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En lucha contra la locura Introducción
«Dichoso es aquel que medita
la sabiduría y discurre con inteligencia, quien estudia sus caminos en su corazón, y se aplica a sus secretos. Sale en pos de ella como el
cazador, y la acecha en su ruta; Dichoso el que se asoma por su ventana, y está a la escucha en su puerta. El que se hospeda junto a su casa, que clava su arnés en su pared, y despliega su tienda a su lado, y habita en su dulce morada. Pone sus hijos bajo su amparo y bajo sus ramas descansa. Así hará el que teme al Señor, y quien abraza la ley alcanza la sabiduría. La sabiduría le esperará como una madre, y le recibirá como una esposa. Ella le dará a comer el pan del entendimiento, y beberá el cáliz de la sabiduría. Se apoyará en ella y no vacilará. Se confiará en ella y no será confundido. Hallará en ella gozo y corona de alegría, y heredará nombre eterno». (Eclo. 14, 20-27. 15, 1-6) La sabiduría es lo que tenemos cuando elegimos lo mejor entre varias opciones. Lo contrario es la ignorancia, o aquello que tenemos cuando entre varias opciones no escogemos lo más adecuado. Pero el que no es ignorante, y aún así escoge lo peor, entonces es que está loco... Las guerras de religión
Un amigo mío me comentaba recientemente al hablar de guerras como las de los Balcanes o Afganistán, que la causa de todas los conflictos estriba en la religión. La religión es, me decía, la fuente raíz de todas las guerras. Es fácil constatar que este pensamiento le tiene mucha gente. Lamento no haberle dado una contestación adecuada en ese momento. En cualquier caso, propongo hacerlo ahora. La afirmación de que la causa de todas las guerras es la religión, es una afirmación gratuita. Pues si bien, muchos conflictos tienen un componente religioso-xenófobo, no hemos de generalizar de esa manera, pues hay y ha habido muchas guerras cuyo principal componente era y es de índole económico, como la guerra del Golfo Pérsico entre Estados Unidos e Irak, o las guerras expansionistas de las potencias de turno. Pero restringiéndonos a aquellas contiendas en las que la religión es uno (o el único) componente de la causa raíz, no podemos tampoco decir como yo creo que pretendía decir mi amigo, que si las religiones se extirparan de la faz de la tierra no habría conflictos. Como digo, es una afirmación gratuita e ingenua, que no se la creería ni un niño. Pero es que es precisamente la falta de religión lo que hace a las personas entrar en guerra. ¿Quién duda de que si toda la humanidad fuera creyente, creyente de verdad, donde todos los hombres se considerasen hermanos, donde cada persona viera en el otro a su prójimo, quien duda digo, de que en esa utópica sociedad no habría guerras? Lamentablemente la religiosidad no está esparcida uniformemente por el corazón de los hombres. Pero ese no es motivo para eliminarla. Si nos encontrásemos una joya inacabada por el joyero, ¿la tiraríamos sólo por que no está completa? Es como si estamos en una ciudad donde el sistema de suministro de agua y cañerías está en mal estado y se producen frecuentes inundaciones. A nadie se le ocurriría, para evitar las anegaciones el cortar el suministro de agua en la ciudad, de forma que cada vecino se fuera a coger el agua al río. Por el contrario, se intentaría reparar o sustituir el entramado de tuberías y conducciones, de forma que ya no hubiera más problemas. La religión es necesaria para saciar la inquietud del hombre por lo sobrenatural. Es algo intrínseco a la naturaleza humana, y no puede ni debe ser eliminado. Pero en lo que todos estamos de acuerdo es en que no es lícito utilizar la religión como pretexto de la violencia. Se equivocan aquellos que invocando un determinado precepto religioso infringen daño a otras personas. Si hay algo común en todas las religiones de la tierra es la idea del bien, como finalidad. Y nunca el bien se puede conseguir a través del mal. Pues como bien se sabe, la violencia sólo engendra violencia. Todas las creencias que en su seno albergan focos de fundamentalismo agresivo han de trabajar intensamente para erradicarlo, y concentrarse en lo que realmente es su verdadero fin: la búsqueda de lo trascendental a través de la oración, de la meditación y de la PAZ. Esta es la actitud más razonable para afrontar el problema de las guerras de religión. Fe y razón
No es mi intención entrar aquí en el antiguo debate escolástico sobre la preeminencia de la fe o de la razón. Sólo añadiré algunos apuntes, como lo que alguien respondió cuando le preguntaron ¿Qué es la fe? Pues la fe es la actitud más razonable para aquello que está más allá de la razón. Sin embargo, no hemos de separar la razón de la fe, sino descubrir más bien, que son complementarias. En efecto, la razón nos sirve para demostrar con el peso de la lógica y de la certeza, lo que la fe nos enseña. Por ejemplo, si la razón me dice, a través de argumentos convincentes que la suma felicidad consiste en amar a Dios y al prójimo, debo estar loco (haber perdido la razón) si no me dedico a ello en cuerpo y alma. Uno de los campos en que la razón auxilia de forma contundente a la fe, es en el tema de las supersticiones. El verdadero cristiano ha de permanecer al margen de toda superchería, y ahí es donde debe echar mano de la razón. Mucha gente cree que pasar bajo una escalera trae mala suerte; o romper un espejo, o derramar no sé si el aceite o la sal, o pasar delante de un gato negro, o todo eso del número trece, etc. Quizá no lo crean del todo, pero no lo hacen «por si acaso». Creen que existe una fuerza maligna e invisible que se desencadena tras ejecutar el acto que se supone trae mala suerte y que traerá consecuencias negativas sobre ellos. Sin embargo, aunque esta fuerza existiese, ¿Sería acaso más poderosa que Dios? ¿Sería acaso más poderosa que Jesucristo nuestro Señor, Hijo Unigénito de Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible? Y puesto que tú eres hijo de Dios y hermano de Jesucristo que te compró con su sangre, ¿Qué puedes temer, teniendo semejantes protectores? ¿Quién se atreverá contra ti? ¿Tiene sentido temer la picadura del escorpión cuando se camina con botas de acero? Ni el demonio mismo con todo su poder te podrá tocar siquiera un pelo de la cabeza si Dios no lo quiere. Quedan pues, abolidas las supersticiones. El
pecado
La palabra pecado
produce risa en el indiferente. Para el cristiano de supermercado, este
término no está en su diccionario particular. No es un producto que
hayan echado en su cesta de la compra. Su orgullo en muchos casos o
su autosuficiencia en otros puede más que todo eso. Ahora se habla de
conveniencia. «No hago esto porque no es conveniente, no hago aquello
porque no es adecuado...» Pero la palabra pecado no se usa.
Ni siquiera los cristianos medianamente serios se atreven a decir ante
un grupo de indiferentes que se comete pecado haciendo esto ó aquello.
Temen la mofa, la burla, el escarnio, que se les considere ignorantes,
infantiles, inferiores... o locos. Según Jesucristo,
las ordenanzas de Dios se resumen en dos: amarás a Dios sobre todas
las cosas, y al prójimo como a ti mismo (Lc 10,
27). Todo pecado es una ofensa a este principio. Es primar el
egoísmo sobre el amor; es anteponer el yo al tú, y por tanto causa de
infelicidad, como se demostró al principio. El pecador es
pues un egoísta que busca sólo su satisfacción personal en lugar de buscar la
de Dios o la del prójimo. No quiero
enumerar aquí de qué forma se ofende a Dios o al prójimo con cada acción u
omisión que hacemos. Hay mucha gente que piensa que todo lo que no compromete
el bienestar ajeno no es un pecado; se olvidan de los actos de omisión y de los
pecados contra uno mismo. La gula, la lujuria o los excesos, además de formar
parte de la cotidianidad, son muchas veces el sustituto de Dios a la hora de
buscar consuelo. Pero no
olvidemos que el hombre no es feliz si no le da sentido a la vida, un sentido
religioso que supone una total entrega a Dios (en la medida de nuestras
capacidades y debilidades), mediante el desprendimiento del lastre que nos
impide ir a su paso y que nos esclaviza. Pues no hay
mayor esclavitud que la del pecado. La gente
piensa al contrario, creen que la sujeción a los mandamientos nos hace esclavos
de ellos. Pero en realidad son la fuerza liberadora que nos desata del pecado. En efecto, el
pecador sin ley no tiene ideas propias, está mediatizado y alienado. El
individuo es esclavo de sus propios vicios, que mandan sobre él y a quienes
honra y se postra. La ley de
Dios le llega como liberación, como el instrumento mediante el cual recobra su
libertad, y cuyos mandamientos se definen como garantes del éxito, como
afianzadores de la voluntad, que la fortalecen y le impiden volver a sujetarse
al yugo de la esclavitud. Un pecado
cometido por debilidad, por pura debilidad humana, es fácilmente perdonable. Un
pecado o una forma de vida o de pensar pecaminosa que proviene de la
autosuficiencia y del rechazo al primer mandamiento, no lo es tanto, pues se
necesita no ya un arrepentimiento, sino más bien toda una conversión de la
persona, un «cambio de chip». Dios es
infinitamente bueno y misericordioso. Jesús padeció un infierno de calamidades,
de desdichas y de humillaciones por amor a nosotros. Se dejó matar «sólo» para
librarnos del pecado. Este comportamiento
de Jesús, dejándose crucificar por nosotros demuestra dos cosas. La
primera es la suma gravedad del pecado. Algo que
necesita que todo un Dios realice semejante acto, ha de ser lógicamente
algo muy serio. Pues si Dios se deja matar por algo como el pecado,
¿no será entonces esto, algo abominable? La segunda demostración,
es una vez más el amor infinito que nos tiene. Pues
de la misma forma que una madre no duda en irse al fin del mundo y de
jugarse la vida para encontrar un remedio para la enfermedad de su hijo,
tampoco Dios escatimó esfuerzos para librarnos a nosotros, a sus hijos,
del pecado. Por el
bautismo nacemos blancos e inmaculados, sin pecado para afrontar la vida. Y
pecando estamos volviendo a crucificar al Señor. Pero la grandeza
de nuestra religión es que Él siempre está ahí, dispuesto a perdonarte.
Aunque le hayas escupido a la cara y pisoteado su cuerpo, Él llorará
de alegría cuando tu corazón contrito y humillado implore su perdón.
Pero es necesario dar ese paso. ¡Y qué lejos
de darlo está mucha gente! Sobre la confesión
«¿Pero por qué tiene que servirse Dios de un hombre para perdonarme? ¿Por qué no me puedo yo comunicar con Él directamente y pedirle perdón?». El sacramento de la reconciliación es el menos frecuentado de todos, aún por los cristianos medianamente serios. El sentimiento de pudor y de vergüenza, la sensación de desnudez en nuestra más profunda intimidad, el rebajarse de manera tan servil ante quien muchas veces no goza de nuestro aprecio o de nuestra confianza, hace, en suma, que el hombre actual huya de los confesionarios como el medieval huía de la peste. «Yo me confieso con Dios» se suele decir. Y efectivamente, con Dios te confiesas, pues quien está dentro del confesionario no es otro que Jesucristo nuestro Señor que aplica los méritos de su redención para perdonarte a ti los pecados. Sí, es Jesús quien está en el confesionario, así lo debes creer, y confesarte como si estuvieras a punto de exhalar tu último suspiro. Porque verdaderamente, Cristo instituyó este sacramento y se lo encomendó a los apóstoles por pura iniciativa suya. «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20,23). Los obispos, como sucesores de los apóstoles, y los sacerdotes en delegación suya tienen la misión de ejercer este ministerio. Y para perdonar o retener los pecados, es necesario conocerlos primero. No vale por tanto la absolución general, como muchos quisieran, y el motivo es el siguiente: El pecado es la enfermedad del alma, y el sacerdote es el médico. Igual que a los pacientes de una sala de espera no les gustaría que saliera el médico y les diera a todos la misma medicina, sino que les atendiera en privado, personalizadamente, administrándole a cada uno lo que precisara, pues igualmente digo ha de ocurrir en el sacramento de la reconciliación. Por otra parte, la inconveniencia extrema que supone la confesión, como ya se escenificó anteriormente, ejerce muchas veces de disuasivo para el pecado, so pena de manchar la conciencia. En cualquier caso, no es tan fiero el león como lo pintan y ni los sacerdotes son unos curiosos ni unos chismosos, ni están ávidos de conocer asuntos íntimos. Por el contrario, están ya acostumbrados a todo tipo de confesiones, pues las han oído de todas las formas y colores. Y seguramente tu confesión no tendrá comparación con otras que hayan oído, probablemente más «espeluznantes». Además la sensación de sosiego y tranquilidad con que abandonamos el confesionario, nos hace olvidar las reticencias con las que entramos en él. Pero aún así, mucha gente sigue objetando y dice «¡Pero es que a ese señor no le importa lo que yo haya hecho o dejado de hacer!» Pues bien, a él quizá no, pero a Dios sí, y sólo te escuchará si se lo dices por medio del sacerdote, que por otra parte te aconsejará y orientará sabia y prudentemente. No hay que olvidar que el pecado es la enfermedad del alma, y si el alma está enferma con pecado mortal, y nos acaece la muerte sin confesarnos, corremos el grave riesgo de nuestra perdición eterna. Y esto no es ninguna tontería. Ya dice Jesús en el Evangelio que estemos preparados y vigilantes, ya que no sabemos cuando, pero lo cierto es que hemos de morir. Igual que uno no duerme en toda la noche si sabe que un ladrón va a entrar en su casa, y no sabe la hora, (Lc 12, 37-40 y 1Tes 5, 2), tampoco nosotros nos hemos de confiar y pensar que la muerte está aún lejos. Cuando una persona tiene una enfermedad mortal, ¿acaso no recorre el mundo entero si hace falta en busca del remedio que le sane? ¿acaso no gasta toda su fortuna si es necesario en librarse de su mal? ¿Le da acaso miedo o vergüenza relatarle al médico todos los pormenores de su enfermedad y de sus síntomas, si se está jugando la vida? ¿Pues entonces qué? ¿Acaso no es infinitamente más importante para un cristiano el alma que el cuerpo? ¿No son pues infinitamente peores las consecuencias de perder el alma que las de perder el cuerpo? Además se da la paradoja de que para obtener un bien tan enorme como es el perdón de los pecados, no hace falta irse al fin del mundo. ¡En realidad está al alcance de la mano, al lado de casa! A la vuelta de la esquina tenemos una parroquia donde nos está esperando Jesús. Tan sólo con ir andando unas calles, y en unos minutos, obtendremos la sanación completa, y sin efectos colaterales, que nos garantiza un billete de entrada en el paraíso. Solamente es preciso que le cuentes con sinceridad tus fallos y que no desees volver a cometerlos ¡Es tan fácil! ¡Cómo no valorar un bien tan inmenso! ¡Cómo menospreciar semejante regalo de la Providencia! Anda, corre y ve sin demora al encuentro y la reconciliación con el Padre, pues te está esperando desde hace tiempo con los brazos abiertos. La clausura
Mucha gente piensa que los monjes (y monjas) de clausura están locos. Que recluirse de una manera tan absurda no es de estar bien de la cabeza. Los más benévolos, afirman que es mejor estar ayudando a los necesitados «in situ», y no simplemente rezando por ellos. Creen que esto es mejor que permanecer entre cuatro paredes, «donde no hacen bien a nadie». La gente que afirma esto, olvida como siempre, que hay algo más allá de esta dimensión. Se circunscriben, como siempre, al plano físico, donde no hay nada más que lo que ven. No quieren admitir el ámbito trascendental, esa dimensión sobrenatural que está por encima de nosotros, y a la que todos tendemos, querámoslo o no. Y es que realmente debiéramos pensar que los locos somos nosotros por no estar con esos hombres y mujeres que han puesto su vida incondicionalmente al servicio de Aquel que está por encima de nosotros, de aquello que es lo más grande. Pues efectivamente, si mi razón y los argumentos que uso para discernir lo verdadero de lo falso, me dicen que existe Dios, y que existe en una forma y condiciones específicas, y me dicen igualmente que los años de esta vida son simplemente una gotita de agua en comparación con el mar de la eternidad en el que me sumergiré en presencia del Altísimo, ¿qué hago todavía que no estoy corriendo a abrazar una vida dedicada a Dios? ¿Y que mejor forma de dedicársela que ofreciéndosela en exclusiva, sin apego a nada ni a nadie sino sólo a Dios en plenitud? Donde no hay nada material a lo que poder aferrarse, donde los placeres terrenales no existen, donde las condiciones de vida son austeras (sin rayar en aberraciones que hoy por hoy ya no existen), allí es en suma donde más conecta el alma con ese Ser trascendente que está sobre nosotros, con esa dimensión escatológica a la que todos desembocaremos más pronto que tarde. Es decir, olvidándome de lo visible, percibo lo invisible. La soledad de los monjes más austeros como los cartujos, es sólo aparente, pues ¿qué mejor compañía se puede tener que la de Dios? Y para conseguir esa intimidad es preciso el alejamiento de los otros seres. Estando con Dios no existe la soledad, y al igual que con un amigo, se pueden desplegar todas las afinidades. Se está con la suma bondad, a quien se puede amar. Con la suma omnipotencia, en quien se puede confiar. Con la soberana sabiduría, con quien se puede conversar y discurrir; y con la infinita alegría, con quien poder regocijarse infinitamente. Llegados a este punto, muchos argumentarán que puede ser hasta cierto punto cómodo para estos monjes recluirse en esta jaula de oro, donde das un portazo y te olvidas del mundo sin querer saber nada de las miserias por las que pasa gran parte de la humanidad. Dirán que más les valdría estar allí, en la arena, sirviendo verdaderamente a Dios. Aquí tenemos que echar mano del tema de los carismas. Y es que Dios no da a todos los hombres las mismas facultades ni los mismos ánimos. Unas personas tienen vocación y arte para unas cosas y otros para otras. Además, el que diga que los monjes y monjas no hacen nada por el prójimo, se equivoca en grado sumo, pues desestima el valor incalculable de la oración. Dios no desoye las súplicas de esas personas consagradas a Él en cuerpo y alma, sino que al contrario, las tiene en gran estima. No en vano la Iglesia ha declarado co-patrona universal de las misiones precisamente a una monja de clausura, Santa Teresita, al lado de la ingente figura de San Francisco Javier, evangelizador de Asia. Incluso muchos han llegado a escribir que Sta. Teresita hizo tanto o más en pos de la evangelización del mundo, que San Francisco Javier en todos sus numerosos viajes. La oración
Así pues, la oración nunca está de más, sino que por el contrario, es utilísima. Pero mucha gente se queja amargamente de la inutilidad de la oración cuando ésta, aparentemente, no es escuchada. Sin embargo, la divina providencia de Dios nos asegura que nos concederá lo que le pidamos y Él es todopoderoso para concedérnoslo. Entonces, ¿por qué a veces parece no escuchar
nuestras súplicas? Para hablar con Dios no es necesaria la retórica. Para rezar no hace
falta hablar bien, ni ser una persona cultivada. Basta con hacerse desde el
corazón. Y eso lo puede hacer desde un mendigo a un potentado. Dios siempre escucha, aunque a veces nos parezca que no lo hace.
Muchas veces no nos concede lo que le pedimos, quizá por que no nos conviene.
Un niño diabético puede tener (a su juicio) razones muy justificadas para
pedirle a su padre un dulce de confitería, y también para quejarse amargamente
cuando este último se lo niega. Pero lo cierto es que sólo el padre sabe lo que
le conviene aunque el hijo no lo entienda. De todas formas Jesús nos dijo: «Pedid y se
os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque el que
pide recibe; el que busca halla y al que llama se le abre. ¿Qué padre
de entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? Y si
le pide un pez, ¿le dará en lugar de un pez una serpiente? O si le pide
un huevo, ¿le dará un escorpión? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis
dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará
el Espíritu Santo a quienes se lo piden?» (Lc11
9-13). Lo cierto es que a veces hemos de hacerlo con insistencia: «Si
uno de vosotros tiene un amigo y va a él a media noche y le dice, amigo,
préstame tres panes, pues un amigo mío ha venido de camino a mi casa
y no tengo que darle. No me molestes, dice el otro, la puerta está cerrada
y yo y mis hijos acostados; no puedo levantarme a dártelos. Pero yo
os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos
por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite»
(Lc11 5-8). Pero, ¿por qué tiene que ser así? ¿Por qué hay que insistir tanto?
¿Por qué no nos concede nuestros deseos cuando se los pedimos la primera vez?
Pues sencillamente para movernos más en la oración y en la piedad, para crear
en nosotros un espíritu mayor de oración y de ahondamiento en la persona de
Dios, para estar más cerca de Él, para que no todo quede en una mera
superficialidad, en una mera formulación vocal. Para que haya una íntima
conexión divina entre Él y nosotros, que no se consigue sino por la vía de la
reiteración, y la continuidad en la oración, que a la postre nos beneficia y
nos hace más felices. ¿Y si Dios no nos hace caso? En una ocasión un confesor me habló de que su asesor espiritual en los
tiempos del seminario le dijo ante esta misma pregunta: «Dios no
ayuda a holgazanes». Y efectivamente es así. Siempre hemos de hacer
todo lo que podamos por nuestra parte, y después, solo después dejar
actuar a Dios. Es como una barca que tuviera dos remos. Uno sería el
«ora», y otro el «labora». La barca con un sólo remo nunca podría llegar
a ninguna parte, sino que daría vueltas y vueltas sobre sí misma. Pero
la oración «con dos remos», es infalible. A veces puede que no lleguemos al puerto que deseamos, pero que
llegaremos a un buen puerto, es seguro. Es la convicción de que lo que pedimos nos conviene en aras de nuestra
felicidad presente, futura y eterna. Y la convicción también de que
Él me lo dará. «Pide con la seguridad de que
ya te lo han concedido». Ya sé que es difícil experimentar esta seguridad, sobre todo si se han
tenido situaciones de desaliento en el pasado, pero al menos intentémoslo.
Recordemos que la voluntad y la intención le vale a Dios mucho más que nuestras
consecuciones y logros. Aún así, habrá ocasiones en que no tendremos
respuestas como quisiéramos. Muchas veces su negativa nos sirve como prueba para
perseverar y fortalecer la fe, como sucede en la enfermedad. Otras veces es
simplemente dilación, pues como padre, sabe perfectamente el momento idóneo
para concedernos las peticiones. Igual que el padre terreno no le dejaría al
hijo hacer ciertas cosas cuando es pequeño, que sí le consentiría cuando es
mayor, también Dios se hace esperar y nos concede las cosas en el momento más
idóneo. ¡Cuantos de nosotros hemos experimentado esta realidad divina! Puede que nosotros veamos nuestra petición justa y buena y digna de
toda concesión, y sin embargo Dios nos desoye... También el niño diabético es
desoído por su padre. Me diréis: Claro, es que el niño no sabe lo que hace, no es consciente
de lo que pide, sólo ve su pequeño mundo, y el padre ve más allá. Pues claro, ¿y nosotros? ¿Sabemos lo que pedimos? Nos
parecerá que sí, pero, ¿acaso no ve más allá nuestro padre celestial?
¿Acaso no es Él más apto, más listo, más maduro, más aventajado, más
sabio infinitamente que nosotros? Y no pensemos que si Él nos niega las cosas lo hace fríamente,
calculadamente, pensando simplemente la mera conveniencia. No olvidemos que
Dios es amor, más que ninguna otra cosa. Y también padre, un padre tal, que a
su lado no merecen los otros padres el nombre de padres. Conformémonos con la Voluntad de Dios. Tampoco Dios pareció oír a Jesús
en la cruz, hasta el punto que Éste dijo, «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc
15,34). Pues ¿entonces qué?, ¿Merecemos acaso nosotros mejor
suerte que el Hijo unigénito de Dios Padre? ¿Hemos hecho más méritos
que Él? ¿Somos nosotros más importantes que Él para que nos escuche
y se avengue a nuestros deseos? Vuelve a surgir aquí la máxima de Santa Teresa: «Lo que Dios quiera,
como Dios quiera, cuando Dios quiera, pues sólo Dios basta, y quien
a Dios tiene nada le falta». La humildad
El egoísmo es la raíz de todos los males. Es el mal capital por excelencia. Del egoísmo nacen todas las variantes del mal que hay en las personas y en el mundo. Como ya dije antes, el concepto contrario al egoísmo es el amor. Por que el amor es en definitiva, desprendimiento. El amor tiene su máximo exponente en Dios, que por tanto ocupa una posición diametralmente opuesta al mal. De entre todas las ramificaciones del egoísmo, ocupan un lugar destacado el orgullo, el rencor y la envidia. El concepto opuesto a estas variantes es a su vez una ramificación del amor: la humildad. En la sociedad moderna, la humildad es un concepto desfasado. El orgullo es un valor muchas veces apreciado, y la venganza un derecho. Del concepto tradicional de humildad ha quedado en la actualidad lo que se llama modestia, que viene a ser una humildad de palabra, de valoración de uno mismo. Pero la humildad de actos o el rebajarse más allá del nivel que legítimamente nos corresponde es algo que ha quedado relegado casi al olvido, a tiempos de austeridad monacal del pasado. Hoy en día al humilde se le llama tonto. El no aprovecharse de situaciones que incrementarían nuestra posición económica o nuestra valoración social es de ser tonto. El no hacer frente a quien te avasalla ilegítimamente es de ser tonto. Muchos insultos se toleran mejor que aquel de «tonto». El tonto es un rechazado por la sociedad, un discriminado, no cuenta para nada ni para nadie y se le margina dentro de su grupo social. Muchos son tontos por naturaleza, otros, los menos, lo son por elección. Pero con ningún ser de la creación está Dios tan próximo como con el «tonto», con el excluido, con el rechazado. La humildad es en muchos casos la principal virtud de estas personas; una virtud ensalzada tradicionalmente en todos los manuales de ascética. En esos manuales se establecían diferentes grados de humildad, algunos de los cuales rayaban con el paroxismo. Sin llegar a esos extremos, ¡cuantas luchas y disputas se evitarían hoy en día con sólo un poco de humildad! Sin embargo, nuestra autosuficiencia y nuestra sobrevaloración de uno mismo nos impiden desnudarnos ante el otro. Nos impiden reconocer nuestra ignominia y nuestra miseria como seres imperfectos, como «viles gusanillos que habitan la tierra» como decían los místicos de siglos anteriores. Nadie se acuerda ya de Jesús, que siendo quien era, el primogénito de Dios, compartiendo con Él todos sus atributos, se rebajó haciéndose hombre y se sometió a toda clase de insultos y vejaciones sin hacer frente a nadie, y para finalizar en la muerte más ignominiosa, la muerte de cruz. ¿De qué podemos nosotros enorgullecernos ante semejante ejemplo de humildad? ¿Qué son nuestros presuntos logros materiales en comparación con esto? «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 29). ¡Todo un Dios Creador del universo nos dice que es humilde! Y no sólo lo dice, sino que lo demuestra con los actos de toda su vida. Pues entonces, ¿como nosotros podemos arrogarnos ese orgullo, esa pretendida superioridad ante todo y ante todos, esa vanidad, esas ínfulas de grandeza, cuando nuestro Dios y Señor se nos está ofreciendo como esclavo y siervo ante nosotros? Aprendamos esta lección inmensa de Dios, e imitemos a Áquel que vino al mundo para dársenos como modelo, para enseñarnos, para guiarnos, para reconducirnos. Aceptémosle haciendo nuestras sus palabras, que están llenas de sabiduría. Contra el pensamiento retrógrado
No hace mucho, una persona muy allegada a mí, me dijo que no había ido a la boda de una sobrina debido a que se casó «por lo civil». Entre otras razones menos disculpables, me dijo que el ir a esa boda significaría aceptar, aplaudir, estar en conformidad con ese acto pecaminoso. Lo primero que se me vino a la cabeza fue ver a Jesús, relacionándose con los pecadores, con los publicanos, con las prostitutas… «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» (Lc 5, 31). Efectivamente, si Él está siempre detrás de los pecadores, a los que sigue incesantemente, esperando que se conviertan, ¿quién eres tú para alejarte de ellos? Debes alejarte de seguir su actitud, pero no de su persona, pues son tan hijos de Dios y tan hermanos como el más santo de entre los santos. Esto vale igualmente para todas esas actitudes de rechazo, de desencuentro, que muchos que se consideran muy católicos, practican sin cesar. No se dan cuenta que van en contra del espíritu del Evangelio. Asistir a esa boda no implica «comulgar» con ese razonamiento. Dejemos siempre muy clara cual es nuestra posición y a partir de ahí, estemos siempre al lado de ellos, esperando una señal, un resquicio en el que poder insertar una semilla, que luego Dios haga madurar. Otra situación que me encontré recientemente fue el caso de una señora, defensora de una pretendida «moral católica», la cual vilipendiaba abiertamente a una jovencita que practicaba el «piercing» y que, entre otras cosas «indecentes» vestía de forma muy atrevida. De nuevo me pregunté de qué lado se hubiera puesto Jesús ante esta situación. Y la respuesta es obvia: yo creo que a Él le da igual la vestimenta o la indumentaria, que lleves un pendiente o que lleves veinte, que lleves el pelo largo o corto. Lo que a Él verdaderamente le importa y le interesa son los sentimientos del corazón, las actitudes frente a los demás, el desprendimiento del alma, el saber ver el rostro de Jesús en el rostro de los necesitados. Él verá eso, y sólo eso a la hora de juzgarnos. Y si no lo encuentra en la señora recatada, de recias vestiduras, de nada le habrán servido todas sus ropas y su apariencia decente. Contra las preocupaciones y la depresión
¿Quién está libre de cruz? Quien esté libre de preocupaciones que alce la primera copa. «Sí, pero ya quisiera yo tener las preocupaciones que tienen los ricos, o los que tienen trabajo, o los que sólo trabajan ocho horas, o los que no están enfermos, o las que tienen un marido normal o los que duermen de un tirón, o los que no tienen a un vecino como éste, o los que no viven en este barrio…» La lista es interminable. Ciertamente, no hay nadie que no esté libre de cruz. La cruz es consubstancial a nuestra naturaleza humana. No podemos estar sin ella. Cuando una se nos quita nos viene otra. Todos llevamos siempre alguna cruz. Y el que no la tiene, se la inventa, y la sufre como el que la tiene de verdad. Así somos. ¿Qué podemos hacer ante este panorama? Lo primero, hay que dar a cada cosa su importancia justa, y no hacer de una mota una montaña. Muchas veces la inhibición es la mejor terapia contra las preocupaciones. También hay que tener en cuenta que la cruz es más pesada siempre al principio, cuando nos la cargan, pues nuestros hombros no están acostumbrados al peso. Después, nuestros músculos se fortalecen y ya no pesa tanto. Y no nos olvidemos de echar la vista atrás. Ciertamente, nuestros problemillas no son nada comparados con los de muchos otros millones de seres humanos que pasan calamidades, hambre y miseria en el Tercer Mundo; o sin ir tan lejos, con los de cualquier vecino o familiar que tiene un hijo enfermo, por ejemplo. La vida es un valle de lágrimas, como dice la oración. Pero no hay que ahogarse en ellas; sobre todo los que nos llamamos cristianos, ya que ¿cómo estar triste ante la recompensa que nos tiene preparada Dios? Es un contrasentido. ¿Acaso el niño está triste la víspera del día de los Reyes Magos? ¿Acaso no está, por el contrario, exultante de alegría y de expectación, tanto que apenas puede dormir? ¿Y no es la vida una simple víspera de la eternidad inconmensurablemente feliz y bienaventurada, tanto más feliz cuanto mayor haya sido el sufrimiento? Hagámonos partícipes de los sufrimientos de Cristo, imitándole no solamente en la caridad, bondad, humildad, sino también en la cruz. Es inútil huir de ella, pues ella nos perseguirá. Y más nos persigue a los que llevamos grabada su señal en la frente. Hay que estar preparados para recibirla cuando llegue. Así su impacto no será tan terrible. Los trabajos duran un día, y el descanso es eterno. Hay que conformarse con la voluntad de Dios, pues todo lo que me acontece, no me ocurre sin su consentimiento. Dios mío, aquí estoy para lo que tú me mandes. Si tú lo quieres, cuando tú lo quieras, como tú quieras, por que sólo Dios basta, y quien a Dios tiene nada le falta. Ciertamente, ¿qué puede temer un caballero cristiano que pelea con Jesucristo a su lado? Teniendo semejante escudo y adalid, ¿quién se atreverá a hacernos frente? ¿Qué poder tienen las viles criaturillas contra todo un Dios? ¿Cómo no estar seguros de la victoria? «El Señor es mi luz y mi salvación. ¿A quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida. ¿Quién me hará temblar? El Señor está a tu derecha. No temas. Ten fe, confía en el Señor. El día del peligro Él te socorrerá. De día el sol no te hará daño, ni la luna
de noche, No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme. No duerme ni descansa el guardián de Israel. El Señor es mi roca, mi salvación, mi alcázar, baluarte donde me pongo
a salvo. Me envolvían redes de muerte. Me alcanzaron los lazos del abismo. Caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor. Yo dije, Señor salva mi vida. Líbrame de mis enemigos, que son más fuertes que yo. El Señor está conmigo; no temo. ¿Qué podrá hacerme el hombre? El Señor está conmigo y me auxilia; veré la derrota de mis adversarios». (Sal 27,1. 16,8. 121,3-8. 18,2-6. 54,7) «El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia las fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Una cosa pido al Señor, eso buscaré, habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida. Habitar en su monte santo contemplando su rostro. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Gozar de la dulzura del señor contemplando su templo. El Señor me conducirá a los eternos collados. En ellos moraré por días sin término». (Sal 23,1-2. 27, 4. 23, 6) Lo importante en la vida
¿Qué es lo más importante de esta vida? Es una pregunta que se puede contestar de muchas formas. Podemos decir que lo más importante es pasar por la vida haciendo el bien, teniendo fe en Dios, y así conseguir primero la felicidad en la tierra, y después la gloria eterna como recompensa. Es una definición breve, pero a la vez yo creo que completa. Sin embargo se podría objetar que no es sino una mero objetivo egoísta e individualista cuyo propósito es básicamente hacer aquellas cosas que nos garanticen la salvación. Es decir, lo importante en la vida es, según esto, conseguir la salvación. Si, ciertamente, pero… ¿Hemos de plantearnos la salvación como una carrera hacia el cielo, donde basamos nuestros avances en según como vamos quedando conforme a las posiciones de los demás? Yo creo que no debemos focalizarnos y obsesionarnos con este asunto de manera consciente. Me explicaré. Las actitudes en la vida han de ser siempre abiertas y no cerradas; no se puede ser perfeccionista en el sentido de catalogar las cosas como prohibidas y permitidas, por ejemplo. Si así lo hacemos, nuestra imperfección nos sumirá en el desasosiego y en la incertidumbre constante, al no poder alcanzar nunca el objetivo. Sin embargo no por esto debemos renunciar a los límites y por tanto carecer de ellos. Hemos de tener siempre unas balizas que si bien no nos impiden traspasarlas, sí al menos nos marcan un camino. Es lo que llamamos pautas. Pautas, y no límites es lo que un cristiano se ha de marcar a la hora de enfocar los comportamientos y las actitudes ante la vida. Basta querer salvarse para salvarse. Pero no en el sentido del estudiante que, lógicamente quiere aprobar un examen, aunque luego a la hora de la verdad no estudia. El querer al que me refiero es un querer consciente, centrado en actitudes, en «pautas» y en obras. El que quiere salvarse de esta manera, ya está salvado. Al menos así lo veo yo. Y lo está precisamente por que avanza por un camino que le conduce a la salvación. Así que, siempre y cuando no abandone ese camino y no deje de avanzar, llegará inexorablemente a su destino. De forma que con el objetivo conseguido, entonces ¿cuál es la misión de la vida? Pues afanarse en ayudar a los demás, en dar ejemplo, en llevar la cruz que cada uno tiene de forma cristiana, en conseguir que cada vez más personas conozcan a Jesús… En definitiva EN SER FELIZ, pues estas actitudes son las que generan la auténtica, genuina y perpetua felicidad. Hay personas que viven en esta pauta, y que no lo saben. Que son potencialmente salvas por ello, y sin embargo no son conscientes de semejante situación. Van por el camino correcto, pero al no reconocer a Dios, corren el riesgo de no reconocer la Puerta cuando lleguen a ella, y por tanto pasarán de largo hacia la nada. Las oraciones de miles de religiosos y religiosas, en la soledad de una vida olvidada del mundo imploran a Dios que no se olvide de ellas. Le piden que en última instancia les haga descubrir su infinita bondad y que le pongan el nombre de Jesús a su pauta vital. Será entonces cuando en el lecho de muerte la inefable bondad divina interceda por ellas y con corazón compungido digan: «Señor, mi vida se acaba; he vivido de espaldas a tu Persona, pero ahora me doy cuenta de que sólo Tú tienes sentido, pues eres el que da sentido a las cosas. Admíteme pues a contemplar tu rostro y gozar en tu presencia por toda la eternidad». Y Jesús correrá en busca y rescate del pecador arrepentido. Correrá como un chiquillo perdido que loco de alegría encuentra a su madre y sale a su encuentro, para fundirse ambos en un abrazo eterno lleno de dulzura y felicidad. La cruz del sufrimiento
Yo no quiero la cruz. Y le ruego todos los días a Dios que no me la dé. Jesús tampoco la quiso y le pidió al Padre no beber de su cáliz. Pero Él ya la llevó, y con creces, por todos nosotros ofreciéndose en sacrificio como víctima propiciatoria. Es precisamente por esto que la cruz nunca será pesada al verdadero cristiano. Pues Cristo ya recorrió el camino primero, y es nuestro consejero y asesor en nuestro particular camino del calvario. De suerte que es como si Él nos dijese, afloja aquí, no pases por allí, descansa acá, etc. Sin embargo, la cruz es el símbolo de nuestra religión y de nuestro Dios. Ciertamente, cuando se representa simbólicamente al islamismo se hace con una media luna, al judaísmo con una estrella, y al cristianismo se le representa con una cruz. Si Dios nos envía la cruz, hemos de llevarla con valentía, y aceptarla como parte integrante de nuestra imitación de Cristo. Es esta imitación el esfuerzo de perfección de todo cristiano, y nunca será completa si no imitamos a Jesús, también en la cruz. Difícil tarea
es hablar de estas cosas a una persona atea, y enferma, quizá enferma
desde hace tiempo. Es muy difícil convencerle de la existencia de Dios.
Es un tema tabú. Enseguida reniegan de Él, pues no les cura, pues no
les alivia... «Al principio rezaba; rezaba de todo corazón; y nada
sucedía. Acabé harto, renegué de Dios...» Igual dicen
los pobres, los miserables, los deshauciados. No
se dan cuenta de que no están aún en el cielo, y de que en la tierra
hay, indefectiblemente, sufrimiento. Si en el
mundo no hubiera sufrimientos, la tierra ya no sería tierra, sino cielo. Y Él
quiso que hubiera ambas cosas. Precisamente
para recompensar en el cielo a todos los que han sufrido en la tierra. Por que
más se valora, se aprecia y disfruta lo bueno cuando se ha conocido lo malo. Ciertamente
que es el sufrimiento la puerta de entrada en el paraíso, la llave que nos abre
las puertas de la eternidad feliz, donde gozaremos para siempre de los
consuelos y recompensas que sólo Dios sabe dar a los que junto a su Hijo
atravesaron la Puerta por el umbral del sufrimiento. En cualquier
caso, el sufrimiento de los hombres no tiene su raíz en Dios, sino que es la
libertad del hombre la que provoca los males del hombre. La libertad mal usada,
me refiero. Y Dios no puede oponerse a la libertad del hombre, pues entonces lo
despersonalizaría... Dios «no hizo
nada» para evitar que su Hijo, nuestro señor Jesucristo sufriera toda clase de
humillaciones e ignominias para, finalmente morir en una cruz, castigo
reservado a los más infames. Toda la vida de
Jesús fue un continuo sufrimiento ¡y era Dios mismo! Desde su nacimiento, donde
no le dieron siquiera sitio en una humilde posada, y tuvo que nacer en una
cuadra... ¡y era Dios mismo! Cuándo con sus padres tuvo que huir a Egipto, pues
le perseguían para matarle, ¡y era Dios mismo! Y todo el sufrimiento derivado
de su pasión y muerte... ¡y era Dios mismo! ¿Pues
entonces qué? ¿Con qué derecho pedimos la salud? ¡Si el propio Dios no fue en
su vida terrenal sino una continua llaga! Quiero venir
a decir con esto que el sufrimiento es consustancial a nuestra naturaleza
terrenal y que en vano podemos huir de él. Antes bien éste nos asemeja más a
Jesús, y nos lleva a identificarnos más con Él (¡Qué cosa más hermosa,
identificarse con Dios!). Pero las
palabras no siempre son suficientes ante el sufrimiento del enfermo. Éste
demanda desesperadamente consuelos materiales, no espirituales. El duro,
durísimo camino de la enfermedad. Y especialmente el de la enfermedad crónica,
sin expectativas, el de las personas inmovilizadas, el de las que ni siquiera
pueden hablar o hacer algo aparte de sufrir. Pero cuando
no hay remedio material que ofrecer, es el remedio espiritual
el que se erige como bálsamo que al menos alivie el sufrimiento, y le
dé un sentido. Hay que hacer
comprender al enfermo, que no está solo, que Dios está ciertamente con él, más
que con cualquier otro ser, por muy dificil que sea entender esto. Y él a su
vez, ha de estar también con Él. Mejor hacer este camino con Jesús que hacerlo
sólo. Las penas acompañadas son menos penas, pues las compartimos con el otro.
Y qué alivio más grande, qué bálsamo más suave, que lilimento más gratificante
el de la compañía de nuestro Jesús, adalid del sufrimiento, campeón de dolores. Pues
ciertamente que el enfermo está solo. Muy pocos son los agraciados que tienen
junto a ellos de forma continuada a alguien que les ame y les quiera. Y aunque
sea así, seguramente a ellos no les parece de esa manera. ¡Dales Dios mío
perseverancia y amor a todos esos cuidadores! y sobre todo, ¡Dales fe a todos
esos enfermos! Cuando se
habla de enfermedad, hemos de hablar de fe, y de esperanza. Un enfermo ateo,
¡qué tristeza más grande!, ¡Qué masoquismo tan insoportable! Ciertamente que
son dignos de lástima, pues están solos ante la enfermedad. No sólo no tienen
la compañía inestimable de Jesús, sino que además tampoco tienen ante sí la
vida eterna. El sufrimiento se duplica, la muerte es deseada en si misma.
¡Horror de horrores! Pues
ciertamente que los enfermos son los más pobres de entre los pobres, ya que la
salud es la mayor riqueza de todas las materiales. Muchos
archimillonarios enfermos preferirían verse en harapos pero con salud, antes
que continuar en su situación. Acerquémonos
pues a esos sufrientes, pues de ninguna otra forma podemos hacer mejor servicio
a nuestro Dios. Pues Dios
está más cerca de ellos que de cualquier otro, pues son los más necesitados.
Podemos ver su rostro en el rostro doliente del enfermo, podemos ver su cuerpo
y sus llagas en el cuerpo maltrecho del enfermo. Podemos en definitiva servirle
y acogerle de manera formidable en la acogida y la atención al enfermo. Y no
sólo en sus cuidados materiales, sino también en la dicotomía de la fe. Pero Dios no
puede interponerse en la libertad de los hombres. Han de ser estos los que
inventen los remedios, descubran las vacunas, y se sirvan de la enfermedad para
santificarse, tanto los cuidadores como los enfermos. Para el
antiguo Israel, los pecados se pagaban en este mundo. Al estar poco
desarrollada la escatología, la satisfacción inherente a las malas obras (al
incumplimiento de la ley), tenía su reflejo inmediato en las calamidades que le
acontecían al sujeto, o a la nación (la ira de Yahvé). Las
enfermedades (epidemias al nivel nacional) eran uno de los «castigos» más
frecuentes. Desde el
advenimiento de la era mesiánica, el concepto de enfermo ya no se asocia al de
pecador. Aunque en muchos casos sirva la enfermedad para reconducirnos y
recapacitar sobre nuestra vida, lo cierto es que la mayoría de las veces le
acontece al cristiano como medio a través del cual se forja y templa la
voluntad de fe que la divinidad pone en cada hombre. Hemos de aceptar
la enfermedad tal y como viene y no dudar de Dios, ya que como dice
Job, si tan alegremente recibimos de Él los bienes ¿por qué no recibir
los males? (Job 10, 2). Ten en cuenta que los trabajos
duran un momento y el descanso es eterno. Mientras no se pierda a Dios,
cualquier otra pérdida, como la salud, es una minucia. Y a Dios le tienes
en la pequeña cruz de tu enfermedad. La verdadera salud es la del alma;
la verdadera enfermedad, el pecado. «Al justo no
le entristecerá cualquier cosa que le suceda, porque sabe que todo viene
trazado por la providencia de su Padre celestial» (Prov 12,21). Libres de
todo lo material, estaremos más cerca de lo espiritual. «Hijo mío, no quiero
que ninguna cosa se interponga entre tú y Yo. Líbrate de todo lo material para
que, desnudo, estés más cerca de Mi». Estas palabras se las ha confiado Jesús a
muchos santos y santas en la intimidad del éxtasis. No nos asustemos, si
incluso ese desprendimiento incluye también desprenderse de la salud. Pero no nos
confundamos; Dios no quiere nuestra infelicidad. El
enamorado sufre por su amada, pero no es infeliz. Son conceptos
diferentes. Dios sufre con el sufrimiento de sus hijos, pero les espera
a éstos para darles toda una eternidad bienaventurada de placeres y
consuelos en la morada perpetua de la felicidad. Contra
la desesperanza.
Hay muchas
personas que no quieren ni oir hablar de Dios ni de religión, y que tienen un
odio casi visceral a todo lo que se relacione con ello. En cuanto se
menciona el tema, te cortan en seco y sólo su buena educación les impide
proferir reproches de más alto tono. En el fondo,
ese desprecio se debe al desengaño experimentado por todos los que buscan en la
tierra el paraíso. No se dan cuenta de que son realidades, dimensiones
diferentes. Quieren comparar
al hombre con Dios, y se estrellan en la desesperanza. Atribuyen a Dios
la responsabilidad directa de los males del mundo, por su inactividad
ante los mismos. No se dan cuenta de que es la libertad del hombre mal
utilizada la causa de esos males, y contra la que Él no puede hacer
nada pues sería negarle al hombre su propia esencia, la esencia que
le hace «persona» y no «cosa». El
mundo no puede ser perfecto, puesto que el hombre no es perfecto,
y el mundo está formado por hombres. Como ya dije antes,
la tierra es tierra, y no cielo. Se frustrará el que busque el cielo
en la tierra. Sólo Dios
proporciona la perfección, pues sólo Él es Perfecto. Por tanto acercándonos a
Él conseguiremos obtener algo de esa perfección que emana de Él, y por ende
transmitirla al mundo. Es ésta la única via de perfección que puede obtener el
mundo, la que se consigue acercándonos a Dios. Precisamente
es la esperanza la virtud del cristiano, la virtud de la fe.
La esperanza de pasar a la segunda fase de nuestra vida, pues esta primera
no es la misma, es la antesala. Es difícil
hacer entender este mensaje a las personas que buscan en Dios solamente la
solución de sus males en la tierra, y que se olvidan de la dimensión
escatológica. Cuando Dios les «traiciona», reniegan de Él. «Mi reino no
es de este mundo» dijo Jesús a todos los que buscaban en el Mesías a un
libertador político-militar (Juan 18, 36). Por eso los judíos renegaron de Él,
por que no les salvó del aquí y ahora (¡aunque les ofreció la salvación
eterna!). Y el mismo error cometen hoy los que de nuevo buscan en Dios una
fuente de salvación terrenal. La salvación
que ofrece Dios no es terrenal, sino ETERNA. ¿Que es el tiempo comparado
con la eternidad? «Si, pero yo
estoy aquí y ahora, en el tiempo. No sé lo que me deparará el mañana». ¡Visión miope
que sólo ve de cerca y que carece de fe y esperanza! El miope sólo ve nítido de
cerca. De lejos sólo aprecia formas, sombras, ve borroso y no se fía…
Circunscribe su círculo vital al espacio donde se siente seguro. Se necesita
mucho coraje para decir SÍ, CREO, palabras duras, a veces imposibles, pero
también indispensables para llegar al que es la fuente de todo, y también para
llegar a la felicidad terrena en medio del sufrimiento: Reproduzco a
continuación el poema «Te buscamos» de Rafael Lizcano Zarzeño, que refleja de
manera certera y ciertamente bella lo dicho anteriormente. «Te buscamos señor, sólo un instante de la extrema largueza de tu día. Y mil veces rozamos la agonía de no verte teniéndote delante.
Mil veces te nos ponen en menguante multitud de reflejos de luz fría, que un trágico conjuro nos envía, a esta celda de carne itinerante.
Pero Tú estás aquí, sobre el olvido, bajo lo más profundo de la duda, abrasando de luz la única vía.
Y llevarás feliz hasta tu nido, a todo el que guiado al fin acuda, a abrazarte en tu santa Eucaristía».
El
alma clavada a la roca
En una ocasión,
una vecina de mis padres me contó una historia de como había dejado
olvidado el monedero en un puesto ambulante, y de como una semana después,
al ir a reclamarlo, los dueños del puesto se lo reintegraron. «Es que
somos de una religión que nos prohibe mentir y quedarnos con lo que
no es nuestro» «¿Y que religión es esa?». Preguntó la vecina admirada.
«Cualquier otra persona se hubiera quedado con el monedero». «Pues mire
señora, somos Testigos de Jehová». ¡Qué lección
nos dan aquí los protestantes! Pero vamos a ver, ¿es que nuestra religión,
la católica nos permite acaso mentir y robar? ¿Es que allí el castigo
es mayor? Desde luego que no. Entonces, ¿Cual es el problema? El problema
no existe como tal. Simplemente es la mayor cohesión y fervor que existe en las
comunidades pequeñas. Pero un
católico comprometido ha de huir del pecado incluso del más leve, de la misma
forma que el alejado huye de no darse caprichos y placeres rápidos. Pues si
ciertamente Dios es para nosotros TODO, y cuando digo todo, quiero decir
aquello sin lo cual no se puede vivir y que más valdría morirse que perderlo,
entonces, ¿cómo podemos entonces repudiarlo mediante el pecado? Pues el pecado,
hasta el más leve es la ofensa a Dios más profunda, es la ofensa a Aquello que
es nuestro Todo, quien da sentido a nuestra vida. Pues Dios es para nosotros
como la gasolina sin la cual el coche no puede funcionar, como el viento sin el
cual el molino de nada sirve, como la electricidad sin la cual la más moderna
de las máquinas no es sino un bulto que estorba. ¿A qué
entonces la locura, la irresponsabilidad, la suma idiotez de aserrar el clavo
que nos sostiene a la vida, y sin el cual nos precipitaríamos al abismo
insondable de la muerte y del sufrimiento? No pequemos
más por favor, y no pensemos que un pecadillo de nada a Dios no le disgusta.
Pues claro que las cosas graves hacen más daño, pero no por ello las pequeñas
carecen de importancia. Una taza de café derramada entera sobre el traje blanco
de los domingos es algo mucho más feo que una salpicadura. Pero no por ello nos
íbamos a dejar salpicar como si tal cosa. Una
mentirijilla dicha para salir de un apuro también es aserrar el clavo. Quizá no
lo suficiente para hacernos caer, pero debilita nuestro sostén en cualquier
caso. Por el contrario,
una postura firme de reconocimiento de nuestros errores nos ennoblece
y lejos de aserrar el clavo, es como si le hundiésemos más en la roca
firme para que nuestra sujeción esté más asegurada. ¡Que felicidad más
grande entonces! Poder estar más cerca, más unido, más sumergido en
el mar infinito de Dios, para que cuando venga el viento definitivo
que nos arrebate de esta vida, podamos tener la seguridad de que ese
viento por muy impetuoso que sea no nos arrancará de aquello a lo que
con tanto amor y fervor nos hemos unido. La
maldad o bondad de las personas
Al contrario
de algunas sectas protestantes, los católicos afirmamos que la predestinación
no existe. Nadie está predestinado desde su nacimiento al infierno,
o al cielo, o a ser esto o aquello. El destino de una persona no está
escrito de antemano por nadie, ni siquiera por Dios, pues Él respeta
nuestra libertad y no nos condiciona como si fuéramos autómatas, con
un programa de ordenador predeterminado en el cerebro. Otra cosa es
que Él, como supremo conocimiento, sepa cual va a ser el destino final
de alguien. Pero una cosa es saber algo, y otra es hacer que
ese algo ocurra. Hay gente que
piensa que Dios tiene preparado un proyecto para cada persona. Y así se oye
decir muchas veces que fulano está destinado a algo grande, o que mengano ha
hecho algo por que lo ha querido Dios. Esto es
verdad hasta cierto punto. Quizá Dios maneje, o pueda manejar algunos
acontecimientos, bien a iniciativa propia o bien por petición de otra persona.
Pero siempre, repito, siempre la decisión final ha de ser adoptada por la
propia persona. Puede que alguien pueda ser conducido hacia una encrucijada,
pero la opción de ir por un camino o por el otro será finalmente del propio
individuo. Por eso nadie
es bueno o malo por que Dios lo quiera, sino por que lo quiere él. Y nosotros no
nos podemos arrogar el poder de enjuiciar a nadie. No nos corresponde
ese papel. No podemos decir fulano es malo, mengano es bueno. Sólo Dios
conoce el corazón de las personas y dará a cada cual según se merezca.
Mejor dicho, según merezcan sus obras, pues como digo nadie es malo
o bueno «per sé». Muy al contrario, las personas, de ser algo
por naturaleza, son buenas pues son obra del poder creador de Dios. Igual ocurre
con las cosas. No existen cosas intrínsecamente malas o buenas. Los objetos, o
los productos del hombre no son catalogables en sí mismos, sino más bien según
el uso que se les dé. No se puede decir que tal o cual cosa se mala o buena,
sea lícita o ilícita, sino que hemos de atender a la finalidad que las personas
usuarias quieren darle a esa cosa. Así por
ejemplo, no se puede decir que las armas sean malas, pues un cuchillo pude
servir tanto para matar a una persona como para cortar trigo con el que hacer
pan y alimentar a un niño hambriento. Tampoco la energía nuclear es mala por
sistema, pues puede servir (y sirve) para calentar el hogar de una familia en
Siberia. En definitiva,
no es moralmente correcto catalogar ni juzgar a nadie. Nuestros pensamientos o
palabras hacia alguien nunca podrán ser categóricas. No podemos ni tan siquiera
decir «fulano tiene comportamientos que a mi entender son malos», pues no
sabemos la intencionalidad, ni la finalidad, ni las motivaciones que fulano
pueda tener. Y aunque las sepamos, repito, no somos quienes para juzgar a
nadie. «No juzguéis y
no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y
seréis perdonados». (Lc 6, 37). Sobre
la confianza en Dios
Hay un dicho
de Santa Teresa que ya he repetido aquí en más de una ocasión: «Haced todo por
Dios, con Dios y para Dios; pues sólo Dios basta, y quien a Dios tiene nada le
falta» ¡Qué palabras tan sabias! ¡Qué consuelo tan estupendo! Pues
ciertamente, si nos aplicáramos esta máxima, si recordáramos esto en cada
minuto de nuestra vida, realmente nuestra existencia sería más llevadera, más
consoladora, más esperanzada, más «trascendental». ¿Entonces,
por qué no lo hacemos? Pues básicamente por la miopía religiosa que tenemos,
por la falta de impregnación sobrenatural que nos caracteriza. Imaginemos un
niño de cuatro ó cinco años al que alguien encierra en un sitio tenebroso y
desconocido con gente que se comporta de manera hostil. El niño lógicamente
tendría una reacción de terror. No hace falta ser padre para imaginarlo (aunque
éstos lo comprenderán más vivamente). Si de repente aparece la madre del niño
junto a él, éste automáticamente dejaría de llorar, se agarraría a su madre, y todas
sus inquietudes y temores desaparecerían en el acto. Él no
necesita más. Sabe que con su madre está a salvo, y que no tiene nada que
temer. Por mucho que exista riesgo para ambos, el niño no es consciente de ello
y lo único que le puede inquietar ahora es que de nuevo le arrebaten la
compañía de su madre. ¿Por qué
nosotros no nos comportamos como este niño? ¿Por qué teniendo un Padre como el
que tenemos (al lado del cual no merecen los otros padres el nombre de padres),
y que además NUNCA NOS ABANDONA y siempre está con nosotros, por qué, repito
nos preocupamos de otras cosas? La única preocupación que deberíamos tener,
siguiendo el ejemplo del niño, sería la de perder a nuestro padre, que éste
desapareciera de nuestro lado. Y a Dios sólo
le podemos perder por el pecado. Pecando es como ahuyentamos a Dios de
nosotros, pues hacemos intrínsecamente una opción contraria a Él. Dios no se
impone a nadie a la fuerza. Si alguien voluntariamente hace una opción de
rechazo de Dios, Él no puede hacer nada contra nuestra libertad. Él no quiere
retener a nadie por pura obligación, sino por amor. Pero no hemos de preocuparnos, pues como ya digo, Él nunca abando |