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Por la vida, por Carlos Caso-Rosendi |
Hace rato que vengo charlando con buenos amigos, católicos sólidos y de larga data, sobre la lucha pro-vida. Mayormente nuestras conversaciones se centran en la actitud hacia el aborto que los políticos conservadores tienen (o dejan de tener) sobre el tema.
Dos de los más "vistos" comentaristas políticos del ala conservadora en la televisión estadounidense son "pro-choice" o sea, están a favor del aborto legal. Ambos son católicos de ascendencia irlandesa. Los tomo como ejemplo de la incapacidad general de la gran mayoría de los católicos para (a) entender la doctrina de la Iglesia y (b) confiar de corazón que la Iglesia no fabrica esta doctrina y que podemos obedecerla con la inocencia del hijo que obedece a su propia madre.
Aparte de esa gran mayoría están, por supuesto, los que obedecen y los que se educan en lo que la Iglesia enseña. "Mater et Magistra" no significa que nos tienen que dar la doctrina a cucharaditas en la boca. Tampoco significa que nos la tengamos que inventar (como tan frecuentemente se ve entre quienes se inclinan tanto a la ortodoxia como a la heterodoxia.) "Mater" es cualidad de la Iglesia porque nos da vida, "Magistra" es cualidad de la Iglesia porque en ella reposa todo lo que necesitamos saber para nuestra salvación y realización en la vida.
La Iglesia nos da vida, pero también nos enseña a vivir. A nosotros nos toca aprender de ella y eso implica un acto de la voluntad, un deseo de comprensión y amor por el tesoro doctrinal guardado a través de los tiempos. Ese tesoro doctrinal es la ley de todo católico. No podemos elegir qué doctrina obedecer de la misma manera que no podemos elegir a qué velocidad nos gustaría conducir en la carretera. Por eso el hecho de que haya católicos "pro-choice" o sea "pro-elección" en asuntos de aborto, es ante todo, una señal evidente de lo mal que estamos, doctrinalmente hablando. No conocemos a nuestra madre ni mucho menos le hacemos caso.
El aborto se legalizó en los Estados Unidos por vías judiciales en el famoso caso de Roe v. Wade, una de los más espectaculares circos jurídicos producidos en cualquier corte de todos los tiempos.
Los jueces, esas nueve "almas sabias" reunidas en la venerable sala de Washington, han fatigado la injusticia en otras ocasiones y no por eso nos vamos a ensañar con ellos. En este caso, la infamia es compartida por una buena parte de la clase política americana que camina sin pausa hacia otro tribunal, un nuevo Nüremberg que espera a esta generación a la vuelta de esa misma esquina de la historia que encontró a Göering, Hess y sus amigotes, de la manera que encontró al persa Amán Bar Hamdata, el enemigo de los judíos en el relato bíblico de la reina Ester. (Ester 7, 9)
Los que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla.
Esta batalla se pelea al estilo del Armagedón en "el llano de la decisión," que es el corazón de muchos hombres y mujeres que deciden, por sus acciones, el destino eterno de sus almas.
Antes de que se peleara la Guerra de Secesión, la Corte Suprema en Wahington pasó el veredicto que hoy se conoce como La Decisión Dredd Scott en la causa Dredd Scott v. Stanford. En ella se definió que los africanos y sus descendientes, retenidos como esclavos, eran propiedad de sus amos y no-ciudadanos. Judicialmente, para mantener la coherencia de semejante decisión, era necesario negar que los americanos de origen africano fueran personas. Las cortes americanas lo hicieron en numerosas ocasiones. Una vez que no hay "persona" lo que queda es una "cosa" y las cosas no tienen derechos, son simplemente objetos que se usan a gusto y placer de su propietario.
Ya en nuestra generación, el discurso de la segunda infamia legal, Roe v. Wade, la Corte Suprema se repitió negando claramente que un ser humano, antes de las 24 semanas de gestación, fuera una persona, dándole de hecho a la madre, el derecho de asesinar a su hijo siempre y cuando ese hijo fuera "incapaz de sobrevivir fuera del vientre materno." Algo así como un desalojo en el que un dueño de casa se deshace de un inquilino. Con el tiempo, en algunos estados, se llegó a extender este período bajo diferentes condiciones. Lo que nos importa aquí es, otra vez, la coherencia interna de las leyes. Para negarle la vida a un ser humano en gestación primero hay que negarle la ciudadanía y para negarle la ciudadanía primero hay que negar su humanidad. La gran corte le niega la oportunidad de vivir a los bebés porque no pueden aún salir del vientre de una madre que no los quiere, tomarse un taxi e irse a un hotel. Son cosas porque no pueden valerse por sí mismos, nos dicen estos jueces y la suerte está echada para todos los peregrinos de este mundo que yacen inermes en el camino de Jericó a Jerusalem: si no te puedes valer por tí mismo, eres una cosa y tenemos el derecho de usarte o matarte. Cualquier parecido entre Roe v. Wade y Dredd Scott v. Stanford se debe solamente a que tienen el mismo origen satánico.
Los que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla.
El número de abortos legales ejecutados desde aquella triste decisión ya supera cómodamente los 50 millones de personas. Algunos apuntan a unos 80 millones para el fin de la década que termina en el año 2010. Para darnos una idea, durante la Crisis de Octubre, que pudo haber desatado la guerra nuclear entre la U.R.S.S. y los Estados Unidos, se estimaba que un ataque frontal ruso-comunista hubiera acabado con la vida de 80 millones de americanos. Qué ironía que algunos de esos que no murieron en una conflagración nuclear en octubre de 1962 vivieran lo suficiente como para eliminar una cantidad similar de americanos, sin que mediara ninguna acción militar y con la aprobación de las leyes y del aparato político en general.
Si per impossibili descubriéramos que la promoción del aborto hubiera sido una maniobra orquestada por los comunistas de entonces para matar sus 80 millones de americanos por medio de convencer a políticos, activistas, jueces y madres de matar americanos indefensos en el vientre materno, estaríamos frente a un claro caso de sedición y traición a la patria.
Las organizaciones pro-vida y la Iglesia han advertido desde el principio sobre la evidente inmoralidad del aborto. De la misma manera que muchos valientes advirtieron sobre las matanzas de judíos y otras minorías disidentes durante los años que duró el régimen de Hitler. Para reforzar la figura de sedición presentada en el párrafo anterior, conviene recordar que Hitler expulsó de Alemania (o eliminó en los campos de concentración) a la flor y la nata de los físicos, químicos y otros profesionales judíos que podrían haberle ayudado a alcanzar la superioridad necesaria para ganar la guerra. Desde ese punto de vista, Hitler colaboró generosamente con el enemigo, limpiando el Anschluss por medio de orquestar su propia fuga de cerebros. Si Hitler hubiera sentido un poco de compunción moral por el asesinato legal y planeado de millones de judíos, se hubiera ahorrado muchos dolores de cabeza, especialmente el dolor de cabeza que le causó la bala que lo pasó al retrete de la Historia.
De la misma manera, los pro-abortistas que tantas veces coinciden en ser ambientalistas responsables, pueden haber eliminado a más de un ser humano con la capacidad de ayudar a la humanidad a solucionar sus problemas ambientales. Como Hitler eliminó a los intelectuales judíos que podrían ayudarlo, como la Revolución Francesa que cortó la cabeza de Lavoisier sin pensarlo dos veces...
Los que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla.
La legalidad de la esclavitud en los Estados Unidos del siglo XIX tuvo consecuencias inesperadas. Cuando terminaba la guerra de 1812 con el Imperio Británico, los Estados Unidos ya se perfilaban como la siguiente potencia mundial. Europa estaba dividida y debilitada por las guerras napoleónicas. El Imperio Británico, que extendía su dominio político y económico por el mundo entero, comprendió que no podía competir con los vastos recursos naturales americanos y dejó de hacerles la guerra. En Inglaterra la Revolución Industrial comenzaba con la tecnificación de las tareas agropecuarias que comenzaran el siglo anterior alentadas por las invenciones de Jethro Tull. La agricultura mecanizada comenzaba a hacer verdaderos progresos en Europa.
Entretanto, los estados del sur de los Estados Unidos, productores de tabaco, lino, algodón y otros cultivos altamente lucrativos, se enfrentaban a una decisión importante. Por un lado podían seguir el ejemplo de los europeos, que estaban tecnificando el agro cada vez más y eran capaces de alimentar más gente con menos trabajo cada año. Esta tendencia iba eliminando las clases serviles en Europa y creando una clase media que eventualmente sería el motor de la revolución industrial y del crecimiento de las grandes ciudades desde Inglaterra hasta la Rusia Europea. Por otro lado, los sureños podían ignorar el curso de la historia y optar por mantener sus clases serviles—los pobres sin tierra y los esclavos africanos—manteniendo así el statu quo. Haciendo despliegue de una asombrosa torpeza histórica, los sureños decidieron no industrializarse ¿para qué, si tenían mano de obra gratis? Eventualmente el Norte industrializado, ayudado por Europa, los derrotó de un manotazo en la Guerra de Secesión, iniciando así un período de pobreza y atraso para el Sur que languidecería en la miseria de la pos-guerra hasta bien entrada la década de 1940. Y con esto, arrastraron al resto del país. Los Estados Unidos emergieron de las dos guerras mundiales del siglo XX como una superpotencia mundial, sin embargo el "siglo americano" podría haber llegado mucho antes, porque las condiciones mundiales que favorecieron el surgimiento de la hegemonía americana esperaron casi un siglo sin ser aprovechadas. Los americanos estaban muy ocupados discutiendo el asunto de la esclavitud y peleando una guerra civil en vez de alzarse como un modelo económico, político y tecnológico para un mundo cansado de las aventuras militares de la realeza europea.
Lo mismo pasa hoy. Europa y el resto del mundo se están apagando en los albores de un invierno demográfico que abarca desde el Reino Unido hasta China, corriendo el peligro cierto de ser obliterada por el avance de las poblaciones musulmanas que pronto serán mayoría en diversos países de la Unión Europea. Los Estados Unidos, a pesar del aborto legalizado y la prevalencia de los anticonceptivos, mantiene su población apenas estable, lo cual le da una ventaja demográfica en las décadas por venir. Sin embargo el país se debate en una larga guerra cultural en la que dos facciones irreconciliables luchan en un combate a muerte por el control político de la nación. Por un lado las fuerzas del conservadorismo buscan mantener los valores que dieron al "Orden Americano" la supremacía mundial; por otro lado las fuerzas de la liberalidad política buscan imponer no solamente el aborto, sino también una serie de leyes antinaturales e incompatibles con los nobles ideales de la Constitución de 1776. Nuevamente los Estados Unidos están envueltos en una interminable disputa doméstica mientras el mundo se va al infierno en un carrito.
La dura verdad de las cifras indica que los 50 millones de bebés asesinados en el vientre de sus madres desde los años de la década de 1970, están faltando en esta economía que se apaga cada vez más rápido y que necesita desesperadamente importar bienes producidos a bajo costo en Asia y traer trabajadores de México y América Central para llenar las vacantes que por derecho les pertenecían a los americanos que nunca llegaron a nacer para gozar de los beneficios de "life, liberty, and the pursuit of happiness, " que promete el Preámbulo de la Constitución.
Así como la inmoralidad de la esclavitud devoró un siglo de prosperidad americana en el siglo XIX, la inmoralidad del aborto está por tragarse completamente la economía del país más productivo de la tierra.
Los que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla.
La hegemonía americana del siglo XX no hubiera durado mucho sin el "regalo" que Hitler les hizo al perseguir y exiliar a las élites científicas de su tiempo, que como siempre, estaban compuestas mayoritariamente de judíos. Fermi, Einstein y otros que abandonaron Europa para refugiarse en los Estados Unidos durante la guerra, fueron los recursos humanos esenciales que ayudaron a desarrollar las armas nucleares y los sistemas de bombardeo intercontinental que hicieron posible la détente de posguerra que mantuvo al mundo al filo de la destrucción total por varias décadas.
Yo crecí, como la mayoría de los de mi generación, sabiendo que la muerte por radiación y el invierno nuclear podían muy bien ser el fin de mis días. Recuerdo haber leído durante la crisis de los misiles en Cuba, un artículo en el que se describía crudamente la muerte del mundo entero a medida que nubes de polvo radiocativo se extendieran por el planeta después de la última batalla entre la U.R.S.S. y los Estados Unidos. Esa posibilidad, como un ruido de fondo macabro, signó mi juventud y la de tantos otros en la víspera potencial de un armagedón nuclear. Un ejemplo de ese silencioso estado mental es un tema de la banda inglesa King Crimson compuesto alrededor de 1967, Epitaph (Robert Fripp, Michael Giles, Greg Lake Ian McDonald y Peter Sinfield.)
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Knowledge is a deadly friend
When no one sets the rules.
The fate of all mankind I see
Is in the hands of fools.
Confusion will be my epitaph.
As I crawl a cracked and broken path
If we make it we can all sit back and laugh.
But I fear tomorrow I’ll be crying.
Los autores eran adolescentes cuando la escribieron en 1967.
Lo mismo pasa con nuestros jóvenes y el aborto. Un muchacho de catorce o quince sabe muy bien que millones de personas de su generación, que debieran haber estado en su mundo con él, fueron asesinados por sus madres con la complicidad de médicos y legisladores. Quizás no se hable mucho de eso, como nosotros no hablábamos nunca de la guerra nuclear en aquellos tiempos. Esta sombra es algo que los afecta silenciosamente y altera su percepción del mundo, su alegría, su predisposición a aceptar y practicar normas morales.
La prevalencia del suicidio, los desvíos sexuales, la drogadicción y otros males entre la juventud actual, no se debe solamente a una degradación de la moral. Uno puede fácilmente argumentar que se debe más que nada al hecho que una sociedad asesina e inmoral que mata indefensos inocentes por conveniencia no puede, de ninguna manera, promover las normas morales entre los niños que sobreviven a la masacre.
El aborto es un fantasma que habitará las mentes de las nuevas generaciones privándoles de la paz mental que proviene de saberse protegido por sus iguales en la sociedad que las acoge. Nadie puede dormir tranquilo entre asesinos.
Esta actitud, ya irreversible, puede producir y de hecho está produciendo, una de las generaciones de jóvenes más violentas de la historia. Ya miramos viejas películas como Semilla de Maldad (Blackboard Jungle) y añoramos los viejos y tranquilos tiempos en que los rebeldes iban a la escuela.
Los que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla.
A los grandes complejos industriales, que fabrican las píldoras anticonceptivas y otros productos con el mismo propósito, les importa un pepino lo que pueda pasarle a los consumidores de sus productos. Los estados son cómplices de sus fechorías y es muy poco probable que alguien pueda amenazarlos con acciones legales, por más justas que sean.
Con ya casi cuatro décadas de estadísticas de mujeres que han usado la píldora regularmente o hecho uso de su "derecho" a abortar legalmente, está emergiendo una imagen clara de las consecuencias. Este artículo no intenta ser un tratado científico y por eso solamente voy a enumerar esas consecuencias. Muchos científicos serios ya han presentado informes detallados de lo que está pasando. La evidencia no se puede negar. El uso del estrógeno sintético está siendo asociado crecientemente con el alarmante aumento del autismo. Esta sustancia química ha saturado las napas de agua potable y los ríos en muchos lugares del mundo y amenaza con destruir la fauna acuática del mundo. En lugares como el río Potómac en Washington D.C. los pescadores reportan la existencia de extraños peces hermafroditas, ranas con tres ojos o tres patas y otras deformaciones por el estilo. El aumento de cáncer de mama entre las mujeres que han usado anticonceptivos o aquellas que han abortado, es innegable.
Poco o nada se dice sobre las consecuencias psicológicas del aborto. Las estadísticas apuntan claramente a una mayor incidencia de la depresión y el suicidio entre mujeres que han abortado. El uso de la píldora anticonceptiva ha facilitado que la mujer sea reducida a cumplir con un papel de objeto de placer en una sociedad que promueve formas de vida hedonistas y parece determinada a extender la mentalidad adolescente e irresponsable hasta los límites de la tercera edad. Todo esto nos está afectando a todos. El aumento de la inmoralidad sexual no puede ser aislado del aumento de otras clases de inmoralidad. El mundo ya no se sorprende cuando se destapa a otro funcionario gubernamental inmoral. La abundancia de corrupción oficial nos supera y las agencias que antes investigaban un caso o dos por año, ahora tienen las manos llenas de problemas y deben ignorar algunos menos graves para ocuparse de casos más serios.
Hoy sabemos que el aborto, el infanticidio, la inmoralidad sexual, el declive de la fertilidad en las familias, fueron factores determinantes en la caída del Imperio Romano. Nuestros gobiernos asisten impasibles al abuso de la mujer y la eliminación de las familias como si fueran fenómenos completamente nuevos en la historia de la humanidad, como si esto fuera algo que va pasar como una tormenta de verano, sin que nadie haga nada.
Los que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla.
Los miembros de la Corte Suprema de los Estados Unidos que negaron la humanidad de los esclavos ya han partido al juicio eterno. Dios tenga piedad de sus almas. Los dirigentes del III Reich que ordenaron el exterminio de millones de personas y causaron una de las peores guerras de la historia, fueron juzgados por sus vencedores en Nüremberg y ejecutados sumariamente por sus crímenes.
¿Habrá un nuevo Nüremberg para los promotores del aborto a mansalva, o para los que promovieron el uso de los anticonceptivos destruyendo así a varias generaciones, desmantelando economías enteras y privando a la humanidad de la vida y talento de millones de individuos que nunca llegaron a nacer?
No sé a ciencia cierta si habrá un Nüremberg que juzgue esas acciones pero sí sé que todos en la humanidad enfrentaremos tarde o temprano a nuestro Creador y tendremos que justificar nuestras acciones frente al terrible tribunal de la eternidad.
Por el momento nuestra obligación es llamar la atención a las consequencias eternas y temporales de estas acciones.
La misión de la Iglesia en el mundo es dar testimonio de la verdad. Para dar testimonio de la verdad hay que conocerla primero. Esos dos personajes de la televisión americana que declaran ser católicos y al mismo tiempo apoyan las leyes del aborto, no son católicos ni dan testimonio de la verdad.
El movimiento pro-vida ha expuesto la crasa inmoralidad del aborto en estos últimos cuarenta años. Aunque se ha logrado algún progreso, lo cierto es que la gran mayoría de la gente ha hecho oídos sordos y el aborto continúa siendo legal, los anticonceptivos continúan siendo usados a pesar de ser peligrosos y la sociedad parece seguir sin detenerse en su marcha hacia el abismo.
Es quizás tiempo de agregar al mensaje moral un mensaje práctico. El aborto y los anticonceptivos destruyen el ambiente, la sociedad, la economía y la familia. Además causan incontables problemas que nos privan no solamente de vivir prósperamente, también impiden que vivamos en paz. Pero aún si pudiéramos eliminar todas las consecuencias malas del aborto y la anticoncepción en "esta vida," no haríamos mucho. No eliminaríamos el daño más importante que esta peste está causando entre nosotros. Cristo nos enseñó:
El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia. (Juan 10, 10)
En otras palabras el aborto nos roba la vida en este mundo y en el mundo por venir, la vida eterna en Cristo.
El aborto no solamente mata a un bebé inocente, también aborta el alma de quienes lo perpetran, privándola de vivir eternamente. Aún en su etimología la palabra aborto (literalmente "sacar, arrancar del jardín") nos revela la contranaturalidad del acto.
El primer advenimiento de Cristo fue recibido por Herodes como una mala noticia. Herodes quiso abortar al nuevo Rey de Israel y no tuvo ningún problema en ordenar la muerte de muchos inocentes para quedarse con su trono usurpado y evitar la llegada del Mesías. No le dió resultado: la dinastía de Herodes fue borrada de la tierra.
Quizás en este tiempo haya llegado la hora de considerar las palabras de Dios a Salomón:
Cuando yo cierre el cielo y no haya lluvia, cuando ordene a la langosta que devore el país, cuando envíe a mi pueblo la peste, si mi pueblo, el que es llamado con mi Nombre, se humilla y suplica, si busca mi rostro y se convierte de sus malos caminos, yo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y haré que su país se restablezca. (2 Crónicas 7, 14)
Aprendamos de la historia para salvar a nuestros pueblos y nuestras almas.
