales son las estadísticas
a este respecto. Este
libro va dirigido principalmente a las personas referidas en los puntos
b) y c). A los primeros para hacerles ver que la verdadera
felicidad no está en la búsqueda ciega del goce de los bienes materiales
de este mundo. A los segundos además de para lo mismo, también para
encauzarles y hacerles ver que la tibieza y la compartición del corazón
no son un camino acertado, ni seguro. La existencia de Dios
Muchos han sido los argumentos que se han esgrimido a lo largo de la historia para demostrar la existencia de Dios, para demostrar lo indemostrable. Desde un punto de vista estrictamente físico, se puede afirmar que no hay un solo indicio en el mundo o en la naturaleza que nos haga pensar que existe Dios, que existe algo sobrenatural no sujeto a las leyes físicas, y que está por encima de nosotros. Todo, absolutamente todo en lo que nos desenvolvemos nos dice una cosa de manera aplastante: no hay otra cosa que lo que ves. Nuestra comprensión científica del mundo puede sostenerse perfectamente sin necesidad de recurrir a Dios como hipótesis explicativa. Y sin embargo... Y sin embargo existen los milagros, patentes también en nuestra sociedad de hoy. ¿Qué verdadero cristiano sometido a una situación difícil de la vida que haya pedido favor a Dios y se lo haya concedido cuando las circunstancias eran absolutamente adversas, no está totalmente convencido de que sin la intercesión de Él nada hubiera podido solucionarse? Muchos dirán: Fue casualidad. Otros dirán: es el poder de la mente. Sí, sí, el poder de la mente, pero ¡qué poder más asombroso entonces!, ¡Y sin creador! Y es que no se puede buscar a Dios en el plano físico, ni intentar constatar su existencia con un instrumento de medida. Dios no está al alcance de los microscopios ni de los telescopios. No se puede establecer con una magnitud numérica, entre otras cosas porque Dios no es un objeto más junto al mundo, sino que es lo que hace posible al mundo. No es una cosa que «hay», sino que «hace que haya». Cierto que nadie puede probar que existe Dios, pero tampoco puede nadie probar que Dios no exista. El científico se contradice cuando afirma que la suya es la única forma de saber y que no hay otra realidad que la empírica, pues en sí misma esta afirmación ya entraña una conjunción metafísica, que por tanto no es verificable científicamente. A pesar de lo aparentemente irrefutable de los argumentos del ateo hay algo incuestionable y es que todo el mundo, la naturaleza con sus perfecciones, y el hombre en suma no puede haberse originado de la nada, fruto de la casualidad, fruto de casuales combinaciones de pequeños elementos en un caldo de cultivo idóneo. Tanta perfección no pudo tener un origen tan simple. Con todos los conocimientos actuales, el hombre ha conseguido reproducir ese caldo de cultivo y ha combinado esos elementos en el laboratorio. Pero las formas resultantes no han sido seres vivos. ¡Nunca podrían serlo! Pero... Quién sabe si quizá alguna vez lo logre... En ese caso, ¿no será cierto eso de que toda vida procede de la creación de un ser con una inteligencia superior? La casualidad no existe, al menos a esos niveles. ¿Crees que si lanzásemos miles de letras al aire, al caer se formaría casualmente el Quijote o la Biblia? La fe no es algo circunscrito a personas incultas o fácilmente convencibles. Muchos de los grandes científicos de la humanidad con altos coeficientes de inteligencia han sido fervorosos creyentes; entre ellos eminentes biólogos que han tenido en sus manos las causas últimas de la vida. Cierto es que otros no lo son. Pero no sólo es lo científico lo que nos convence de la realidad de las cosas. Si uno se esfuerza en leer entre líneas el texto de la realidad, descubre muchas razones para creer. Cierto es que esas razones tomadas por separado no tienen gran peso ni consistencia, pero todas ellas juntas forman un conjunto con una fuerza de convicción formidable. Todo esto nos lleva, si no a tener una corroboración científica, sí al menos a obtener una «certeza moral», que para un creyente es más que suficiente. Dios es un misterio inabarcable que no cabe en nuestro pensamiento ni nuestra imaginación puede darle un rostro. Recordemos las palabras de San Agustín: «Si lo que se quiere decir lo comprendiste, no es Dios; y si es Él, no lo comprendiste». Pero volviendo al tema de los milagros, ¿qué decir de la sangre de San Pantaleón que todos los años por las mismas fechas se licua convirtiéndose en fresca sangre lo que antes era polvo? No hay explicación científica a este suceso. Al igual que a otros muchos que ahora no recuerdo. El ateo me dirá: Ahora no hay explicación científica, pero la humanidad y los conocimientos científicos avanzan a pasos agigantados, sólo hay que mirar como estábamos hace cien años y como estamos ahora; puede que dentro de un tiempo se halle una explicación para esto y para otras cosas que ahora se presentan como milagros. Cierto. Y también no es menos cierto que muchas de las cosas que anteriormente se achacaban a la creación o la voluntad de Dios tienen ahora una explicación lógica y sencilla. Muchos mitos han ido cayendo, y caerán muchos más. Y sin embargo... y sin embargo quedan los sucesos cotidianos de trascendencia para el individuo. Suerte dirán algunos, casualidad dirán otros. Pero la experiencia constatada y repetida de muchos de nosotros, ese convencimiento interior fruto de la iluminación sobrenatural, nos lleva a no albergar ninguna duda de que Dios está ahí, cerquita, al lado de nosotros, esperando sólo que digamos: ¡Señor, ven a mí! Y entonces... y entonces seremos hombres y mujeres nuevos revestidos de esa luz y de ese halo que nos hace caminar por la vida sin miedo a nada, con paso firme, esperando tan solo el momento final en que Dios se nos manifestará plenamente y podamos decir, ¡Señor, aquí estoy! La eternidad
El alma es inmortal. Tanto la del ateo como la del creyente. No hay diferencia en la constitución de ambas. Son substancias simples, y por tanto indivisibles. Es inmortal por que trasciende al propio individuo. Su campo de desarrollo, llámese pensamiento, entendimiento o discernimiento, se sitúa en otra dimensión, fuera del plano físico. Nuestros actos espirituales o intelectuales, nuestros pensamientos, no son elementos corpóreos, sino que son simples en si mismos. No hay explicación ni parangón posible al asomarse a la mente humana. El cuerpo está compuesto de muchos elementos. La muerte es la desintegración del viviente en sus partes constitutivas. El alma es un ente simple, sin partes, por tanto no es desintegrable, y en conclusión, es inmortal. ¿Y qué es la inmortalidad? La existencia eterna. ¿Y qué es la eternidad? Érase una vez una montaña situada en un mundo donde no había erosión. Cada mil años un pájaro llamado Eternidad pasa rozando levemente la cúspide con una de sus plumas. ¿Te imaginas cuanto tiempo tardará en erosionarla? Pues bien, cuando la montaña ya no exista debido a la fricción producida por la pluma del pájaro, entonces, entonces la eternidad apenas habrá comenzado. ¡Y todo ese lapso de tiempo nos lo jugamos en un puñado de años! Muchas personas, cuando se les habla de la ascesis, de la represión de los sentidos en pos de la espiritualidad interior, contestan: ¡no me voy a estar así toda la vida! Pero, ¿qué es la vida comparada con la eternidad? Menos de lo que representa un granito de arena en la totalidad de la playa; menos de lo que representa una gota de agua en la inmensidad del océano. ¡Y nos jugamos tanto! Para muchos la religión es represión. No se puede hacer esto, no se puede hacer lo otro, no es admisible aquello... No quieren sujetarse a normas en pos de una pretendida libertad, que sin embargo no es sino esclavitud de la voluntad ante la dictadura de sus pasiones. Pero, pregúntale a un cristiano de verdad o incluso a un monje de clausura si se siente preso o reprimido. Te maravillarás de su respuesta, de su actitud serena, de su paz interior, en suma de su felicidad. La verdadera esclavitud es la de la carne, y la de los sentidos, que nos hace perseguir ciegamente lo que a la larga no proporciona sino sinsabores, decepciones y hastío. La religión nos proporciona ese escudo que nos protege de las amarguras de la vida. Un escudo que no pesa, pues «Mi carga es suave y mi yugo ligero», dice el Señor (Mt 11,30). Una aproximación a la escatología
Cuando estoy con un grupo de personas y se habla del tema de la religión, los ateos (o los indiferentes, me da igual aquí emplear un término u otro) forman una especie de coalición donde cada uno te intenta poner en evidencia atacándote por el punto más débil. Ponen el dedo en la llaga cuando se refieren a la inmoralidad de algunos sacerdotes, los tesoros del Vaticano, la Inquisición, y otros asuntos más personales. Es un partido de ping-pong donde juegas tú sólo contra una camarilla donde cada vez que a duras penas devuelves la pelota, te la envían con más fuerza. Muchos hemos experimentado esta situación de acoso donde la mayor parte de las veces la partida termina en tablas, pues aunque tus argumentos sean irrefutables, ellos nunca los aceptarán. No se puede sembrar en territorio baldío, dice el Señor (Lc 8, 5-7), aunque no por eso hemos de dejar de intentarlo. Muchas de estas personas me dicen: «No hay Dios. Pero si lo hubiese, a mí no me podría condenar, pues yo no he matado a nadie, ni he robado, ni he hecho nada malo de importancia; y si Dios, aún así me condenase, sería un terrible injusticia». Me dicen además: «Y si después de todo no hay nada, tú habrás estado haciendo el tonto con tanta ascesis y represión...» (¿Acaso mi ascesis y «represión» es amargura para mí? ¿Acaso al amante le supone sacrificio el agradar a su amado? ¿Acaso el ateo es más feliz que yo?). Los temas escatológicos han sido desterrados del lenguaje social por ilusorios en el caso del cielo, o por incómodos en el caso del infierno. La mayoría de los cristianos de supermercado no echan el infierno en su cesta de la compra. Y lo mismo para otros temas del más allá. Si el hombre moderno se ha distanciado de la religión en general, mucho más se ha hecho ajeno a las referencias a los temas escatológicos, a los que trata como mitos o leyendas. A personas tan afincadas en el «más acá», poco puede interesarles el «más allá». Palabras como cielo, infierno o purgatorio, les recuerdan a cuentos de hadas, a referencias a un pasado tenebroso de cilicios e inquisición, afortunadamente ya superado. Sin embargo, no hay que pretender volver a tales concepciones. Las palabras para designar los conceptos escatológicos y sus definiciones, han de adaptarse a los nuevos tiempos para hacerse entender por las mentes de hoy, más avanzadas. Pero una cosa son las mentes, y otras las mentalidades. Y las de hoy están en gran parte contaminadas, lamentablemente, por la laxitud y la paganización de la sociedad. Así, el cielo no está «arriba» o el infierno «abajo», no existen lugares físicos con fuego y azufre esperando a los condenados o mesas repletas de comida y placeres para los salvados. Las palabras y descripciones eran una manera alegórica de representar algo cuyo concepto abstracto no era fácilmente comprensible para la mente del hombre común, por lo general poco instruido. Pero intentar trasladar el lenguaje y las imágenes del pasado al mundo moderno es todo un despropósito. No es mi intención hacerlo; pero sí clarificar algunos malentendidos, aclarar aspectos o comentar matices no contemplados en los temas ultraterrenos. En la época de lo inestable, se necesita el anuncio de lo definitivo. En la época del cambio se necesita el anuncio de lo que no necesita ser cambiado, puesto que está lleno de vida. Pero no voy ahora a hablar de la vida, sino de la muerte, para iniciar este recorrido por la escatología. La muerte
La muerte es un segundo parto. Venimos al mundo acompañados de dolor, y lo dejamos también con dolor. Es pues lógico que la temamos, como la madre teme al parto, pues al dolor se suma la incertidumbre. No conocemos más que esta vida, y en esos momentos incluso muchos creyentes ven tambalearse su fe... Pero no ha de ser así. La muerte es el Viernes Santo que precede a la mañana de Pascua. Es el amanecer a una nueva vida, plena, completa, y eterna. Una nueva forma de existir que nos configurará como lo que realmente somos, hijos de Dios. Con esta mentalidad hemos de afrontar este tránsito. Las experiencias de los que «han vuelto a la vida» tras un coma traumático hablan de una luz y un bienestar que auguran el nacimiento a otra dimensión, que manifiestan el esplendor de una sensación de no estar ante un final, sino más bien ante un nuevo comienzo. Sin el pecado, la muerte es sólo un encuentro con Dios. Es errónea la actitud de los familiares que con la idea de no espantar al enfermo no llaman al sacerdote. Cuando hay tanto en juego no se pueden escatimar esfuerzos. La muerte sucederá tarde o temprano, y con ella se esfumarán para siempre las posibilidades de un arrepentimiento y un perdón del que el enfermo pudiera estar necesitado. Hay que tener las maletas preparadas por si hay que salir corriendo. Lo que equivale a decir que hay que mantenerse, en la medida que nuestra débil naturaleza nos lo permita, alejados del pecado. Sólo así tendremos la tranquilidad y la mente preparada para acoger la muerte como lo que realmente es, el tránsito a una nueva y mejor vida. La resurrección
A lo largo de los tiempos se han suscitado muchas teorías acerca de la forma en que resucitaremos. Se especula sobre si resucitará nuestro cuerpo, o sólo nuestra alma, o los dos juntos, cuándo, en que forma, etc. A mi entender, debatir este tipo de cuestiones es similar al antiguo debate sobre el sexo de los ángeles. Baste decir que resucitaremos como lo que somos, personas, con todos los ingredientes que nos conforman como seres humanos, pero de forma superlativa. El ejemplo del grano de y la espiga es perfecto. Cuando enterramos una semilla, ésta se pudre y queda en la nada, pero después, gracias al agua y al sol, a través de un proceso de maduración «resucita» convertida en espiga. Esta espiga es la semilla, tiene todo lo que tenía la semilla, pero no en potencia, sino en acto. La espiga tiene toda la genética de la semilla, pues procede de ella, pero la forma en que se manifiesta es, si se me permite, gloriosa. Así Dios, que es el agua y el sol, hace que nuestras facultades innatas conferidas en el alma de cada hombre se desarrollen y crezcan para adoptar su forma real, su forma definitiva. Lo anterior vale con respecto al cómo. Respecto al cuándo, no existe una clara unanimidad entre los teólogos. Y la Iglesia tampoco se ha pronunciado nunca muy explícitamente. El motivo de esta oscuridad hay que buscarlo sobre todo en la poca luz que arrojan los Evangelios en esta cuestión del cuándo, al menos en la parte íntima y personal de cada individuo. Ha habido mucha discrepancia como digo, pero se consolida la idea de que el alma se desprende del cuerpo en el mismo momento de la muerte, y es autónoma hasta que se une a él, una vez consumado el final de los tiempos. Muchos teólogos, sin embargo han objetado contra esta doctrina, al considerar que, si el alma resucitada ya experimenta la visión beatífica, la incorporación del cuerpo posteriormente ya no aporta nada. Pero lo cierto es que sí añade. A pesar de que el cuerpo sea para muchos de nosotros una carga pesada que nos impide volar ligeros hacia Dios, no hemos de considerar la vertiente materialista del mismo, sino más bien, la espiritual, pues todo en el cielo queda transformado. La incorporación del cuerpo forma parte de esa dinámica novedosa de transformación que nos realiza y nos conforma. El juicio
El Juicio particular no es un examen con preguntas y respuestas, sino un encuentro personal del creador con lo creado. Un encuentro definitivo con lo que yo elegí o rechacé, con la opción fundamental que rigió mi vida. En este sentido, la teología actual se muestra unánime: no hay más que una vida. Si se quiere, una vida con dos fases, una parcializada y oscurecida, y otra plena y radiante. La forma en que enfoquemos la primera fase repercutirá indefectiblemente en la segunda. Ésta será a su vez afectada por nuestras opciones y decisiones ejercidas en la primera fase. Cuando me preguntaban cual era el objetivo de mi vida, yo solía responder como esos catecismos de antaño que hacían la pregunta de ¿para que has venido al mundo? Y respondían: «He venido al mundo para salvarme». Efectivamente, yo solía decir que mi objetivo y meta en la vida era llegar al cielo, conseguir la salvación y «superar la prueba». Aunque este principio no deja de ser cierto en sus últimas consecuencias, la manera de enfocarlo es errónea, pues tiende ha considerar la vida como poco menos que un examen donde de manera egoísta hemos de aprobar si queremos pasar al siguiente curso. El objetivo no es algo «a lo que se va», sino algo «en lo que se está». Puesto que la vida es sólo una (aunque si se quiere como dije antes con dos fases) no puedo aspirar «a la otra», sino estar YA en la que he elegido para permanecer en ella ahora y por siempre. Hay que imbuirse de espiritualidad y comenzar ya a actuar, sentir y pensar en el tiempo, de la forma que lo haremos en la eternidad. No hay pues dos oportunidades. Sólo una, que se fragua en una fase de mi vida, que termina en algo que podemos llamar juicio, y que se celebra en el instante mismo de la muerte. Es en este instante cuando la película de mi vida pasa ante mis ojos y haré un autojuicio, mi juicio final, de todo lo que pude haber hecho y no hice. Nuestra conciencia quedará iluminada por la luz divina, y nos daremos cuenta de todos nuestros comportamientos erróneos, de nuestras omisiones, de nuestros pecados, bajo la atenta mirada de Dios. En un instante veremos cómo hemos seguido la doctrina de Cristo, y si hemos visto su rostro en el rostro del hermano necesitado. Veremos, en definitiva si nos hemos adherido a sus enseñanzas, si le hemos hecho caso o por el contrario le hemos dado la espalda. Y a partir de ahí quedará decidido nuestro destino final. Llegados a este punto, nos podríamos plantear la siguiente pregunta: ¿Son muchos los que se salvan? Las opiniones de los ensayistas en teología han variado mucho a lo largo de los tiempos. Desde una posición férrea en el pasado, donde apenas había resquicio para la salvación de unos pocos, a la laxitud actual, donde se predica casi la amnistía general y la abolición del infierno. Sin embargo, no debemos engañarnos. El infierno y la condenación es algo predicado ampliamente en la Biblia, y sobre lo que se insiste bastante. Esta actitud laxa de la teología actual proviene básicamente del rechazo sistemático del hombre moderno hacia la religión, y especialmente en todo lo referente al tema del infierno. La teología se ha visto obligada a suavizar los términos y a «rebajar el listón y el número de los condenados» en aras de lograr un mayor acercamiento al hombre secular actual. Sin embargo, a mi entender lo máximo a lo que puede aspirar la teología moderna, es quizá a quitarle la imagen terrorífica y a la vez pintoresca con que se había dotado tradicionalmente al infierno, para adaptarla a las circunstancias y al lenguaje actual. Pero en ningún modo, se debe caer en el error de apartar de la vista por molesto, un tema cierto y real. Pero hay motivos para ser optimistas. Así, leemos en la Biblia: «Y vendrán de oriente y occidente, del septentrión y del mediodía y se sentarán a la mesa en el reino de Dios» (Lc 13, 29). «Y vi una gran muchedumbre que nadie podía contar de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del cordero vestidos de túnicas blancas y con palmas en sus manos» (Apoc. 7, 9). Estas citas son las abanderadas de la llamada tesis optimista. La misericordia infinita de Dios y su amor a los pecadores, así como la redención sobreabundantísima de Jesucristo avalan esta tesis. Además, no sería lógico que el demonio se ufanase de tener más almas en el infierno que Dios en el cielo; sería como si dijésemos una victoria moral. Dios es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo. ¿Qué prevalecerá pues, la misericordia o la justicia? ¿Sería justo que estuviesen en el cielo en la misma posición el bueno y el no tan bueno? ¿Cómo puede tener el mismo premio el oprimido y el opresor? Hay teorías que solucionan este dilema, como es el caso de la tesis del purgatorio. Y también con los llamados «escalones», es decir, no será la misma la posición celestial de todas las almas. El hecho de que todos los habitantes de la ciudad celestial tengan la misma visión de Dios, no significa que todos sean iguales. Santa Teresa decía que seremos como vasos llenos del mismo líquido, pero con diferentes tamaños. Pero la certeza sobre estos asuntos no existe. Por otra parte, Dios sólo condena al que así lo quiere. Al que pone todo de su parte para intentar salvarse, Dios no le dejará aparte. Pero no todo en la Biblia son citas benévolas en este sentido. Y sino, veamos estas otras: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, por que os digo que muchos serán los que busquen entrar y no podrán» (Lc 13,23-24). «Muchos serán los llamados y pocos los elegidos» (Mt 22,14). «Si el justo a duras penas se salva, ¿qué será del impío y del pecador?» (1Ped.4,18). Estas y otras citas son las abanderadas de la tesis rigorista, que por cierto es la compartida por la mayoría de los Padres de la Iglesia, con Santo Tomás a la cabeza. En definitiva, aunque seguramente sean más los que se salvan que los que se condenan, yo no me jugaría mi eternidad por tan poca cosa como son los escasos años en los que el Señor nos pone a prueba, pues luego tendré toda una eternidad para arrepentirme o para alegrarme. El purgatorio
No es un lugar, ni un tiempo específico, ni son unas penas que hay que cumplir, sino que ha de concebirse como «la última parte del proceso de mi vida» antes de entrar en la gloria. La lógica me hace pensar en el purgatorio, pues todos o casi todos los hombres mueren con imperfecciones, con corazones compartidos mayor o menormente, donde Dios no es el único morador; con dudas, indecisiones y omisiones. No podemos pasar al banquete eterno con la ropa sucia, no podemos sentarnos a la mesa sin lavarnos las manos. Pero esta limpieza no ha de concebirse como un castigo, sino que probablemente será un acto de elección propia, pues al vislumbrar las sorprendentes maravillas eternas, estaremos ansiosos por vernos purificados del todo, y entrar cuanto antes a formar parte del coro de la alabanza eterna. Es como si estuviéramos llamados a una importante cita o acto al que estamos ansiosos por ir. La noticia nos llega de repente, cuando venimos del taller. Nos dicen que nos demos prisa, pues el acto ya ha comenzado. Lógicamente no querríamos ir con el mono lleno de grasa, sino que aunque nos moleste el tiempo perdido en lavarnos, no iríamos sin antes ponernos nuestras mejores galas. El morir cristiano, no es el agonizante apagarse de la vida, sino el salir alegre al encuentro del Dios de la vida. La purificación ha de entenderse pues como maduración, como el proceso mediante el cual Dios da los últimos retoques a su obra creadora, y nos dota de los sentidos necesarios (Lumen Gloriae) para percibir claramente la nueva dimensión en la que nos adentramos. Todo proceso de maduración es doloroso. Pero el sufrimiento viene más bien de la contemplación de los pecados pasados, pues iluminados ahora con la luz de Dios, nos parecerá horrenda monstruosidad lo que antes considerábamos cosas sin importancia. Es el insoportable contraste entre el amor absoluto de Dios y el desprecio que yo le he manifestado al apartarme de Él. Las oraciones de sufragio pueden ayudar a mitigar ese sufrimiento, pero no en tiempo cronológico, pues en la eternidad no existe el tiempo. Por esta misma razón, nuestra oración común no sólo sirve para las personas de aquí y ahora. Puede también ser aplicada a las personas del pasado o del futuro. El Infierno
La sociedad moderna ya no teme el infierno. Ahora se teme la pérdida de valores inferiores como el poder adquisitivo, el status, el confort, la calidad de vida... La pérdida del miedo al infierno, consecuencia de la secularización, ha servido para devaluar la responsabilidad moral. El infierno ya no existe, dicen, ni existió nunca. Eran cuentos para asustar a los niños o a los que son como ellos. Al presentar el infierno al hombre actual con las imágenes del pasado, éste en lugar de adaptarlas al contexto moderno, no sólo las suprime, sino que elimina el concepto entero de infierno, cuando no el de la religión. El infierno, al igual que el purgatorio, o el cielo, no es un lugar, sino un estado, una situación vital. Al infierno no se entra, se accede. Dios no manda a nadie al infierno; uno mismo lo elige al desentenderse libremente de Dios, al cometer pecado mortal, y perseverar en él. Y Dios no interfiere nuestra libertad, que es uno de los dones supremos que Él ha dado al hombre. Su omnipotencia y su misericordia sólo tienen el limite de la libertad humana. Desde este punto de vista, el infierno se puede definir como el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados. Su pena principal consiste en la privación eterna de Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado. El cielo
Es pues Dios, la única fuente de felicidad. Una felicidad que será completa cuando le veamos cara a cara, al habitar en el cielo. Al ingresar en el cielo y ver a Dios, estallaremos en una explosión de gozo incontenible que nuestros corazones carnales no hubieran podido soportar. Experimentaremos la más completa y abundante de las alegrías que empequeñecerá hasta el absoluto al mayor de los gozos terrenales. ¡Tal profusión de bellezas! ¡Tal esplendor de maravillas! ¡Tal magnificencia de excelsitudes!... Y sin embargo... Y sin embargo, preferimos aferrarnos a un frío, oscuro y sucio trozo de materia, que llamamos mundo, con sus infidelidades, con sus decepciones y engaños, con sus sufrimientos, y desasosiegos, con sus penas y sus amarguras. Pues sólo tristeza y dolor existe cuando salimos de Dios. Decir cielo equivale a decir plenitud. Plenitud de la vida y de la persona. Aquí somos un proyecto; allí seremos realidad. Una realidad que se hará común con los otros, pues allí no seremos extraños, como lo somos en la tierra, donde no podemos ver el interior del otro. Allí seremos transparentes, y desarrollaremos de forma plena la llamada comunión de los santos. En el cielo experimentaremos la visión beatífica, el ver cara a cara da Dios de manera intuitiva. Esto significa el acceder al conocimiento del amor de Dios, que nos llenará de felicidad y de gloria. Es la convivencia, la participación en su vida, en su presencia, la comunión existencial con su persona. Muchos han objetado contra el cielo su aparente estaticidad e inmovilismo. Es decir, por muchas y muy bellas que sean las maravillas que se nos prometen, ¿no nos aburriremos de hacer siempre lo mismo, de ver siempre lo mismo? En primer lugar, resaltar que el enamorado nunca se cansa de contemplar y permanecer junto a la persona que ama. Pero por otra parte, si afirmamos que el cielo es la exaltación de la vida, y la vida es por definición dinámica, al contrario que la muerte, con mayor razón el paraíso será siempre un eterno dinamismo donde constantemente nos asombraremos de la novedad. Nuestras alegrías irán siempre en aumento, con cada resucitado que se incorpora al paraíso. De todas formas es en vano pintar como será el cielo. Las descripciones y palabras no serán más que consideraciones meramente humanas, incompletas e imperfectas. El cielo rebasa siempre nuestras palabras y nuestros conceptos. «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios tiene preparado para los que le aman» (1Cor 2, 9). El juicio final
El juicio final ha de concebirse como la integración definitiva de todos los vivientes en la eternidad feliz. Sólo así obtendremos la plena felicidad y la plenitud personal. El llamado final de los tiempos significa sencillamente el no-tiempo, es decir, el hombre con la muerte sale del tiempo para entrar en la eternidad. No tiene sentido pues, hablar de fechas o de retrasos. Siguiendo con el discurso que comencé en el capítulo dedicado a la resurrección, al hablar de cuerpo y alma, este vuelve a tener relevancia al comentar el juicio final. El dualismo antropológico platónico de alma y cuerpo se resuelve desde los ojos de la fe, al afirmar que cuerpo y alma no son entidades diferentes, sino partes constituyentes de un mismo ser, creado por Dios en un momento determinado del tiempo. El alma por tanto no existe desde siempre, sino que tiene un principio. Puesto que el alma es inmortal y el cuerpo perecedero, es necesaria la resurrección, don de Dios para conseguir la plenitud del ser humano en la eternidad. Ahora bien, esta incorporación del cuerpo que acaecerá en el último día, no a todos puede que le parezca oportuna, pues hay gente que siendo demasiado espiritualista, aborrece el cuerpo, o al contrario, siendo demasiado materialista, preferiría un cuerpo diferente. Sin embargo no hay que ser miopes. Primero porque no hay doctrina de fe que diga la forma concreta o morfológica que hipotéticamente tendrá nuestro cuerpo, incorporado a nuestra alma ese último día. Conceptos substanciales físico-químicos como el ADN puede que tengan mucho que decir. En cualquier caso, la forma física tangible o visible que adopte nuestro ser tendrá poca relevancia en la dimensión de lo intangible, de lo imperecedero, en un universo de espiritualidad, sentimiento, misticismo y amor. Razones para la esperanza
Muchos de los que niegan la resurrección, esgrimen contra nosotros, eso de que con tanto mirar hacia arriba, nos despreocupamos de lo de abajo, y nos ausentamos de la realidad. La realidad, dicen, hay que construirla aquí. Muchos ponen el objetivo de su vida en lograr una sociedad mejor, en labrar un futuro que disfrutarán las generaciones venideras. Laudable misión esta, donde las haya. Sin embargo, esto no es incompatible con la creencia, con el cristianismo, sino que precisamente es su realización. El cristiano mira al cielo, pero tiene los ojos en el suelo. El camino para subir hacia arriba no parte de otro sitio sino del suelo. Sin una buena base en el firme, la escalera se desmorona. Hay no obstante que matizar este deseo de hacer el bien. El cielo no es un estímulo egoísta, como sería si nos esforzásemos en hacer el bien sólo por tener un más allá bienaventurado. El cielo es precisamente todo lo contrario al egoísmo. Pero la esperanza de alcanzarle nunca está de más. Los que con espíritu altruista depositan su confianza en la construcción de una sociedad mejor, sin tener otra esperanza de continuidad que la «continuidad social», ponen sus miras en un objetivo frágil e inestable, pues no hay nada más inconsistente, volatil y cambiante que la sociedad humana. Y no es que yo no crea en el hombre ni en el progreso. Simplemente constato la realidad social que nos muestra repetidamente la historia. Pero repito, las razones para la esperanza nunca están de más. Porque si a pesar de todo no hay nada después de la muerte (aunque la fe me diga lo contrario), yo nada he perdido por esperarlo, sino que más bien he ganado el gozo de la esperanza y el vivir ilusionante de la fe. Por el contrario, el incrédulo tiene siempre las de perder ante las dos posibilidades, pues si no hay esperanza, muchas veces la vida se convierte en un infierno. La vida
La vida es como la fría escarcha que desaparece al amanecer. Es un seco pozo de miserias donde se refleja la necesidad humana. Es como la hoja arrancada del árbol que cae y muere en la tierra. Es como el viento que sopla en el ocaso y se difumina entre las calles estrechas. Es el sol boreal, trémulo y fugaz. Es el horizonte oscuro del atardecer que hace detenerse a los caminantes. Es el viento helado que se desata por las noches y congela los corazones de los débiles de espíritu. Y en contraste, ¿Qué es Dios? Dios es la plenitud sobreabundante de todas las maravillas. Es el elixir paradisíaco que rebosa en la copa de la felicidad; es la alegría eterna de todos los corazones, la inabarcable consecución de todos los anhelos, el recipiente perpetuo de todas las dichas, el bálsamo que alivia, el maná que cura, el poder que salva. ¿Por qué fijar nuestra atención y nuestra mente (¡y tan denodadamente!) en las falsas consolaciones de esta miserable vida, cuando Dios nos llama insistentemente para unirnos a Él, para unirnos a semejante maravilla? Según San Agustín, hemos de vivir esta vida como si ya estuviésemos en la otra, es decir, alabando y glorificando a Dios por todas sus maravillas y excelsitudes, a imitación de los ángeles en el cielo. La manera práctica de llevar esto a cabo, es muy simple, basta con ofrecerle a Él todos nuestros trabajos y nuestros sacrificios, nuestros anhelos y esperanzas, nuestras alegrías y nuestras penas, y mostrar ese agradecimiento en la dedicación de las cosas cotidianas y sencillas. Cuando nos sintamos tristes, abatidos, desanimados, desganados para hacer una labor, basta con decir: ¡Voy ha hacerlo por amor a Jesucristo! Y decirlo de verdad, para demostrar que yo también me sacrifico por Él al igual que Él lo hizo por mí, aunque sea en esta pequeña medida. Pues no hay obra pequeña ni mérito escaso cuando los sentimientos son tan grandes. Agrada más a Dios una cestilla de flores ofrecida con un corazón sincero y desprendido, que toda una basílica construida sin ese amor. El amor de Dios
¡El amor de Dios! El amor de Dios es el fuego que derrite los corazones, la llama que consume la voluntad y siembra en el alma las delicias de la divinidad. ¿Cómo podemos corresponder a semejante amor? Antes de nada decir que nunca será una correspondencia equiparable. La manera de amar a Dios, es cumplir sus mandamientos. Los suyos y los de su Iglesia. De esta manera le demostramos nuestro amor. Para muchos es muy difícil hacer aflorar los sentimientos del corazón de manera que se manifiesten de forma visible. Pero eso no quiere decir que éstos no existan. A muchos les cuesta experimentar amor sensible, pero eso no es óbice para amar con la voluntad. En efecto, es la voluntad y la disposición lo que prima a la hora de demostrar el amor, y no quizá las fórmulas vocales y las manifestaciones más o menos sensibles. Podemos conocer a Dios de muy diversas formas: a través de la revelación, o buscándole de forma intelectual. Pero hay un camino más cálido, y con calado más hondo, que es el de la oración y la contemplación. En efecto, es a través de la oración como nos comunicamos con Dios y como Él se comunica con nosotros. Es como entablamos esa conexión íntima que nos demuestra que Dios no es puro concepto, sino un ser que nos ama y se nos entrega y que es capaz incluso de sufrir por nosotros. Pero, ¿cómo es eso de que sufre Dios? ¿Es acaso un ser débil, o
imperfecto? En este caso, la capacidad y posibilidad de sufrir, lejos de ser una
limitación o un defecto, debe considerarse como una forma de plenitud. Es la expresión más honda de un amor y una
bondad sin límites. Dios sufre precisamente porque su amor para con nosotros es infinito.
Es un amor de tal magnitud, que le hace sufrir incluso a Él. Y es que Dios, Jesús, siempre está ahí, esperando al pecador arrepentido,
noche y día, sin descanso. Él siempre acude a la cita. Unas veces se hace presente como el
frescor suave del atardecer en el jardín de la vida. Otras como el aroma de las
flores en las noches de verano. Y otras en fin, cual horizonte cálido y luminoso
de verdad y de paz que atraviesa y penetra todo nuestro ser y llega hasta el
fondo de nosotros mismos. Por que Él realmente habita dentro de nosotros, y «es más yo mismo que yo» como acertó a describir San Agustín. Dios da sin esperar nada a cambio, pues su naturaleza es amor y
desprendimiento, siendo ésta su inclinación natural. El amor de Dios es
infinito incluso con los malvados y pecadores, con los que le odian, y con sus
enemigos, por quien se dejó incluso matar en la persona de su Hijo. Pues si Jesús, siendo Dios se dejó matar por amor a sus enemigos, ¿qué
derecho tienes tú siquiera a fruncir el ceño a los tuyos? Si Dios, Supremo
Juez, ama a los malvados y pecadores, ¿quién eres tú para odiarles? El amor de Dios se pone de manifiesto también en la amistad que nos
profesa. Si el amigo para ser bueno y seguro ha de ser antiguo, ¿quién hay más
antiguo que Dios, que existe desde siempre? Al igual que no se deja al amigo
antiguo por el nuevo, tampoco dejemos al amigo eterno por el temporal. Dios está con nosotros en todos los sitios. Su amor se manifiesta en esa
voz interior que nos dice «donde quiera que estés estaré contigo». Pues, si Dios ama tanto a los que le odian, ¿cuánto no amará a los que le
aman? Devolvámosle ese amor dándole gracias por los que no se las dan, alabándole
por los que no le alaban y experimentando en nosotros esa transformación que el
corazón abierto a su amor recibe al entrar en Él. La felicidad
Es un dicho muy común que el dinero no da la felicidad. ¿Acaso es más feliz el rico que el pobre? Muchos dirán que sí. Pero la realidad no es tan sencilla. En más casos de los que se podría pensar sucede precisamente lo contrario. El que tiene dinero sufre por si se lo quitan o lo pierde. Vive siempre con miedo. El que tiene estabilidad sufre al pensar que la puede perder y teme al futuro. ¿Y los placeres? ¿Dan la felicidad los placeres? El éxito y los placeres variados no liberan al hombre del vacío y del miedo si no hay un sentido más alto en su vida. Los placeres materiales son como una droga. Una vez experimentada, el individuo se hace esclavo de ella, y su voluntad se rinde. Añora incesantemente el instante siguiente en que podrá experimentar ese placer, y todos sus actos se encaminan hacia allí de una manera egoísta. La persona olvida la posibilidad de realizar otros fines más altruistas y queda cegada con la inmediatez. A la larga, en la mayoría de los casos el placer pierde su encanto inicial y aparece el hastío... Pero es algo connatural a los seres humanos la búsqueda de la felicidad. Es normal que cada persona vaya en pos de aquello que le hace feliz. Lógicamente yo no pretendo disuadir a nadie de esta idea (¡faltaría más!), pero sí encauzarla. Pues igual que un torrente que baja impetuoso por una ladera pierde su agua y no riega nada, de la misma forma se precisa construir unos muros de contención y unas balizas para que todo se aproveche de la forma más racional, conveniente y fructífera. Sin embargo la ascética no es masoquismo, como tampoco es masoquista la hormiga cuando trabaja en verano, por mucho que así lo piense la cigarra. Muchos objetarán: «¿Por qué hemos de rechazar los placeres que nos da la vida? Dios no puede desear nuestra infelicidad». Y en efecto, así es. Dios no desea nuestra infelicidad, sino todo lo contrario, desea que seamos muy felices. Pero la única, verdadera, e inmensa Felicidad consiste en tener a Dios. Y Dios habita en el corazón de aquellos que le desean. Por esto, no se puede estar apegado a lo creado y querer tener a Dios al mismo tiempo. A no ser que en lo creado no se vea otra cosa sino al Creador, ya que lo infinito es contrario a lo finito, y lo temporal a lo eterno. En este mundo todo es provisional. Aún no estamos en lo definitivo. Todo resulta contingente y accidental, por tanto no debemos volcarnos en ello. Lo provisional es inferior a lo definitivo, y lo parcial a lo total. El valor de lo temporal consiste en como sirve a lo definitivo. Recordemos las palabras del Señor: «Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura» (Lc 12, 29-31). O lo que es lo mismo, no fijéis vuestro objetivo último en conseguir la satisfacción y la plenitud en las cosas de este mundo y de esta realidad, sino más bien usarlas como instrumento del bien que os puedan traer de cara a la eternidad. Pues igual que la misión de un carpintero no es poner clavos sino hacer muebles, de la misma forma nosotros no hemos de afanarnos en las cosas de aquí abajo como si no viéramos más allá de lo que representan, es decir, obra de Dios, y camino hacia Él. Pues lo contrario sería actuar como los ateos, los que no tienen más que esta vida, los que cierran la puerta de la esperanza y se apegan a las cosas perecederas y mudables, que por esta sola característica (la mutabilidad) pueden experimentar desasosiego e infidelidad cuando de repente se les priva de su goce. Hay que poner más bien las miras en lo inmutable y eterno, en lo que nunca nos fallará. Si te despegas de todo lo terreno y mundano y pones tus ojos en Dios y sólo en Dios, acatando su voluntad y ejerciendo la Santa Indiferencia, gozarás de una felicidad que nada ni nadie te podrá arrebatar. Pues el que tiene a Dios, no ve otra cosa sino a Dios, y para él carece de sentido cualquier otra fuente de placer, al igual que carece de sentido mantener encendida una linterna en el mediodía de un día soleado. Cristiano: ¿Por qué te entristeces al perder una cosa terrenal, si te queda lo más grande? ¿Qué son ellas comparadas con Dios? ¿Acaso el millonario se entristece si se le pierde la calderilla? El único mal verdadero, el único mal irremediable, es la pérdida de Dios. Y a Dios se le pierde sólo por el pecado. Ningún bautizado ha de temer que se le prive de Dios si él no lo quiere. Jesucristo está siempre con nosotros, pues nos compró con su sangre; y lo estará siempre, por toda la eternidad. Sólo el pecador aparta de su lado a Dios, y lo hace voluntariamente. Aún así, Él está incesantemente, día y noche, constantemente, llamando a la puerta del pecador para que le deje entrar de nuevo en su corazón. Recordemos esta máxima de Santa Teresa, que todos deberíamos tener siempre en cuenta: «No nos preocupemos por nada sino que será lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera; pues solo Dios basta, y quien a Dios tiene, nada le falta». La tibieza
Al hilo de lo anterior, permitidme hablar un poco de la tibieza. Nuestro Dios nos quiere todo para sí, es un dios celoso. De igual manera que aborrecía que los judíos adorasen a los ídolos, también denosta que nosotros adoremos a los ídolos de hoy, que son los placeres y objetos materiales elegidos desde posiciones desvinculadas de Dios. Hay una frase en el Apocalipsis que es muy elocuente con respecto a la tibieza: «Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. Ojalá fueses frío o caliente. Pero por que eres tibio y no eres ni frío ni caliente te voy a vomitar de mi boca» (Apoc.3,15-16). A más de un cristiano de supermercado se le erizarían los pelos de la nuca al leer este pasaje tan devastador. Aquí Dios nos quiere poner sobre aviso para que no nos confiemos. Nos está diciendo algo así como que posiblemente nuestra particular visión de la religión no nos sirva de pasaporte eterno, sino la abrazamos enteramente. Desde este punto de vista la tibieza puede representar el primer paso para un acercamiento, para una entrega definitiva. Hay muchas personas tibias que son criticadas quizá sin saber lo que hay detrás. Quién no ha oído decir: «Mira fulano, está enemistado con tal pariente y sin embargo va a misa. ¡Más le valdría quedarse en su casa!» Y sin embargo yo no creo que «fulano» que haga mal en ir a misa, sino todo lo contrario. Yo replicaría «déjale que vaya a misa, y cuanto más vaya, mejor, a ver si algo se le queda de lo que allí se dice, y el Señor puede ablandar su corazón». El
Antiguo Testamento
Son muchos
los cristianos que comenten el error de descartar el Antiguo Testamento a
efectos de considerarlo doctrina de fe. Entre otros muchos críticos se puede
destacar a Marción, y a sus seguidores, los marcionistas. Sin embargo,
a pesar de las aparentes dificultades, debemos afirmar que el Antiguo
Testamento ES palabra de Dios, con toda la significación que esta
afirmación encierra. Como digo, no
son pocas las dificultades que se ofrecen a un lector de pasajes aislados del
A.T. Efectivamente,
tomados por separado, muchos dichos, sentencias y pasajes de los libros
del Antiguo Testamento se podrían considerar incluso contrarios a toda
doctrina cristiana (claramente contrarios, diría
yo, muchos de ellos). Pero esto no es motivo para descartar a
priori todo el libro, ni siquiera esos pasajes conflictivos. El propio Jesús, en los Evangelios dice claramente que Él no ha venido a abolir la ley, sino a darla cumplimiento. No ha venido a derogar, sino a culminar. «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17). Efectivamente,
el Nuevo Testamento no deroga el Antiguo, sino que le complementa, le
define, le realiza, le completa, pues el anterior estaba, se podría
decir, inacabado. La historia
en este sentido, es lineal. El hombre del A.T. necesitaba tener una doctrina
como esa, llena de sabiduría, pero adaptada a sus tiempos y a la mentalidad de
cada momento. Si bien es cierto que poco a poco iba cambiando y reconduciéndose
para cuando llegase el momento recibir la Buena Nueva, el Evangelio. El Antiguo
Testamento al llegar la era Mesiánica, estaba superado, pero no caducado u
obsoleto. El Antiguo Testamento sigue teniendo toda su validez, aunque no se
puede tomar como sola referencia, pues la Palabra de Dios es única, y está
formada por ambos libros, el Antiguo y el Nuevo Testamento. A la hora de
sacar una conclusión de algo, no nos podemos detener a emitirla cuando aún
hemos estudiado ese algo en su conjunto pues podríamos errar. Es el error que
cometen los protestantes cuando se justifican tomando aisladamente frases o
sentencias de la Biblia. Cada caso debe estar considerado según el entorno en
que se produjo, y para los fines que se pretendían en su momento. La
extrapolación no siempre es válida, y además, como siempre, la moraleja debe
ser emitida al final. Y es que ante
la dificultad, existe la tentación de la negación. En esto se sustenta muy a
menudo la fe, esa gran prueba tan difícil de superar. Es típico del espíritu humano
intentar abandonar la construcción de algo cuando comienzan las dificultades.
Pero también es mayor la satisfacción cuando finalmente se concluye. La
fe en sus comienzos está llena de oscuridades aparentes, que se deshacen
cuando el alma preparada recibe la luz cegadora de Dios, ante la cual
las tinieblas desaparecen. La Iglesia, nuestra madre
La Revelación de Jesucristo supone un antes y un después en la Historia de la Salvación. Han sido muchas las actitudes que a lo largo de la historia se han mantenido respecto a ciertos temas; actitudes muchas veces contradictorias, y que han servido y sirven de hecho para que nuestros detractores pongan el dedo en la llaga. Pongamos por caso esta cita del Eclesiástico (libro de la Biblia que por cierto es uno de los más próximos al Evangelio): «Da al justo y no acojas al pecador. Haz bien al humilde y no des al impío; rehúsale su pan [al impío] y no se lo des. Porque se tornará más fuerte que tú y te pagará con doble mal cuantos bienes le hagas» (Eclo. 12, 4-5). ¡Cuánto difieren sentencias como esta de la predicación de Jesucristo en cuanto a hacer el bien a los enemigos y poner la otra mejilla! Y es que el hombre del Antiguo Testamento tenía un concepto diferente de la salvación y del mérito. Para él, la prosperidad y la salud eran regalo de Dios y constituían el único premio que se otorgaba a los que cumplían con los preceptos. El pobre y el desgraciado merecían todo desprecio, pues era, según esta concepción de la recompensa, un rechazado por Dios, con el que no había que relacionarse. Para el lector poco instruido en Biblia, le pueden resultar chocante los numerosos pasajes del Antiguo Testamento en que Dios «se venga», donde se habla de «el castigo de Dios» o incluso de «la ira de Dios». La concepción que el pueblo israelita tenía de Dios, era la de un Dios violento. Pero en realidad Dios era y es el mismo Dios de ahora y el mismo que será siempre, pues Él es inmutable. No así nosotros. El hombre antiguo tenía una mentalidad y unos conocimientos completamente distintos a los del hombre moderno, y por tanto Dios tiene que expresarse en un lenguaje que éste comprenda. Para el hombre del Antiguo Testamento no existía la recompensa escatológica, y eso a pesar de libros como el de la Sabiduría, y el de los Macabeos, que dicho sea de paso, no fueron admitidos como canónicos por el pueblo judío. Para el antiguo Israel, las bendiciones de Yahvé eran vivir muchos años y tener una gran descendencia. Estas eran las formas de prolongar la vida, mientras que el Sheol, la muerte, era el final «donde ni siquiera se puede alabar a Yahvé» (Salmo 6, 5). Todas estas concepciones eran influencia directa de los pueblos vecinos, y fruto de una religiosidad poco avanzada. Y por curioso que parezca asistimos hoy a la paradoja de que ideas tan antiguas tengan de nuevo, en la sociedad de hoy, tanta vigencia. Pero Dios se va amoldando al progreso del hombre, y llegado el momento, pasará de ser el Dios que hiere y castiga, para ser el Dios que se deja herir en su Hijo, y perdona y redime a la Humanidad. Muchos añadirán que no hay que irse tan lejos, que no hace mucho tiempo tuvimos la Inquisición, la condena de Galileo, las mentiras de los curas... Pero la Iglesia también sabe reconocer sus errores, y recientemente ha reconocido muchos abusos, además de subrayar la importancia de las ciencias como parte importantísima del desarrollo humano. Fue a raíz del Concilio Vaticano II cuando la Iglesia se abre al mundo y proyecta una estrategia de evangelización que tiende la mano hacia las otras religiones «mirando más a lo que nos une que a lo que nos separa». En esta línea, la Iglesia define mejor su postura clásica y para muchos prepotente que afirmaba que «fuera de la Iglesia no hay salvación», y se reconoce algo que sucintamente se había considerado siempre y es el hecho de que serán salvos todos los hombres de buena voluntad que no habiendo conocido el Evangelio por culpa no imputable a ellos, se hubiesen comportado honradamente según su conciencia. Aunque eso sí, no se deja de insistir en que es en el seno de la Iglesia Católica, donde se dan en plenitud las condiciones más favorables para prosperar en el campo de la salvación. Y es que Dios ha puesto en nuestra conciencia esa luz que nos guía y nos ilumina cuando hacemos el bien, y que nos acusa cuando obramos el mal. La Iglesia siempre ha deseado que sus hijos se salven y progresen en el camino hacia la santidad, y ha utilizado las formas que consideraba más acordes según los tiempos. Y todo aunque una visión histórica retrospectiva las delatase como inadecuadas. Pero no es la Iglesia la única que se ha mostrado intransigente con la ciencia. La propia ciencia casi siempre pone reparos a los nuevos descubrimientos e inventos, muchos de los cuales a la larga se han mostrado inapelables o muy beneficiosos para la Humanidad. Fueron los propios científicos los que en primera instancia tacharon de disparatados los postulados heliocéntricos, o los dictámenes de Pasteur sobre los gérmenes infecciosos, o las teorías de Harvey sobre la circulación de la sangre. Por no hablar de la intransigencia de la propia sociedad, en cuestiones como el voto de la mujer, la discriminación étnica, o la esclavitud. Además, si a alguien se le puede
tachar de totalitarista es a la ciencia y no a la Iglesia. A diario se toman
decisiones sin contar con nadie en el campo de la biología,
de la economía, o por ejemplo sobre la energía nuclear. Decisiones que pueden
afectar a miles o millones de seres humanos. |