Apéndice sobre la Transustanciación
argumentos, comentarios, explicaciones
por Jesús Hernández




En su artículo recién desglosado; Sapia, -queriendo cantar victoria-, afirmó que "el católico descansa todo su caso en que está interpretando a Cristo literalmente".
Con datos en mano, declaro que esto es incorrecto. Hay varios argumentos más, aparte de la interpretación literal, que proporcionan validez y peso a la exégesis católica. Dichos argumentos no aparecen contestados ni analizados por Sapia, y esto resta profundidad a su causa.

Resumiré dichos argumentos, colocándolos a modo de pregunta, para que los gentiles lectores puedan apreciar las varias y fuertes dificultades con que tropiezan los protestantes, en lo que respecta a la Eucaristía:



.Primera Pregunta:.

Si Jesucristo se refiere al pan y al vino como "símbolos" de Su Cuerpo y Su Sangre, ¿Por qué San Pablo se muestra tan severo cuando habla de la Comunión con el pan y el vino? (1Corintios 11:27-29)
¿Por qué es tan terrible el castigo de participar indignamente del pan y el vino?



.Segunda Pregunta:.

Si el pan y el vino son simplemente "símbolos", ¿Por qué dice San Pablo que comulgar con ellos ES comulgar con el cuerpo y la sangre de Cristo? (1Corintios 11:16). NOTA: Un hermano separado me dijo que no se tiene comunión con el "símbolo", sino con aquello que el símbolo representa. Ante eso, pregunto: ¿Por qué San Pablo no dice "comunión con Cristo", sino "comunión con el CUERPO y SANGRE de Cristo"?, ¿Por qué aparecen ambas partes separadas?



.Tercera Pregunta:.

Como protestantes, ¿Consideran del todo punto imposible a la Transustanciación? Aclaro: no pregunto si creen que es bíblica, pregunto si es posible.



.Cuarta Pregunta:.

Si Cristo habló en lenguaje figurativo, ¿Por qué no lo explicó tal y como lo hacen los protestantes? Sabrán que como consecuencia de la interpretación literal, las generaciones de veinte siglos han adorado a Cristo bajo las formas de pan y vino. ¿Permitiría Cristo un ERROR tan grave -evitable con una sencilla explicación-? ¿Cómo queda justificada la omnisciencia y perfección de Dios ante semejante error? ¿No creen que Cristo fue poco previsor al respecto? ¿No creen que fue un error del mismo Jesucristo?, si no, ¿Cómo explican este hecho?



.Quinta Pregunta:.

Si Cristo habló en lenguaje figurativo en su discurso en Juan 6, ¿Por qué no corrigió a quienes "le entendieron mal" en su discurso? ¿Por qué permitió que muchos de sus discípulos lo abandonaran? Quienes han leído el Nuevo Testamento saben que Cristo corrigió a sus discípulos en otras ocasiones, en materias insignificantes comparadas con esta.

¿Por qué no los corrige AQUÍ? ¿Por qué el Nuevo Testamento no da ninguna explicación de que las palabras de Cristo son "simbólicas"? ¿No creen que el Evangelio sería muy defectuosa Palabra de Dios si no dejara claros los puntos importantes como éste?, ¿Cómo explican esto?



.Sexta Pregunta:.

¿Por qué en la Iglesia de los primeros siglos no aparecen enseñanzas de que las palabras de Cristo eran "simbólicas"? Sabemos que los Apóstoles instruyeron a la Iglesia Primitiva, y los Padres de la Iglesia fueron los grandes maestros de esta Iglesia, su doctrina provenía de los Apóstoles, y estos a su vez la habían oído de Cristo.

¿Cómo se explica pues, que en la Iglesia Primitiva se creyera en la presencia real? Antes de Berengario (siglo XI), la presencia real fue doctrina unánime entre los cristianos, vemos pues que la doctrina católica se remonta hasta la era apóstolica, mientras que la tesis protestante sólo tiene cinco siglos de existencia.

¿Cómo se explica esto?, más aún, ¿Por qué Dios permitió que durante quince siglos se enseñara, difundiera, y esparciera, la doctrina católica?? Observemos también que fueron los católicos los primeros en evangelizar África, Asia y América, trayendo consigo la doctrina de la Transustanciación, ¿Es lógico pensar que Dios favoreciera de ese modo al "error"?



.Séptima Pregunta:.

En la Biblia, las expresiones "comer la carne" y "beber la sangre", son utilizadas en el Antiguo Testamento como figuras únicamente de "perseguir, hostigar, castigar, infligir daño" (Miqueas 3:2-3, Isaías 9:20, Isaías 49:26).

La Biblia en ningún momento conoce otras figuras de tales expresiones, por lo tanto, ¿Cómo se justifica, bíblicamente, la "figura" que los protestantes ven en las palabras de Cristo? Si "comer la carne y beber la sangre" son (ambas expresiones), sinónimos de "creer", ¿Por qué no aparece en ninguno de los dos Testamentos, circunstancia donde tal sea la alusión figurativa de esas expresiones? Las expresiones "comer la carne y beber la sangre" aparecen citadas a modo de figura en relación a actos violentos, por lo tanto, a ese tipo de alusiones figurativas estarían acostumbrados los judíos, y por lo tanto, se comprende que hayan dicho "Dura es esta palabra" (Juan 6:60), pero de no ser así, de ser "sinónimos (ambas) de creer", ¿Por qué tanto escándalo?, ¿Por qué falta absolutamente una explicación de Jesucristo o el evangelista al respecto?



.Octava Pregunta:.

Cristo pronunció las palabras definitivas de la Institución de la Eucaristía en una circunstancia solemne, en la Última Cena con sus discípulos, justo antes de su Pasión y Muerte, ¿Resulta lógico pensar que Cristo utilizaría lenguaje figurativo en circunstancias tan solemnes? Sus discípulos eran hombres en su mayoría incultos y de dura cabeza, de modo que hablarles en lenguaje figurativo sin explicarlo, sería una verdadera imprudencia por parte de Cristo.

¿Cómo explican pues, que Jesucristo NUNCA haya usado lenguaje simbólico, sino literal, tanto en circunstancias muy solemnes como poco solemnes? ¿Cómo se explica que se empeñara en hablarles a sus discípulos en lenguaje realista y literal en todas las circunstancias, y sin explicar ningún hipótetico "simbolismo"? ¿No resulta un tanto obstinado, por parte de los protestantes, empeñarse en un "lenguaje simbólico" que el Nuevo Testamento desmiente con uno literal y realista?



.Por último:.

De las numerosas interpretaciones protestantes (basadas en el libre examen), ¿Cuál de todas es la auténtica, la verdadera?

¿Debo creer en la consustanciación de Lutero, o en la presencia espiritual de Calvino, o en el simbolismo de Zwinglio?? Si yo decidiera convertirme al protestantismo, ¿Cuál de estas distintas tesis protestantes tendría que sostener? ¿Debo tomar alguna de ellas, o debo diseñarme el modelo interpretativo que más me guste? -siguiendo con esto el libre examen de la Escritura-



Sujeto al libre examen de la Biblia, cualquier criterio individual bastaría para dar una "interpretación correcta". Simplemente desaconsejo el "libre examen", por el gran peligro que contiene: Hacer del Evangelio de Cristo el Evangelio del hombre.

Si los protestantes se sienten capaces de interpretar la Biblia sin autoridad alguna, y como consecuencia, aparecen DISTINTAS interpretaciones sobre la Eucaristía (el tema tratado), y si todos se sienten "inspirados por el Espíritu Santo", entonces tendrán que demostrar bíblicamente que el Espíritu Santo inspira de modo distinto a varias personas, hasta el punto de enseñar cosas esencialmente distintas, tal como hicieron Lutero, Calvino, Zwinglio, y muchos protestantes más.





Puesto que se exponen estos cuestionamientos (no respondidos por Sapia), tenemos la siguiente cuestión: Sapia presumió que la "exégesis adecuada" es la que rechaza a la Transustanciación.
Consecuentemente, la exégesis adecuada DEBE responder a estos cuestionamientos y argumentos católicos, de no ser así, es una "exégesis" incompleta, y no es, por lo tanto, la exégesis adecuada.



La siguiente exposición es un texto de Leo.J Trese, extraído de su excelente libro La Fe Explicada, que me sirvió de Bibliografía para responderle al sr. Sapia. Los argumentos que yo enlisté arriba están tomados del escrito de Trese, junto con el escrito de Hillaire que también publico abajo.
A continuación el texto de Leo J. Trese (los resaltados son míos):


Al tratar de profundizar en el conocimiento de este sacramento, no podemos actuar de modo mejor que comenzando por donde Jesús empezó: Aquel día en la ciudad de Cafarnaúm, en que hizo la más asombrosa de sus promesas, que daría Su Cuerpo y Su Sangre como alimento de nuestra alma. La víspera, Jesús había puesto los cimientos de su promesa.
Sabiendo que iba a hacer una tremenda exigencia a la fe de sus oyentes, los preparó para ella. Sentado en una ladera, al otro lado del mar de Galilea, Jesús había estado predicando a una gran multitud, que le había seguido hasta allí. Al caer la tarde se prepara para despedirlos. Sin embargo, movido por la compasión y en preparación para su promesa del día siguiente, Jesús obra el milagro de los panes y los peces. Alimenta a las gentes (sólo los hombres sumaban cinco mil personas) con cinco panes y dos peces; y cuando se hubieron saciado, sus discípulos recogieron doce cestos de sobras. Este milagro estaría (o debería estar) en la mente de los que le escucharan al día siguiente.
Habiendo despedido a la multitud, Jesús fue a orar un poco más arriba del monte, en soledad, como era su costumbre. Sin embargo, no era tan fácil desprenderse de aquella multitud que quería ver más milagros y oír más palabras de Jesús de Nazareth.
Así, acamparon allí para pasar la noche, y vieron a sus discípulos embarcar (sin Jesús), y poner rumbo a Cafarnaúm, en la única barca que había. Aquella noche, al acabar su oración, Jesús cruzó andando las aguas tormentosas del lago para unirse en la barca con sus discípulos, y llegó con ellos a Cafarnaúm.
A la mañana siguiente la turba no podía encontrar a Jesús. Cuando llegaron otras barcas de Tiberíades, los que le buscaban abandonaron su empresa descorazonados y tomaron pasaje para Cafarnaúm. Al llegar allí se llenaron de asombro al ver a Jesús en la orilla opuesta, a la que había llegado antes que ellos, sin que hubiera subido a la barca que partió la noche anterior. Fue otro portento, otro milagro que Jesús obró para fortalecer la fe de aquella gente (y de sus discípulos), porque iba a ponerla a prueba en seguida.
Sus discípulos y aquellos de la multitud que no encontraron sitio se aglomeraron a su alrededor en la sinagoga de Cafarnaúm. Allí y entonces Jesús hizo la promesa que hoy nos llena de fortaleza y vida: prometió Su Carne y Su Sangre como alimento; prometió la Sagrada Eucaristía.
Si tenía poder para multiplicar cinco panes y alimentar con ellos a cinco mil hombres, ¿Cómo no iba a tenerlo para alimentar a toda la humanidad con un pan celestial hecho por Él?
Si tenía poder para andar sobre las aguas como si fueran tierra firme, ¿Cómo no iba a tenerlo para mandar a los elementos del pan y del vino que le prestaran su apariencia y utilizarla como capa para su Persona? Jesús había preparado bien a sus oyentes, y como veremos, tenían necesidad de ello. Si tenéis un ejemplar del Nuevo Testamento, os vendría muy bien leer el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. Sólo así podréis captar todo el ambiente, sus circunstancias y su desarrollo, de esta escena en la sinagoga de Cafarnaúm. Voy a citar solamente las líneas más pertinentes, que comienzan en el versículo 51 y acaban en el 67:

51 Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo."
52 Discutían entre sí los judíos y decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"
53 Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
56 El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
57 Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.
58 Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre."
59 Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.
60 Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: "Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?"
61 Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: "¿Esto os escandaliza?
62 ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?...
63 "El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.
64 "Pero hay entre vosotros algunos que no creen." Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
65 Y decía: "Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre."
66 Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él.


Este breve extracto del capítulo sexto de San Juan contiene los dos puntos que más nos interesan ahora: los dos puntos que más nos interesan ahora: los dos puntos que nos dicen, meses antes de la Última Cena, que el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús estarán presentes en la Sagrada Eucaristía. Sabemos que Martín Lutero rechazó la doctrina de la verdadera y sustancial presencia de Jesús en la Eucaristía, doctrina que había sido creída firmemente por todos los cristianos durante mil quinientos años. Lutero aceptaba cierta clase de presencia de Cristo, al menos en el momento de recibir la Comunión. Pero otras confesiones protestantes brotaron en el terreno abonado por Lutero, que rehusaron más y más la creencia en la Presencia Real. En la mayoría de las sectas protestantes de hoy, el “servicio de la comunión” se tiene como simple rito conmemorativo de la muerte del Señor; el pan continúa siendo pan y el vino sigue siendo vino.

Al tratar de eludir la doctrina de la Presencia Real, los teólogos protestantes han procurado mitigar las palabras de Jesús, afirmando que no pretendía que se tomaran en su sentido literal, sino sólo simbólica o figurativamente. Pero no pueden diluir las palabras de Cristo sin violentar su sentido claro y evidente. Jesús no podía haber sido más enfático: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. No hay forma de expresarlo con más claridad. En el original griego , lengua en que San Juan escribió su Evangelio, la palabra del versículo 55 que traducimos “comer, es la palabra “trögön”, sería más próximas a su sentido original si la tradujéramos por “masticar” o “comer masticando”.

Tratar de explicar las palabras de Jesús como meras figuras de dicción nos llevaría a un contrasentido aún mayor. Entre los judíos, el auditorio a quien Jesús dirigía su discurso, la única ocasión en que la frase “comer la carne de alguien” se utilizaba figurativamente era para significar odio hacia esa persona, perseguir con saña a alguien, de modo parecido “beber la sangre” era castigar a alguien con severas penas. Cf. Miqueas 3:2-3, Isaías 9:20, Isaías 49:26. Ninguno de estos significados (únicos que conocían los judíos), son coherentes si los aplicamos a las palabras de Jesús. Otra prueba de peso, que confirma que Jesús quiso realmente decir lo que dijo (literalmente)-Que Su Cuerpo y Su Sangre estarían realmente presentes en la Eucaristía- está en el hecho de que algunos de sus discípulos lo abandonaron porque hallaron la idea de comerle repulsiva en exceso. No tuvieron fe bastante para comprender que si Jesús les iba a dar Su Carne y Su Sangre como alimento, lo haría de forma que no resultara repugnante a la naturaleza humana. Por ello le dejaron “y ya no le seguían”. Jesús nunca les hubiera dejado ir si su defección fuera meramente el resultado de un malentendido. Muchas veces antes se había tomado la molestia de aclarar su palabras cuando eran mal comprendidas. Por ejemplo, cuando dijo a Nicodemo (Juan 3), que un hombre debía nacer de nuevo, y éste preguntó cómo un adulto podía entrar de nuevo en el vientre de su madre. Pacientemente Jesús le aclaró sus palabras sobre el Bautismo. Sin embargo ahora, en Cafarnaúm, Jesús no hace el menor gesto para hacer volver a sus discípulos y decirles que le han entendido mal. No puede hacer por la sencilla razón de que le han entendido perfectamente, y por eso se van. Lo que les falló fue la fe, y Jesús, tristemente, tiene que verlos marchar. Todo esto hace que la afirmación de la doctrina de la Presencia Real esté ineludiblemente contenida en la promesa de Cristo, porque si no fuera así, sus palabras no tendrían sentido, y Jesús no hablaba en acertijos indescifrables.

Jesús mantiene su promesa

En la sinagoga de Cafarnaúm, casi un año antes de su muerte, Cristo prometió que daría a comer su propio Cuerpo y su propia Sangre como alimento de salvación de los hombres. En la Última Cena, la víspera de su crucifixión, Jesús cumplió su promesa. Legó a la Iglesia y a cada uno de sus miembros no tierras, casas o dinero, sino un legado como sólo Dios podía darnos: el don de su propia y viva Persona. En el Nuevo Testamento hay cuatro relatos de la institución de la Eucaristía. Son los de Mateo 26:26-28, Marcos 14:22-24, Lucas 22:19-20 y 1Corintios 11:23-29. San Juan, que es quien cuenta la promesa de la Eucaristía, no se preocupó de repetir la historia de la institución de este sacramento. Fue el último Apóstol que escribió un evangelio, y conocía los otros relatos. En su lugar, decide transmitirnos las hermosas palabras finales de Jesús con sus discípulos en la Última Cena.

He aquí un extracto del relato de la institución de la Eucaristía como nos lo cuenta San Pablo:

“El Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este es el cáliz de la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía” (1Corintios 11:23-25). Sus palabras no podían ser más claras: Esto, es decir, esta substancia que tengo en mis manos y que cuando comienzo a hablar es pan, al terminar no será ya pan, sino mi propio Cuerpo Este cáliz, es decir, este cáliz que cuando comienzo a hablar contiene vino, al terminar no será ya vino, sino mi propia sangre. “Esto es mi cuerpo”..y “este cáliz contiene mi sangre”. Los Apóstoles tomaron las palabras de Jesús literalmente. Aceptaron como un hecho (¡y qué acto de fe esa aceptación!) que la substancia que aún parecía pan, era ya el cuerpo de Jesús; y que la sustancia que seguía teniendo toda la apariencia de vino, era ya la Sangre de Cristo. Esta fue la doctrina que los Apóstoles predicaron a la Iglesia naciente. Esta fue la creencia universal de los cristianos durante mil años. En el siglo XI un hereje llamado Berengario puso en duda la verdad de la Presencia Real y enseñaba que Jesús habló sólo en sentido figurado y, así, el Pan y el Vino consagrados no eran realmente su Cuerpo y su Sangre. La herejía de Berengario fue condenada por tres concilios, y, eventualmente Berengario se retractó de su error y volvió al redil. La doctrina de la presencia real permaneció indiscutida otros quinientos años. Luego, en el siglo XVI, llegaron Lutero y la reforma protestante.

Lutero mismo no negó enteramente la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Admitía que las palabras de Jesús eran demasiado tajantes para poder explicarlas de otro modo. Pero Lutero quería abolir la Misa y la adoración a Jesús Sacramentado. Así que trató de solucionar su problema enseñando que aunque el pan sigue siendo pan, y el vino, vino, Jesús está sustancialmente presente al mismo tiempo que las sustancias de pan y vino (Consustanciación); manteniendo además la hipótesis de que Jesús está solamente presente en el momento en que se recibe el pan y el vino, no antes ni después. Otros reformadores protestantes fueron más lejos que Lutero, y acabaron negando la Presencia Real completamente. Ellos-y los teólogos protestantes que les sucedieron-, mantienen que cuando Jesús dijo: “Esto es mi Cuerpo” y “Esta es mi Sangre”, utilizaba una manera de hablar, y que lo que en realidad quería decir es: “Esto representa mi Cuerpo”, o “Esto es un símbolo de mi Sangre”. En su tentativa de eludir las palabras de Cristo, los protestantes han tenido que acudir a todo tipo de interpretaciones inverosímiles, pero han dejado sin contestar las razones realmente sólidas que prueban que Jesús dijo lo que quería decir, y que quiso decir lo que dijo.

Argumentos clásicos a favor de la Transustanciación

La primera razón reside en la solemnidad de la ocasión, la noche antes de su muerte. En ella Jesús hace su Testamento, nos deja su última voluntad. Un testamento no es el lugar apropiado para lenguaje figurativo; aún bajo las más favorables circunstancias, los notarios tienen a veces dificultades para interpretar las intenciones del testador, sin la añadida dificultad de un lenguaje simbólico. Cristo habla en términos explícitos sobre su personalidad y relación con el Padre, a lo largo de los capítulos 13 al 17 del Evangelio de San Juan. Más aún, ya que Jesús era Dios, sabía que como consecuencia de las palabras que iba a pronunciar esa noche, incontables personas le darían culto bajo la apariencia de pan. Si no hubiera querido estar realmente bajo esas apariencias, los adoradores darían culto a un simple trozo de pan, y serían culpables del pecado de idolatría, y esto, ciertamente no es algo a lo que Dios mismo querría inducirnos, preparando la escena y hablando en oscuras figuras de dicción.

Que los Apóstoles tomaron literalmente las palabras de Jesús es un hecho evidente que se basa en que los cristianos, desde el mismo comienzo, creyeron en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. De nadie más que de los Apóstoles podrían haber sacado tal creencia. Y, ¿Quién mejor que ellos podría decirnos lo que Cristo quiso decir? Los Apóstoles estaban allí; podían haber preguntado-y seguramente lo hicieron– todas las cuestiones que se les ocurrieran sobre el significado de las palabras de Jesús. A veces tendemos a olvidar que sólo una pequeña parte de lo que ocurrió entre Jesús y los Apóstoles está recogido en los Evangelios. Recopilar tres años de conversación, de preguntas y respuestas de enseñanzas diversas, requeriría un buen montón de libros. Cuando en la noche del Jueves Santo, Jesús dijo “Esto es mi Cuerpo” sobre el pan, y “Esto es mi Sangre” sobre el vino, los Apóstoles tomaron sus palabras al pie de la letra, cosa que su conducta posterior nos prueba claramente. Si Jesús hubiera estado utilizando metáforas, si lo que en realidad hubiera querido decir es: “Este pan es un símbolo de mi Cuerpo y este vino representa mi Sangre, cada vez que mis seguidores se reúnan y participen de simple pan y simple vino, me honrarán y estarán haciendo un simple recordatorio de mi muerte”. Entonces, todos los Apóstoles le entendieron mal, y a través de su “errónea” interpretación, toda la Cristiandad durante muchos siglos ha estado adorando a un trozo de pan como si fuera Dios.

Es totalmente insensato pensar que Jesús permitiera que sus discípulos cometieran un error tan grave. En otras ocasiones, Jesús corrigió a sus discípulos cuando le interpretaban mal, y tratándose de materias mucho menos importantes que ésta. Por ejemplo, en el Evangelio de San Mateo (16:6-12), Jesús dice a sus Apóstoles que se guarden de la “levadura de los fariseos y saduceos”. Ellos creen que Jesús les habla de pan real, y cuchichean que no tienen pan. Pacientemente, Jesús les aclara que está refiriéndose a las enseñanzas de los fariseos y saduceos, no a pan comestible. En otras ocasiones, cuando Jesús habla en metáforas, el autor del escrito nos aclara el significado. Jesús dijo: "Destruid este templo, y en tres días lo reedificaré" (Juan 2:19-21), y aunque sus oyentes creyeron que se referían al templo levantado en Jerusalén, el evangelista explica que Jesús hablaba del templo de su Cuerpo. Estos casos existen en los Evangelios, y los protestantes pretenden que nos creamos que en el solemne momento de las Última Cena, Jesús anduvo usando modos de decir nuevos y extraños, sin molestarse en explicar su significado.

Y son modos de decir nuevos y extraños, porque el pan no es un símbolo natural del Cuerpo, ni el vino de la Sangre. Si alguien cortara un pedazo de pan y se lo diera a otro comensal diciéndole: “esto es mi cuerpo”, el compañero pensaría que se trata de una broma macabra o de una manifestación de locura. Y es blasfemo (e imposible), aplicar a Jesús cualquiera de estas dos alternativas. Ni por la naturaleza de la afirmación ni por explicación, las palabras “Esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi Sangre”, tienen sentido como metáfora. La idea de que Jesús hablaba en metáforas en la Última Cena se hace aún más increíble si tenemos en cuenta que se dirigía a unos hombres que, en su mayoría, eran pobres e incultos pescadores. No estaban educados en las sutilezas de la retórica. Más aún, hasta que el Espíritu Santo vino sobre ellos, nos asombra su lenta comprensión. Tenemos un ejemplo en el pasaje de Juan 11:11-14, donde Jesús dice: “Lázaro, nuestro amigo, duerme, pero yo voy a despertarle”, los discípulos replican que si Lázaro dormía, el descanso lo reestablecería. Entonces Jesús les dijo claramente: “Lázaro ha muerto”. ¡Difíciles mentalidades para hablarles en metáforas!

Encontramos otra indicación de que Jesús no hablaba en metáforas, por lo que dice San Pablo al finalizar su relato de la Última Cena (1Corintios 11:27-30): “Así pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor. Examínese pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación”. Resultaría incomprensiblemente duro decir que un hombre se hace reo del Cuerpo y Sangre de Cristo, o que come y bebe su condenación, si el pan no fuera más que pan, y el vino no fuera más que vino. San Pablo dice además: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1Corintios 10:16). San Pablo no dice que la copa sea un símbolo de la sangre de Cristo, sino una comunión con la Sangre de Cristo, y el pan una Comunión con el cuerpo de Cristo. Los católicos no necesitan de pruebas racionales para creer en la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Creemos esta verdad porque las Iglesia de Cristo, que no yerra en materias de fe y moral, así nos lo dice. Pero siempre es útil conocer las dificultades con que tropiezan quienes buscan interpretaciones privadas en la Palabra de Dios. Nosotros preferimos seguir la regla de sensatez que dice que para conocer el significado de algo no hay mejor camino que preguntar al que lo oyó; a quien estaba allí. Los Apóstoles estaban allí; los primeros cristianos, los que escucharon la predicación de los Apóstoles, en cierto sentido estaban allí. Incluso nosotros, que hemos heredado una tradición ininterrumpida, en cierto sentido estábamos allí. Aparte de ser un dogma definido por la Iglesia, preferimos creer las enseñanzas apostólicas y la creencia unánime de los cristianos durante mil quinientos años, a las enseñanzas dispares y distintas de los protestantes.

Hombres como Lutero, Calvino o Zwinglio, incluso los protestantes actuales, exigen demasiado cuando nos piden que creamos que durante quince siglos los cristianos permanecieron en el error, y que de repente ellos, los reformadores protestantes, encontraron la respuesta correcta.





Para la tercera parte del Apéndice, escogí un texto del Padre A. Hillaire sobre la Presencia Real y la Transustanciación. Está contenido en su libro La Religión Demostrada.
Si lo coloco después que el escrito de Trese, es porque el lenguaje de Trese es más sencillo y accesible, y menos solemne que el de Hillaire. Hillaire escribe como maestro, Trese escribe como compañero. La argumentación de Hillaire es más fuerte que la de Trese por la profundidad de sus argumentos, pero los de Trese son más simples, y por lo tanto, requieren menos nivel cultural que los de Hillaire.
Hillaire dedica poco tiempo a los Sacramentos, Trese los trata muy ampliamente, y extendiéndose en cada uno. Por lo tanto, coloco inmediatamente el escrito del P. A. Hillaire sobre la Presencia Real y la Transustanciación:


La Eucaristía es el más grande y el más santo de todos los sacramentos; en la Iglesia de Cristo representa lo que el Sol en el mundo; lo que el corazón en el hombre.

Las principales figuras de la Eucaristía en el Antiguo Testamento son las siguientes:

1.- El árbol de la vida, plantado en el Paraíso terrenal, cuyos frutos daban la inmortalidad. (Génesis 2:9)
2.- El pan y el vino, ofrecidos en sacrificio por Melquisedec. (Génesis 14:18)
3.- El cordero pascual, cuya sangre preservó de la muerte a los primogénitos israelitas en Egipto. (Éxodo 12:5-13)
4.- El maná, que Dios hizo llover del cielo para alimentar a su pueblo en el desierto. (Éxodo 16:13-15)
5.- Los panes de la proposición, que los sacerdotes colocaban en el Tabernáculo y que no podían ser comidos sino por hombres santificados. (1Samuel 21:5-7)
6.- El pan cocido bajo la ceniza, que dio fuerzas al profeta Elías para llegar hasta el Monte Horeb.(1Reyes 19:5-8)
7.- El pan multiplicado por el Salvador para dar de comer en el desierto a la muchedumbre hambrienta. (Juan 6:1-14)

¿Qué contiene la Eucaristía?

La Eucaristía contiene, verdadera, real y sustancialmente, el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, bajo las especies o apariencias del pan y del vino. Jesucristo instituyó la Eucaristía el Jueves Santo, la víspera de su muerte. Con su omnipotencia convirtió el pan en Su Cuerpo y el vino en Su Sangre, como en otra ocasión había cambiado el agua en vino, en las bodas de Caná.

¿Por qué instituyó Jesucristo la Eucaristía?

Jesucristo instituyó la Eucaristía:

1.- Para perpetuar su presencia entre los hombres.
2.-Para alimentar nuestras almas
3.- Para renovar el sacrificio de la cruz y aplicarnos sus méritos. Por consiguiente, la Eucaristía es a la vez sacramento y sacrificio. Sacramento cuando está conservada en el Tabernáculo o dada en comunión a los fieles: sacrificio cuando es ofrecida en la Santa Misa.

Se puede considerar en la Eucaristía:

a) La presencia real de Jesucristo
b) El Sacramento
c) El Sacrificio

a) Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía

En la Eucaristía, bajo las especies o apariencias del pan y del vino, está el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo, y no una imagen o símbolo que lo representa. Tal es el dogma de la presencia real. Este dogma descansa sobre varias pruebas inconmovibles:

Las palabras de la promesa y de la institución de la Eucaristía.
La enseñanza tradicional de la Iglesia, intérprete infalible de la palabra de Dios.
La autoridad de los milagros obrados en el transcurso de los siglos.
La misma razón natural.

1° Palabras de Jesucristo:

La Promesa.- Al día siguiente de la multiplicación de los panes, Jesucristo dijo a la multitud que le seguía: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.” (Juan 6:51) Los judíos responden a esto asombrándose , preguntándose: ¿Cómo puede darnos su carne por comida?

En vez de alejar el pensamiento de la comida real con una explicación fácil, que hubiera suprimido al punto el escándalo, Jesucristo insiste: “En verdad, en verdad os digo, que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros... Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida(Juan 6:51-56). Y Jesús no deja a sus discípulos otra alternativa que creerle o separarse de Él. Ha prometido, pues, dar su carne como alimento y su sangre como bebida.

La Institución.- La víspera de su muerte, después de haber comido el cordero pascual, Jesucristo cumple su promesa. Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y dándolo a sus apóstoles, les dijo: “Este es mi cuerpo ,que será entregado por vosotros”, Tomó el cáliz lleno de vino, lo bendijo y les dijo: “Bebed todos, porque esta es mi sangre, la sangre de una nueva alianza que será derramada por vosotros y por muchos, en remisión de los pecados” (Mateo 26:26-28) Estas palabras “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”, significaban en su sentido natural, que por su omnipotencia, lo que era pan se había convertido en el cuerpo de Jesucristo, y lo que era vino, en su Sangre. Pues bien, estas palabras, que católicamente se toman al pie de la letra:

1.- Expresan un milagro fácil para la omnipotencia de Dios.
2.- Están conformes con las palabras de la promesa hechas en Juan 6.
3.- Fueron pronunciadas por Jesucristo en una hora solemne, la víspera de su muerte.
4.- Tenían por objeto crear un dogma y establecer un sacramento.

Si Jesucristo en esa hora hubiese usado de un equívoco o de una figura, habría engañado indignamente a la Iglesia y a los fieles de todos los siglos. Y por si eso fuera poco, dejando adorar el pan y el vino, habría consagrado la idolatría que Él había venido a destruir. Por consiguiente, es imposible no tomar las palabras de Jesucristo en su sentido literal. Hay que creer en la presencia real.

2° Enseñanza tradicional de la Iglesia:

Los apóstoles entendieron literalmente las palabras de Jesucristo, San Pablo decía a los corintios: “El que comiere este pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor, no haciendo discernimiento del Cuerpo del Señor “ (1Corintios 11:27 y 29). San Pablo no hubiera hablado de un modo tan terrible, sobre una simple figura o símbolo. Por lo demás, desde San Pablo hasta nosotros, toda la tradición católica, la enseñanza de los Santos Padres y de los Doctores, los monumentos de los siglos cristianos: catacumbas, iglesias, altares, esculturas, pinturas, etc., proclaman la misma creencia. Hay que llegar a Berengario, y sobre todo al protestantismo del siglo XVI, para hallar las primeras negaciones del dogma católico. Es el caso de repetir con Tertuliano que lo que siempre ha sido creído, en todas partes y por todos, debe ser conservado: “Quod semper, quod ubique, quod ad ómnibus... servandum est”.

3° La autoridad del milagro:

Frecuentemente, en el transcurso de los siglos, Dios ha hablado a favor del dogma eucarístico: Apariciones visibles de Jesucristo en la hostia, profanadores castigados, hostias que destilan sangre, Eucaristía conservada en las llamas, etc. (Véase Mons. De Segur. La presencia real). Los frutos de vida cristiana y santidad producidos en la Iglesia por la Eucaristía, son un milagro perpetuo en el orden moral.

4° El dogma de la presencia real se impone a la razón:

Por una parte, este dogma es tan extraordinario y tan incomprensible, que no ha podido ser inventado, ni impuesto al mundo por un hombre... Por otra parte, ha sido siempre admitido, hace aproximadamente veinte siglos, por la Iglesia Universal y por los más grandes doctores y teólogos. El buen sentido concluye que la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía es un hecho divino que se impone a nuestra creencia: incredibile, ergo divinum.

Explicaciones de la presencia real:

1.- Por virtud de las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote, la sustancia del pan se convierte milagrosamente en el cuerpo de Jesucristo y la sustancia del vino en su sangre, y no quedan en el altar más que las especies o apariencias del pan y el vino. Este primer milagro se llama transustanciación, o sea, conversión de una sustancia en otra. Nada hay de imposible en este milagro: una transformación análoga se opera diariamente en la vegetación de las plantas. El agua del cielo, el jugo de la tierra, etc., se convierten en la sustancia de la planta. Esta conversión de sustancias se opera asimismo en nosotros. Los diversos alimentos que ingerimos se mudan en carne, huesos, nervios, etc. Todo esto hay que admitirlo porque está comprobado. ¿Por qué debe ser más difícil creer en el misterio de la Transustanciación en la Eucaristía? ¿Quién se atreverá a afirmar que el poder de Dios es incapaz de hacer con el pan y el vino, lo que hace el estómago con el alimento ingerido y el sol, agua, minerales, con las plantas?

2.- Bajo las especies de pan y vino está el cuerpo sustancial y real de Jesucristo, su sangre, su alma y su divinidad. Jesucristo, pues, está presente todo entero, verdadero Dios y verdadero hombre, en cada hostia consagrada. Tal es el segundo milagro de la Eucaristía. Que Jesucristo esté todo entero en una pequeña hostia se puede explicar sin suprimir el misterio. Y a la verdad, Jesucristo está presente en la Eucaristía por su sustancia. Es así que la sustancia de un cuerpo es distinta a la extensión de ese cuerpo, es decir, de sus dimensiones físicas (color, sabor, olor), luego la sustancia del agua está tanto en una gota diminuta como en un océano inmenso, la sustancia del trigo se halla tanto en una pequeña espiga como en un enorme montón de masa, la sustancia del pan está tanto en una migaja como en una hogaza entera. Santo Tomás concluye: “Luego, puesto que el cuerpo de Cristo está en la Eucaristía de la misma manera como la sustancia está bajo las dimensiones, per modum substantiae, es evidente que Cristo está contenido todo entero bajo las partes de las especies del pan y del vino” (III p., q. 76 art. 3)

3.- Aunque, por virtud de las palabras sacramentales, no haya bajo las especies del pan más que el cuerpo y bajo las especies del vino más que la sangre del Salvador; sin embargo Jesucristo está todo entero bajo cada especie y bajo cada una de sus partes, cuando están divididas. Como después de su resurrección, el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad del Salvador están inseparablemente unidas, por eso Jesucristo, vivo e inmortal, se halla todo entero donde está su cuerpo y todo entero donde está su sangre. Cuando el sacerdote parte la hostia, no se parte o divide Jesucristo, sino que queda entero en todas partes y en cada una de las partes de la misma hostia. De igual modo nuestra alma está toda entera en nuestro cuerpo y en cada uno de sus miembros; y de un modo semejante un objeto se refleja todo entero en un espejo, y si éste se rompe, en cada uno de los fragmentos.

4.- Jesucristo está presente, a la vez, en el cielo y en todos los lugares donde se hallan las hostias consagradas. “No es que el cuerpo de Jesucristo se multiplique, sino su presencia. No hay muchos Jesucristos, sino que un solo y único Jesucristo se halla presente en varias hostias, en varios lugares, como el Sol, que hace disfrutar de su presencia a todos los habitantes del hemisferio que ilumina en su momento. La presencia del Sol en ciertos lugares no es más que una presencia virtual, ya que está en lo alto del firmamento: más la presencia de Jesucristo es una presencia real, puesto que baja a los altares para permanecer allí en el sacramento, tan verdaderamente como se halla a la diestra de Dios Padre en lo alto de los cielos”. Esta presencia simultánea del cuerpo de Jesucristo en varios lugares a la vez es el tercer milagro, que los incrédulos proclaman imposible. Una cosa análoga se nos ofrece a nuestra alma, la cual, siendo simple e invisible, está toda entera, donde se halla, y por tanto, se halla en todas las partes del cuerpo, porque a todas ellas les comunica la vida.

Para darnos una idea de esta presencia simultánea, San Agustín emplea la comparación de la palabra humana. “Tengo en mi espíritu, dice el Santo, un pensamiento lo encarno en la palabra y lo transmito a cada uno de vosotros todo entero. De este modo mi pensamiento, mi verbo, reside a la vez, en mi inteligencia y en la de todos mis oyentes. Si pudiera hacerme oír de todos los hombres que viven en la tierra, mi pensamiento, sin abandonar mi espíritu, estaría al mismo tiempo en el espíritu de todos los hombres. Pero si tal es el poder del pensamiento, del verbo del hombre, ¿Debemos maravillarnos de que el Verbo de Dios encarnado en un Cuerpo, pueda hallarse en el cielo y en todas las hostias consagradas? Indudablemente es un milagro, un misterio, pero este misterio no es más imposible que el de la palabra humana”.

5.- Jesucristo está presente en la Eucaristía de una manera permanente, y no solo en el momento de la consagración o de la comunión, sino que permanece presente en la Santa Hostia hasta que las santas especies se alteran. La lámpara arde noche y día ante el Tabernáculo advierte a los hombres la presencia de Jesucristo.

 

CONSECUENCIA: “La consecuencia de la presencia real de Cristo en la Eucaristía es que le debemos rendir el culto de latría o de adoración. De ahí la exposición, la bendición y las procesiones del Santísimo Sacramento; de ahí el respeto y la magnificencia de que se rodea, en los templos, al Tabernáculo y los vasos sagrados; de ahí también las visitas al Santísimo Sacramento para tributar nuestros homenajes a Jesucristo y solicitar su gracia” (Cauly).

CONCLUSIÓN: Todas estas verdades son otros tantos dogmas católicos=universales, definidos por el Concilio de Trento, y no pueden rechazarse sin incurrir en herejía. Se halla el resumen de todo esto en la hermosa secuencia Lauda Sion, debida al genio de Santo Tomás de Aquino. A los que preguntan el cómo de estos misterios que Dios impone a nuestra fe, basta contestarles: Dios es todopoderoso. Él lo puede, Él lo quiere, Él lo ha dicho; luego hay que creerle.





Como dije al principio de esta respuesta: Seguramente no es la primera ni la última vez que defiendo esta doctrina, como no es Sapia el primero o el último que la ataca.
Por lo mientras, las preguntas o cuestionamientos formulados en la Primera Parte de éste Apéndice siguen en pie. Si los protestantes tienen la doctrina verdadera, si realmente son "nacidos de nuevo" (un concepto que aparece justo al final del artículo de Sapia), si realmente Cristo está con ellos, supongo (sinceramente), que pueden responder a estas simples preguntas. Ya muchas veces (y no sólo en relación a la Eucaristía), me han dicho categóricamente diversos protestantes: "Estás en el error, busca a Cristo, lee la Biblia, nace de nuevo, acepta a Cristo como tu Señor y Salvador...etc., etc., etc.,".
Ya he aceptado a Cristo como mi Señor y Salvador, debe constar para cualquier protestante que eventualmente me conteste. Si creen que estoy en el error, les ruego en nombre de Jesús, rey del Universo, que me saquen de dudas, que respondan lógica y razonablemente a los cuestionamientos antes hechos, porque se trata de nueve puntos que en mi opinión, son sustento suficiente para dudar de las tesis protestantes y aceptar la tesis católica.
Para reflexionar: ¿Es un Dios omnisciente y perfecto, quien instituye una Iglesia que a los 3 siglos de fundada se corrompe y cae en "fornicación"???

Dedicación de este trabajo: Dedico esta respuesta, mi trabajo y dedicación en Ella, a Jesús Sacramentado y a la Santa Madre Iglesia Católica, que durante dos mil años ha conservado el Evangelio Puro de Cristo gracias al cual conozco la VERDAD, y por la VERDAD soy libre (Juan 8:32)

Que Dios bendiga a todos los católicos y protestantes, y que el Espíritu Santo ilumine los corazones.





Sea para Gloria de Dios